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La Quinta portuguesa como refugio y redención

Cartel de la película Una Quinta Portuguesa con sus protagonistas

El reciente estreno en televisión (Movistar Plus+) de la película Una quinta portuguesa será, para algunos, la validación estética de una fantasía recurrente para lusófilos españoles: la tentación de la «huida a Portugal». Dirigida por Avelina Prat, esta coproducción entre España y Portugal es un ejercicio de introspección que utiliza el paisaje luso como un bálsamo contra el ruido de la modernidad y el dolor de la pérdida. Se trata de una película con los suficientes misterios y enigmas cómo para que cada espectador se haga su propia interpretación.

La película nos presenta a Fernando, profesor universitario de Geografía en Barcelona, interpretado por un contenido y magistral Manolo Solo. Tras la desaparición de su esposa, este termina en una finca portuguesa suplantando la identidad de un jardinero. Allí, en ese limbo de humedad y piedra, entabla una relación inesperada con la dueña de la propiedad, Amália, encarnada por María de Medeiros. La actriz y cantante, siempre vinculada a la defensa cultural del iberismo, no está aquí por azar; ella es la personificación de esa «portugalidad» que el protagonista, y el espectador, anhelan descubrir.

La quinta portuguesa de Prat es un ecosistema de intimidad que funciona como una suerte de traslación visual del Castillo Interior de Teresa de Ávila. La casa señorial, integrada en un jardín frondoso, se convierte en el escenario de una «quinta espiritual» donde el protagonista ya no busca dominar la tierra, sino habitar su propia morada interna. La película gravita sobre una idea fuerza: la huida no es una derrota, sino una forma de preservación. El protagonista no huye de algo, sino hacia algo. En este contexto, el concepto de «dejar ir» se convierte en una decisión radical, tras sufrir una angustia y un calvario temporal por la desaparición voluntaria de un ser querido. Fernando afirma que «no voy a buscar a alguien que no quiere que la encuentre», aunque todo ser humano necesita conocer los motivos de un abandono.

Fernando, al suplantar al jardinero, se permite la libertad de observar la vida desde una periferia existencial. Al habitar una identidad que no le pertenece, paradójicamente, encuentra la verdad de su propio ser. Es la mirada del observador la que le permite despojarse de sus antiguas pretensiones y su estatus previo. Hay una dimensión mística en cómo los personajes abandonan la verborrea innecesaria. Al dejar atrás las explicaciones constantes, surge una conexión basada en la intercomprensión intuitiva. El protagonista aprende rápidamente el portugués, con buen acento, mientras Medeiros pasa con total normalidad del portugués al español.

Medeiros es la guía emocional de la película: una mujer sofisticada que, entre paredes verdes y silencios, enseña que el mayor acto de cultura es la capacidad de entenderse con el otro sin necesidad de poseerlo. María de Medeiros interpreta a una mujer que transita desde la comodidad de una relación amortiguada por el entorno hacia una incertidumbre liberadora. Amália -en la película- afirma que «todas las grandes casas tienen siempre un fantasma».

La película respira un iberismo orgánico. Portugal aparece como el «reino de la retaguardia», aunque esa no sea la pretensión principal del guion. Una quinta portuguesa es una invitación a reflexionar sobre nuestra identidad compartida y sobre esa «huida» o «cambio» que muchos han barajado en secreto. Un lugar para olvidarse del mundo.

La cinta nos enseña que la verdadera libertad reside en la capacidad de desconectarse para reconectarse con la belleza y la palabra pausada. Nos recuerda que, a veces, para (re)encontrarse en la «quinta espiritual», solo hace falta viajar ligero de equipaje o simplemente disfrutar de un soñado lugar que probablemente sólo existe en nuestra mente.

Pablo González Velasco

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