La península ibérica sufrió una invasión en 1807, tanto España como Portugal, y tuvo que librar una ardua guerra, la Peninsula War de los anglosajones, que llevó a Francisco de Goya a dibujar sobre plancha la serie de grabados de “los desastres de la guerra”. Es un lugar común, recordar la negra hondura con la que Goya captó aquellos arcanos del dolor. Luego la Península ha tenido algunas guerras coloniales catastróficas como la de 1898 en Cuba y Filipinas, o como la campaña del Rif en 1921. Hubo una participación desganada de Portugal, empujada por Gran Bretaña, tras declararse primero neutral, en la I Guerra Mundial. Y más recientemente las guerras coloniales portuguesas en África y Timor en los setenta, con parecido indudable a la del Vietnam que libraron franceses y americanos. La Península, por lo demás, ha tenido una guerra interna, muy dura, la civil española de 1936-39. Durante la II Guerra Mundial, España y Portugal, ya bajo dictaduras y la primera exhausta, no intervinieron directamente, aunque España enviase a la División Azul al frente ruso. Hasta aquí la lista contemporánea de sus conflictos más sonados.

Como en todas las guerras corremos, gracias a la posverdad, que ha desestabilizado nuestras conciencias prístinas, que acertaban a distinguir el bien del mal, de caer sonámbulos de la historia. Christopher Clark en su magnífico libro The Sleepwalkers. How Europe went to war in 1914, decía: “Europa portaba en ella los gérmenes de otros porvenires, sin duda menos terribles. Pero de crisis en crisis, los personajes que la gobernaban, ansiosos de sus sueños, marchaban hacia el peligro como sonámbulos”. Así fue, y así parece querérsenos imponer la guerra sin control otra vez.
Detengámonos en la primera gran conflagración, quizás la más significativa en el balance de lo humano. En el terreno intelectual no podríamos traer a colación en Iberia figuras relevantes del pacifismo de aquel período (quizás Rafael Altamira), ya que todos de una manera u otra fueron lanzados en brazos de uno de los bandos en liza, habiéndose dividido entre aliadófilos y germanófilos. La regeneración nacional pareció querer atarse al conflicto europeo. Curioso es el devenir de la revista Iberia, que, desde su primer número, de abril de 1915, se pronuncia en boca de Miguel de Unamuno a favor de los aliados. Allá dirá sin ambages el escritor: “Surge de nuevo la idea de un órgano escrito en las tres lenguas literarias de la Península ibérica al trágico calor de la guerra y ante el peligro de la propaganda germánica en España, en esta España a la que ahora adulan esos germanos que tanto la han desdeñado siempre”. No obstante, la proclama catalana titulada “Manifiesto de los amigos de la unidad moral de Europa”, surgida en Barcelona el 27 de noviembre de 1914 y encabezada por Eugenio D’Ors, y recogida en la primera página de Iberia, fue vista con entusiasmo por Romain Rolland, el gran pacifista europeo. Allí se decía: “El principio del que partimos es que la terrible guerra que hoy desgarra el cuerpo de nuestra Europa constituye, por definición una Guerra Civil. Una guerra civil no quiere decir precisamente una guerra injusta”.
Los firmantes no querían alentar a que una parte venciese a la otra, pero en tanto aliadófilos aspiraban a que triunfase el modelo democrático, encarnado en Francia y Gran Bretaña, frente al autoritario, que representaba el militarismo prusiano. Pero, conforme la guerra se estancaba y prolongaba, contra todo pronóstico, las reflexiones de intelectuales, como el sociólogo Adolfo Posada, se hacían más amargas, al pensar en el “día después”. Mientras tanto, Fernando Pessoa, a pesar de simpatizar con la causa aliada, se sumergía en su propio ensueño, abogando por una renovación de lo ibérico. De hecho, en Ibéria. Introduçao a um imperialismo futuro, aupado por el nacimiento precisamente de la revista Iberia en Barcelona, se lanza a imaginar un imperio espiritual ibérico restituido sobre las ruinas de los viejos imperios en combate en aquel 1915.
En el mundo de conflictos actuales, están sobresaliendo los políticos ibéricos, con posiciones garantistas y proclives siempre a la paz y al diálogo. Me refiero a António Guterres, secretario general de la ONU, a António Costa, presidente del Consejo europeo, y a Pedro Sánchez, presidente español. Oyendo el clamor popular, sin necesidad de encuestas de opinión, intuimos que el pueblo llano ibérico, de izquierdas y de derechas, es naturalmente pacifista. A esto contribuye que los males de la guerra civil española, muy profundos por su carácter fratricida, están ahora más presentes que nunca, por la actualidad de la memoria social y colectiva. Aquella fue una guerra que perdieron unos, pero que sufrieron en alguna medida todos. No es lo mismo, evidentemente perder que sufrir. Pero, existe la fuerte convicción compartida desde la Transición española que aquel disparate bélico no puede repetirse bajo ningún concepto.
Ahora bien, como consecuencia de la debilidad política ibérica, derivada de las dictaduras que finalizaron entre 1974 y 75, España y Portugal han tenido que mantener bases extranjeras en su territorio –sobre todo, Açores, Rota y Gibraltar–. Es el momento de plantearse, con la mejora de la posición geoestratégica de la península, si estas bases benefician o no a los pueblos ibéricos. Los únicos argumentos para mantenerlas serían la protección OTAN, frente a la amenaza rusa y marroquí. De ellas, la única verdaderamente notable es la marroquí, pero esta es contenible en el marco de la Unión Europea, ya que Estados Unidos se ha desentendido los intereses de la península. EEUU posee una confianza in crescendo en Marruecos como agente de sus intereses en África, basada en antiguas alianzas, que vienen desde la independencia americana a finales del siglo XVIII, y en el control autoritario de la monarquía alauita sobre su población. Mas Marruecos posee muchos intereses en Europa que no quiere perder.
Se impone, con vistas en el pasado y la mirada en el presente, alinearse en el marco europeo con los países bálticos, Irlanda y Suiza, para fortalecer los lazos de neutralidad. En la tradición que va de Romain Rolland a Olof Palme. Para lo cual se hace absolutamente necesario e imperativo clausurar las bases militares norteamericanas y británica en la península, e implementar una política de acogida a los refugiados, como ocurriera en el México de los años treinta de Lázaro Cárdenas. Este es el momento ibérico de la Historia. Sin armas y obedeciendo al sentimiento pacifista del pueblo.
La guerra siempre es absurda, y ha hecho llorar desde la Troya homérica, pasando por la cercana y desastrosa batalla de Gallipoli de la primera guerra mundial, hasta hoy. Algo parecido a lo que ocurre ahora, cuando pequeños o grandes sátrapas, decaídos por mor de la globalización y el multilaterialismo, sueñan con restaurar sus pasados imperios con ayuda de la tecnología, confiados en que unos humanos, los suyos, auxiliados por la Inteligencia Artificial, derrotarán a otros, provistos sólo de machetes o alfanjes. Nada más lejos del principio de realidad.
Terminaremos con estas palabras de António Lobo Antunes, fallecido hace pocos días, dirigidas a su mujer, cuando afrontó su propia experiencia en las guerras coloniales. A la miseria del campo de batalla, con todas sus crueldades, se añadía el tedio de lo ya visto: “Todo igual: el tedio, el cansancio, la diarrea y la indómita voluntad de estar ahí. Esto es un juego frustrante en el que las piedras están siempre en los mismos lugares, escarnecedoras y mediocres (…). Por aquí ando, pues, corroído por la nostalgia, esperando a Godot. Y el tiempo que gira como una muela en mi cabeza. Dolorosamente”. No merece la pena volver a hacer la guerra, para finalmente volver al punto de partida. Es un absurdo. Hay que desertar de ella proclamando la neutralidad en Iberia/Ibéria. Pronto y rápido.
José Antonio González Alcantud