Hungría se había convertido en una piedra en el zapato en el proceso de construcción europea. La alianza y las complicidades de su primer ministro Viktor Orbán con los “tres jinetes del Apocalipsis” –Donald Trump, Benjamin Netanyahu y Vladímir Putin– bloqueaban, una y otra vez, el imprescindible consenso que rige la toma de decisiones en la Unión Europea.
Autoritario, corrupto y profundamente reaccionario, Viktor Orbán dominaba con mano de hierro desde hacía 16 años este país de 10 millones de habitantes. Pero como pasó en 1956, con la revuelta contra la dictadura soviética, los húngaros se han vuelto a levantar, 70 años después, en nombre de la libertad y de la democracia, esta vez con el arma de los votos. Con una participación electoral récord, han dado una victoria abrumadora al candidato de Tisza, Péter Magyar, y han acabado con la ominosa etapa del Fidesz.
En esta ocasión, la izquierda ha actuado de manera inteligente. Para burlar el perverso sistema electoral que había impuesto Viktor Orbán, y que permitía, en la práctica, la perpetuación del partido Fidesz en el poder, los partidos progresistas han renunciado a presentar listas y se han unido alrededor del candidato conservador que tenía más probabilidades de ganar, como así ha sido.
El mundo está al borde del abismo. La infame agresión militar de Rusia contra Ucrania –que ya hace cuatro años que dura– y la guerra a traición de Israel y de Estados Unidos contra Irán y el Líbano han provocado, además de una sangrienta e inaceptable mortandad de población civil, un caos económico que multiplica el precio de los hidrocarburos y desestabiliza el normal funcionamiento de todos los países -excepto de aquellos que son productores de petróleo-, condenados a la hiperinflación y al empobrecimiento.
En este momento de máxima tensión geopolítica, la Unión Europea está gravemente amenazada, pero, a la vez, continúa siendo el referente de los valores humanitarios más nobles, heredados de las civilizaciones griega, romana y cristiana. Somos una “tierra vieja”, como China, y tenemos un traumático pasado de guerras y divisiones que, después de la catástrofe de la II Guerra Mundial, hemos decidido superar por la vía de la unidad de acción.
No a Orbán, no a Putin, no a Trump, no a Netanyahu y sí a Europa: este ha sido el contundente veredicto del pueblo húngaro en las urnas y que también tenemos que hacer nuestro. Viktor Orbán era el “espía” y el “submarino” de Vladímir Putin para torpedear a la Unión Europea y sabotear el envío de ayuda a Ucrania.
También era el gran aliado que tenía Donald Trump en el corazón de la Unión Europea, para dividirnos y debilitarnos. Hasta el punto que envió a su vicepresidente JD Vance a Budapest para participar en la campaña electoral de Fidesz. Su fracaso ha sido estepitoso.
Viktor Orbán mantenía una estrecha relación de amistad con el “carnicero de Tel Aviv” y era su principal valedor en Bruselas. Benjamin Netanyahu le ha dirigido unas emotivas palabras de pésame por su derrota electoral.
La valiente revuelta y victoria del pueblo húngaro contra la “internacional reaccionaria” y los “tres jinetes del Apocalipsis” nos interpela a todos. La Unión Europea tiene que dejarse de “egos” y de nacionalismos para ponernos a trabajar, decididamente y con urgencia, en aquello que realmente importa: compactar un bloque en defensa de la democracia, de las libertades, de la tolerancia y de la paz para hacer frente a la oleada belicista que nos quiere arrasar como un “tsunami”.
A partir de esta constatación, la Unión Europea tiene que hacer un acto de soberanía y de independencia para romper los vínculos con estos asesinos genocidas que han traído la guerra al mundo. Mientras el Kremlin mantenga la aberrante agresión contra Ucrania -bombardeando sistemáticamente sus ciudades e infraestructuras- tenemos que hacer un boicot absoluto a su gas y a su petróleo y, a la vez, hacer presión a China para que Vladímir Putin pare, de una vez, las hostilidades. Xi Jinping tiene poder y capacidad para conseguirlo.
Israel, con Benjamin Netanyahu, ha degenerado en un Estado criminal y despreciable, indigno de formar parte de la comunidad internacional. A la infame masacre y destrucción perpetrada en la Franja de Gaza, ha continuado con los brutales bombardeos contra Irán y contra el Líbano. No solo hay que cortar todas las relaciones comerciales y diplomáticas con Tel Aviv, como ya ha hecho Dinamarca: hay que promover su expulsión de las Naciones Unidas y de todos los organismos y eventos internacionales (¿qué pasará con su presencia en el próximo festival de Eurovisión, que se celebrará el próximo mes de mayo?).
El gran reto que tiene ahora la Unión Europea es desprenderse de la tutela militar que mantiene Estados Unidos, a través del OTAN. Donald Trump ya ha demostrado reiteradamente que nos considera sus enemigos: con la imposición de arbitrarios aranceles, con la pretensión de quedarse Groenlandia o con los graves e inaceptables insultos que ha proferido contra varios mandatarios europeos, empezando por Pedro Sánchez y acabando por su “amiga” Giorgia Meloni.
Hay que salir de la OTAN y vertebrar rápidamente una estructura europea de defensa. Tenemos arsenal nuclear (Francia y Reino Unido) y una potente base industrial para proveernos del armamento que necesitamos para defendernos de los “tres jinetes del Apocalipsis”.
Donald Trump es un mentiroso compulsivo. Dijo que llevaría la paz a Ucrania, gracias a su gran relación personal con Vladímir Putin, pero el hecho es que los misiles y los drones rusos continúan cayendo sobre este martirizado país.
Ante la impotencia y la torpeza de Donald Trump, Europa tiene que asumir en primera línea la defensa de Ucrania y tomar las riendas de la mediación con el Kremlin para poner fin a esta absurda guerra. Por supuesto, hay que exigir la retirada de las bases norteamericanas que hay en territorio europeo.
Afortunadamente, en el Vaticano tenemos a un papa sensato, León XIV, que se ha erigido en líder moral de la causa suprema de la paz y no ha dudado en hacer frente a los delirios y groserías belicistas de Donald Trump. Una Unión Europea con voz propia y clara, ya librada del yugo de los Estados Unidos, también tendría una gran fuerza e influencia en las Naciones Unidas en la tarea de construir una comunidad humana fraternal y armoniosa.
En Hungría han tocado a rebato: ¡es la hora de Europa!
Jaume Reixach

