Estuve esta Navidad de nuevo en Silves. Es lugar que me fascina. Su castillo árabe fue en parte destruido por el terremoto de Lisboa de 1755, aunque luego fuese reconstruido en parte. El pueblo domina una comarca apacible, armoniosa, con muchos naranjos. Una noche de fados en la ensenada del cercano Portimão, sin turistas, me hizo volver a experimentar el sentimiento de pérdida o saudade que evoca este canto poético, cuyas cadencias pueden adaptarse por igual a una u otra poesía, conservando siempre un profundo grano de voz. Un sentimiento que me resultaba imposible asimilar viendo la propaganda electoral de Chega!, la extrema derecha lusa, esparcida por calles y caminos, anunciando que la patria portuguesa está en peligro. ¿Qué peligro?
Adquirí en la librería de la fortaleza de Sagres la reciente edición de los escritos de Fernando Pessoa sobre tema andalusí, que bajo el título de O sábio árabe. Escritos sobre a civilizacão arábico-islâmica, han editado Adalberto Alves y Fabrizio Boscaglia. Sagres, está en Cabo San Vicente, al filo de fabulosos acantilados. A partir de los abruptos precipicios de color cobrizo que caen a pico sobre el océano Atlántico, donde el rugido del oleaje no cesa, comienza el mundo de las aventuras marítimas, que Enrique el Navegante intuyó y supo convertir en realidades africanas. Un verdadero finis terrae. Me leí el libro de un tirón, descubriendo nuevas noticias sobre el fallido homenaje de 1928 en Silves a al-Mutamid, aquel que, tras anunciar la prensa lisboeta que “o senhor Blaz Infante era um islamita”, que quería poner la media luna en la torre de la catedral de Silves, al lado mismo del castillo de al-Mutamid, fue prohibido.
Algunas cosas del volumen O sábio árabe las conocía del Livro do desassossego de Fernando Pessoa. Otras no. Por ejemplo, un periodista amigo de Pessoa, Augusto Ferreira Gomes, escribió un par de notas para el fallido homenaje del 28. Una se llama “O renascer de um símbolo. Al-Motamide, o iniciador”. En ella escribe: “Que a memória de Al-Motamide fique gravada não só nas letras da lápide mas também nos ventos que a levem pelo Atlântico, em aroma, mares além”. Amén de esto, me interesó el texto “As profecias fatídicas de um árabe”, firmadas por Mário Domingues, otro periodista relacionado con Pessoa, que fuera un gran anticolonialista. En este escrito nos remite el autor a unas profecías, formuladas por el musulmán Abd-el-Raman, sobre un terremoto futuro en la siciliana Messina. Capacidad de profetizar y de ensueño, pues. Quizás este pan-arabismo intuido por Pessoa provenga de su idea fértil del “imperialismo futuro” de carácter cultural, en cuyo destino lo ibérico jugaría un gran papel, una vez sublimados los nacionalismos, sobre todo el castellano. Un anhelado horizonte que, como Antonio Sáez Delgado demostró en su edición española de los textos iberistas pessoanos, permitió a Pessoa dialogar con Miguel de Unamuno, aunque con resultados desiguales. Una plausible explicación de las diferencias entre ambos iberistas pudiera venir del rechazo de Unamuno, bien conocido, a la aportación árabe a la historia española y por ende peninsular, cosa que a Pessoa le fascinaba.
Ni qué decir tiene que este arabismo ibérico de Pessoa tiene una factura en el fondo como la de su coetáneo Blas Infante. Están unidos los dos por la figura de al-Mutamid, el rey poeta sevillano, que recibió sepultura en Agmat, en el Atlas medio, en su condición de exiliado. Da la impresión de que al-Mutamid espera la hora, como el rey don Sebastián, para, para volver un día de niebla, y restaurar el Quinto Imperio, el reino de la poesía. La idea que nutre todo en conjunto es la del Imperio que retorna, el Imperio ibérico, ni oriente ni occidente. Todo ello bebe en el esoterismo tanto de Pessoa como de Infante. Los dos, está ampliamente demostrado, atendían a esa pulsión ocultista. De Blas Infante, que se ha pretendido tendenciosamente, sobre todo en Marruecos, que se había convertido al islam, sin embargo, hoy se sabe a ciencia cierta, que lo suyo era el esoterismo ecléctico en materia de religión. Lo ha demostrado Antonio de Diego, un joven filósofo y musulmán converso. De Pessoa se sabe mucho más sobre su inclinación al esoterismo, en el cual insertaba su vocacional sebastianismo, y la idea mesiánica del Quinto Imperio. Blas Infante también veía en Almotamid, como él le llama, a quien dedicó en 1920 una obra teatral, una fuerza político-poética superior. Mi amigo, el profesor Emilio González Ferrín ha situado recientemente, en la reedición que de la obra ha realizado el gobierno regional andaluz, a Blas Infante recuperando en su tiempo prácticamente desde la nada la historia andalusí a través de la figura del rey sevillano.
Cada vez que retorno a Silves, un lugar muy discreto, de apenas seis mil habitantes, siento que aquella oportunidad perdida, el homenaje a al-Mutamid, entre andalucista e iberista, de 1928, constituye cada vez más un obvio hilo de complicidad, en el extremo más meridional de Europa, mirando hacia África y América, tramado en torno al eclecticismo ibérico de gentes como Fernando Pessoa y Blas Infante, que miraban más allá de la religión, y de su suprema expresión el nacionalismo.
Pocos días después de esta incursión llevé a cabo otra en el valle de Ricote, en la región-provincia de Murcia, en el otro extremo, el sureste peninsular. Es un lugar, como Silves, tremendamente evocador. Un valle rodeado de colinas o pequeñas montañas abruptas, con el río Segura como eje vertebrador. Los campos de naranjos y limones, los regadíos en medio de la aridez, las palmeras, etc. le otorgan un ambiente onírico. De allí partieron al exilio los últimos moriscos, en la tardía fecha de 1613, algunos de los cuales se instalaron en Salé, a las orillas del Atlántico, en la desembocadura del río Regred. En cierta ocasión me alojé en la medina de Salé, lugar connotado por haber sido una república corsaria andaluza fuera del control del sultán. Desde allí los antiguos habitantes del murciano valle de Ricote, hicieron la guerra de corso a la España intolerante. Se dice, y así lo recogen los periódicos, que algunos descendientes de moriscos, ostentando el llamativo apellido Banegas, han llegado hasta nuestros días, y hoy se reclaman de ese origen. Lo creo, a diferencia de otras genealogías tramadas en Marruecos de las que dudo.
Entre todos estos paisajes de Ricote encuentro varios elementos en común: son desérticos y en ellos abunda el agua, como en los oasis. El genio del lugar se percibe en todos ellos. Lógicamente hemos de rememorar al Quijote, en el que en la parte final acoge la historia del morisco Ricote. Este venía caminando por los campos pidiendo limosna, junto a otros pedigüeños, haciéndose pasar por desconocedor de la lengua castellana. Al reconocer a Sancho Panza, recién abandonado su cargo de gobernador de la Ínsula Barataria, se dirige a él en perfecto castellano: “¿Y es posible, Sancho Panza, hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?” Tras caer en la cuenta el fiel escudero de Alonso Quijano le demanda: “¿Y cómo tienes atrevimiento de volver a España, donde, si te cogen y conocen, tendrás harta mala ventura?”. Luego, Ricote, en una apartada alameda, se confía a Sancho, que espera no lo delate. Le cuenta, que se hacía pasar por alemán, ya que había encontrado refugio en aquella nación, y no cuestiona la orden de expulsión de la península de sus pares por la sospecha de ser malos vasallos: “Finalmente, con esta justa razón, fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos; pero al nuestro la más terrible que se nos podía dar”. Señala que suspiran tanto por España, siendo la mayoría de los moriscos cristianos, que abandonan a sus mujeres e hijos para retornar. Algo de esto, y el buscar un tesoro que dejó escondido en su huida, lo mueve a estar otra vez de vuelta, a riesgo de ser descubierto.
En Ricote las acequias, las norias, algunas aún en uso, dan ese ambiente morisco al lugar, que nos pone en conexión en el otro extremo del sur peninsular con Silves. Ciertamente, cada vez con más ahínco y más documentación la historia del Alandalus, como gusta escribir el concepto mi amigo González Ferrín, retorna como un fantasma bien enraizado en nuestras mentalidades, y como una realidad geocultural. En el fondo geoestratégicamente es un imperialismo cultural en marcha, sin armas y con mucha poética, como veía Pessoa. Acabará triunfando. De hecho, en Pessoa mismo, esa tensión entre lo inglés –en cuya lengua se instruyó en su infancia sudafricana–, lo francés –que detestaba– y lo ibérico, acaba por inclinarse hacia esto último.
José Antonio González Alcantud

