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¿Una transición hacia un Irán neutral y abierto?

Ruinas del Fuerte de Nuestra Señora de la Concepción en Ormuz

Irán ha cerrado el estrecho de Ormuz de forma informal y selectiva (contra sus enemigos). Un cierre total afecta principalmente al suministro de China y Europa; no a los Estados Unidos. El impacto inmediato será sobre los precios internacionales del petróleo, especialmente si Irán incrementa sus bombardeos que acaba de inaugurar sobre instalaciones petrolíferas de los países del Golfo. No obstante, la OPEP ya ha anunciado un aumento de la producción. Por otro lado, habrá un mayor coste en el transporte marítimo porque las navieras tendrán que evitar también el estrecho de Bab el-Mandeb (Mar Rojo/Canal de Suez) y bordear África por el Cabo de Buena Esperanza camino de Europa, lo que encarecerá los productos; sin embargo, beneficiará a los puertos ibéricos.

Ormuz no es tan ajeno a nuestra historia. Todavía quedan restos del Imperio portugués e ibérico en la isla de Ormuz: el Forte de Nossa Senhora da Conceição, así como en otra isla del estrecho: el Forte de Queixome.

Irán no tiene el monopolio del islam moderado. De hecho, podemos decir que el chiismo iraní no es el islam más radical, pero tampoco de los más moderados. A los islamófobos patrios siempre les gustó Irán por su antiimperialismo/antisionismo y porque felicitaba las Navidades a los cristianos, pero siempre lo han defendido con un perfil bajo por su condena general del islam. Versiones más moderadas del islam podemos encontrarlas en Turquía o Marruecos. Los ayatolás aplastaron primero a la izquierda laica y después a la izquierda islámica tras un tiempo de participación interna. Más recientemente ha habido letales represiones de manifestantes. Por otro lado, a formaciones como Podemos les va a pasar factura el tacticismo del pasado y el haber «cabalgado contradicciones» con regímenes como los de Venezuela o Irán.

De Irán sorprende la capacidad de inversión científica, que evidentemente trae en sus espaldas un imperio histórico como el persa, que hoy en día es una suerte de quijotismo chiita con recursos naturales que prioriza el desarrollo tecnológico y militar -similar a la antigua URSS– a costa de un subconsumo de la población. Hay que destacar que Irán ha podido mantener su producción petrolera, a pesar de las sanciones, a diferencia de la incompetencia bolivariana. No obstante, el petróleo iraní es más ligero que el venezolano, por lo que su refino es menos costoso.

Mientras Teherán proyecta poder hacia el exterior, sus ciudadanos lidian con altas tasas de inflación, manejando fajos de billetes que pierden valor por horas. Buena parte de esa plusvalía estatalizada por el régimen fue para financiar al extinto “eje de la resistencia” contra Israel. Es decir, el sacrificio económico de un pueblo en nombre de un ideal. El eje de la resistencia ha colapsado -en buena medida- con la derrota militar de Hezbolá, la Siria de Bashar al-Ásad y Hamás, entre otros.

Esta vulnerabilidad interna es la que alimenta la fuerte oposición política que, en ocasiones, llega a desestabilizar el país. En este contexto, es natural que otras potencias ayuden a un cambio de régimen, ya sea por alineación geopolítica, intereses económicos o solidaridad humanitaria. No se trata de una cuestión moral, sino de supervivencia estratégica. Como bien demuestra la historia, si tú no intervienes antes en ayuda de un aliado, serás intervenido.

Durante años, una inflación de analistas digitales ha vaticinado el fin de Occidente y el colapso del Imperio norteamericano, celebrando la llegada de un orden multipolar, alternativo a las élites pedófilas y sionistas, términos de su palabrería. Ahora anuncian -a la desesperada- la Tercera Guerra Mundial, puro ejercicio de monetización del apocalipsis. Su narrativa parece un queso gruyer. Hasta se llega a decir que la muerte de Jameneí fue voluntaria. Sin embargo, la realidad de 2026 dicta sentencia: esa retórica es puro fraude. Los youtubers multipolares desde sus sótanos o casoplones (los más exitosos) han resultado ser menos serios que el establishment. Hay que desconfiar de ambos. Ese furor antioccidental ha dejado a mucha gente primero engañada y después desengañada. Pedro Baños y Alfredo Jalife han fallado en todos sus pronósticos. Los desengañadores eran realmente engañadores. Son un ejemplo de cómo no sólo desde el poder se puede ser arrogante y manipulador. En algunos canales de YouTube hay barra libre.

El Imperio norteamericano sigue teniendo capacidad de intervenir en cualquier parte del globo, mientras que los supuestos pilares del mundo multipolar muestran sus grietas: Rusia permanece atrapada en el desgaste de sus conquistas ucranianas, perdiendo jóvenes y ganando metros de tierra. Por otro lado, Rusia es, por debajo de la mesa, proisraelí: Stalin fue fundador del Estado de Israel y la comunidad rusófona en Israel es inmensa -una inmigración pactada- y tenida en cuenta por Putin y Netanyahu, dos grandes amigos. China, aunque ayuda con inteligencia satelital, no termina de dar el paso definitivo para sostener a sus aliados en crisis. Le vale con que el régimen siguiente le mantenga sus contratos. Los BRICS carecen de unidad ideológica y militar, como evidencia la sintonía entre el indio Modi y Netanyahu. La carecen porque es simplemente un foro diplomático y cada país es de su padre y de su madre.

Ser antiimperialista sin tener un imperio a las espaldas es, sencillamente, quijotismo al servicio de terceros imperios. Lo que toca hoy es asumir la interdependencia entre aliados. El debate está en tener claro quiénes son tus aliados y qué imperio quieres construir o pertenecer. La doctrina latinoamericana de no intervención en situaciones críticas ha demostrado ser inoperante, dejando a menudo la puerta abierta a que una tercera potencia (como Estados Unidos) tome el control. En geopolítica no hay espacios vacíos. Alguien siempre lo ocupa. La UE y América Latina deberían ser y actuar como Imperios, con autocontención y pluralismo, eso sí.

En el mundo real, la interdependencia entre aliados y la búsqueda de una soberanía continental real son las únicas herramientas para no ser devorados. Alegrarse de no formar parte central de un imperio es ya una derrota pusilánime de antemano. Que se me entienda bien: defiendo la interdependencia y no el vasallaje.

En este contexto, es mejor mantener la prudencia si no se tiene la fuerza para sostener la palabra, pues el realismo más básico siempre termina por imponerse sobre la ideología. España y Portugal lo que deben defender son unos ejes para una transición en Irán, evitando la ruptura de su integridad territorial, una guerra civil o un régimen de menor pluralismo, e intentando que el nuevo régimen que salga tenga una neutralidad externa y que no sea un vasallo de Israel. Es decir, que sea una transición tutelada por varias potencias, y no sólo bajo la dupla Israel-Estados Unidos.

En Irán siempre existieron fuertes elementos orgánicos en las protestas. Las revoluciones que no gustan al analista multipolar siempre son de «colores». Sin embargo, las que le gustan es posible y deseable instrumentalizar. Por otro lado, apelar al derecho internacional teniendo en cuenta que el sistema de vetos por áreas de influencia en el Consejo de Seguridad no parece realista. Es bueno mantener el ideal de la multilateralidad y el anclaje discursivo a los principios del Derecho Internacional, pero sabiendo que la guerra siempre va a ser una opción de última instancia para todos los Imperios y de todos los Estados.

En el mundo árabe, el sentimiento hacia Irán oscila desde la desconfianza al rechazo e, incluso, actualmente la furia. Teherán ha priorizado el bombardeo de países musulmanes, lo que ha provocado que gran parte de la región vea con buenos ojos la eliminación de la clase dirigente iraní. Por tanto, la agenda pro-árabe y pro-palestina del Gobierno español tiene que tener en cuenta que no todo lo anti-israelí es pro-árabe, porque buena parte de lo pro-árabe es anti-iraní. De hecho todas las monarquías petroleras tienen sed de venganza contra Irán. Por otro lado, si las muertes de civiles se dispararan, entonces el Gobierno español acertará en su posicionamiento, que sigue una línea coherente en su discurso, aunque poco apegada al realismo.

En Irán sí que existe una demanda de apertura y de vida occidental, al menos de una parte importante de su población. Existe un cansancio ideológico. Lo lógico es que puedan convivir, tradicionalistas y occidentalistas, con la legalización de partidos de la oposición en el marco de otro tipo de régimen o de una autorreforma pactada. Esperemos que los iraníes puedan avanzar en un proceso político amplio con el menor coste humano posible.

Pablo González Velasco

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