Después del holocausto sufrido por la población judía durante la II Guerra Mundial, todo el mundo occidental empatizaba con esta minoría religiosa y cultural, muy castigada y perseguida a lo largo de los siglos. Por eso, pareció una buena idea, adoptada por las Naciones Unidas en 1947, la creación de un nuevo Estado en Palestina que diera un hogar seguro a todos los judíos que se quisieran instalar.
Pero su coexistencia con la población local fue conflictiva desde el primer momento, así como con los estados vecinos. La terrible Nakba del 1948, con la expulsión violenta de 700.000 palestinos de sus casas y sus tierras marcó, indefectiblemente, el futuro del Estado de Israel, confrontado, desde entonces, a una permanente hostilidad por parte de toda la comunidad musulmana mundial.
Solo el colosal apoyo militar y financiero de Estados Unidos ha permitido la subsistencia de Israel durante estos 79 años. A la vez, el proceso de radicalización de los gobernantes sionistas del Likud, con el apoyo de pequeños partidos de extrema derecha, y la provocación constante de los colonos contra los palestinos de Cisjordania han acabado convirtiendo el sueño de un Estado judío democrático y en paz en un infierno.
Durante su existencia, el Estado de Israel ha sido atacado en dos ocasiones por los países musulmanes: la Guerra de los Seis Días (1967) y la Guerra del Yom Kippur (1973), que ganaron las fuerzas judías. Estas victorias dieron un gran prestigio a los israelíes y difundieron una imagen poderosa de la capacidad de defensa y de respuesta del Tsahal (actualmente, IDF).
En este periodo, Tel Aviv también ha firmado tres grandes acuerdos de paz: los de Camp David (1978) con Egipto, con el retorno parcial de los territorios del Sinaí ocupados por Israel durante la Guerra de los Seis Días; los de Oslo (1993-95) con los palestinos de la OLP, que establecía el reconocimiento de ambos países y la partición y administración de los territorios de Palestina, hecho que comportó el asesinato del primer ministro israelí, el pacifista Isaac Rabin (1995); y los de Abraham (2000), de reconocimiento y colaboración con los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Marruecos.
Precisamente, el boicot de amplios sectores del mundo musulmán -en especial, de los chiíes- a la extensión y aplicación de los Acuerdos de Abraham fue la causa del brutal ataque de Hamás contra los asistentes a un festival de música que se hacía junto a Gaza, el 7 de octubre del 2023, y el chispazo que ha encendido la actual fase del conflicto, que ha culminado, de momento, con la guerra de Benjamin Netanyahu y su aliado Donald Trump contra Irán y Líbano.
La brutal y desproporcionada respuesta de Israel a los atentados del 7 de octubre del 2023, con la devastación y genocidio de la Franja de Gaza; y la actual guerra contra Irán, destruyendo escuelas, universidades, fábricas civiles, infraestructuras… transmiten una imagen internacional del Estado judío diametralmente opuesta a la de las guerras de los Seis Días y del Yom Kippur: sanguinaria, atroz, genocida, sádica y vengativa.
Hoy, la proyección pública de Israel y, por extensión, de los judíos está totalmente desprestigiada en todo el mundo. Su soledad es irrespirable y políticamente inviable. El Gobierno de Dinamarca acaba de anunciar la ruptura total de relaciones comerciales y diplomáticas con el Estado sionista. Es el primer país de la Unión Europea que lo hace y, seguramente, la decisión de la primera ministra Mette Frederiksen será secundada por otros muchos gobiernos.
La guerra desatada el pasado 28 de febrero por Benjamin Netanyahu y Donald Trump ha consolidado el control del estrecho de Ormuz por parte de Irán y ya está teniendo unas gravísimas consecuencias geopolíticas y económicas en todo el mundo. Vienen días, semanas y meses angustiosos para Europa, los países asiáticos, América Latina, África y Australia, con la gasolina y el gas por las nubes y racionados.
La humanidad afronta una catástrofe nunca vista desde la II Guerra Mundial. La población musulmana -más de 2.000 millones de personas en todo el mundo- ha abierto los ojos y, más allá de la tradicional división entre suníes y chiíes y con independencia de los gobernantes de turno, se está polarizando y movilizando en defensa de sus hermanos palestinos e iraníes y en contra de la criminal agresión de Israel y Estados Unidos. Siria, Baréin y Jordania pueden vivir, en los próximos días, repentinos cambios de régimen.
La Unión Europea, gran víctima del devastador caos económico causado por la pareja asesina Netanyahu & Trump, afronta un reto vital: la necesidad de romper con la OTAN, convertida en una tiranía norteamericana, y organizar rápidamente un ejército propio, sin la tutela ni la presencia de soldados de Estados Unidos en territorio europeo.
La gran mayoría de los países amigos y aliados de Washington están marcando distancias, previas a la ruptura. Se ha visto con la nula respuesta que ha tenido el llamamiento de Donald Trump a participar en la aventura militar para intentar controlar el estrecho de Ormuz. Incluso la “trumpista” Giorgia Meloni, empujada por las circunstancias, planta cara a Estados Unidos.
La trágica coyuntura hace que países que eran enemigos acérrimos, como China y Japón, empiecen a colaborar en esta crisis. Solo el histriónico Javier Milei, para vergüenza de los argentinos, apoya a Estados Unidos e Israel. También ha dado luz verde a la creación de un enorme y distópico asentamiento judío en la Patagonia.
Las Naciones Unidas, que crearon al Estado de Israel, ven como este “hijo” les desprecia, les humilla y ataca a los cascos azules desplazados en Líbano para intentar mantener la paz. Podemos decir que hoy toda la humanidad está contra Benjamin Netanyahu y Donald Trump, convertidos en las personas más abyectas y detestables del planeta.
Después de esta guerra, Israel -si es que continúa existiendo- quedará convertido en un estado paria y marginado de la comunidad internacional. Por su parte, Estados Unidos está abocado a una profunda división guerracivilista que acabará en un baño de sangre -las armas están al alcance de toda la población- si antes del próximo noviembre no consiguen deshacerse de Donald Trump y de su vicepresidente, el todavía más extremista JD Vance.
Jaume Reixach

