Las recientes elecciones andaluzas han dado la impresión de que la emergencia de una fuerza regionalista en Andalucía es inevitable en medio de la crisis española. Sin embargo, esta impresión, con sus altibajos, está contrapesada históricamente por otra que llamaremos “surismo”, por su referencia recurrente al Sur. No estamos hablando de lo mismo. Durante mucho tiempo el debate sobre el Mediodía andaluz ha estado sembrado por esta sutil oposición que lastra y beneficia a la vez el legítimo peso de Andalucía en el debate ibérico.
Desde finales del siglo XIX la emergencia de un discurso diferencial andaluz en el campo político-cultural estuvo encima de la mesa. Los congresos regionalistas andaluces fueron configurando una ideología que era fiel reflejo de otros regionalismos, sobre todo del catalán. Fue en el regionalismo catalán donde los andalucistas se miraron a lo largo del tiempo, en particular en la Renaixença catalana surgida al calor del fin del romanticismo, casi paralela con el movimiento felibrés del sur de Francia. Ambos, catalanismo y occitanismo, encontraron en la literatura regional, y en el catalán y la langue d’oc, sus formas de existencia, y en los juegos florales su medio genuino de expresión. Ocurriría igual con los medios regionalistas andaluces, que habían tenido episodios germinales en ambientes protoanarquistas y cantonalistas, como la sublevación de 1861 liderada por Rafael Pérez del Álamo en Loja (Granada), donde las tradicionales reivindicaciones de la tierra se unían las reclamaciones del poder local frente al estado centralizado. En esa línea podemos considerar a otras figuras sureñas, como José Paúl y Angulo, en Jerez de la Frontera. Desde luego, un revulsivo había sido el catalanismo, emergido en torno a la I República Española (1873), cuya insigne figura federalista fue Francesc Pi y Margall.
En la reunión de Antequera de 1883, los federalistas andaluces acordaron un modelo de constitución que hacía valer el “cantón andaluz”. Bebiendo de estas y otras fuentes casi prohistóricas, Blas Infante, notario originario de la provincia de Málaga, alumbraría sus ideas sobre Andalucía, en 1915, en el libro El ideal andaluz, que poco antes había sido un discurso en el Ateneo sevillano. Infante adoptó un tono humanista que trascendía el propio regionalismo, primero haciéndolo más cultural que político, y adoptando incluso una perspectiva iberista, que trascendía a España en sí. Su regionalismo no practicaba las políticas del agravio, ni dejaba espacio para un independentismo futuro, ya que no dejaba de sentirse español e ibérico. En el marco organizativo vinieron posteriormente las asambleas de Ronda (1918) y de Córdoba (1933), en las que los andalucistas adoptaron, en el medio de la Restauración y de la II República, los símbolos regionales (bandera, escudo e himno) y el modelo organizativo regional, basado siempre en el poder local, fuese este ayuntamientos o diputaciones. Por eso el llamado complot de la Tablada (1931), por el que en la recién proclamada II República, Blas Infante fue acusado, junto a Ramón Franco, hermano del futuro dictador, de promover un Estado Libre de Andalucía parece alejado de sus propios orígenes. Este regionalismo blasinfantiano basculaba desde la moderación de Antonio Gallego Burín, en Granada, ajeno a la cuestión campesina, hasta la preocupación central por la reforma agraria del también notario Juan Díaz del Moral, en Córdoba, autor de una importante Historia de las agitaciones campesinas andaluzas (1928).
Blas Infante, hombre de creencias espirituales eclécticas, que convergen en el espiritismo y la masonería, descubrió Marruecos en 1924, y pidió, entre sus reivindicaciones que se dejase la política exterior española con el mundo árabe en manos de una posible región autónoma andaluza, por la mayor cercanía de esta a la problemática musulmana. Sin embargo, y contra lo que esgrime hoy día, con malicia evidente, el grupo ultraderechista Vox, nunca profesó de creyente musulmán. Infante, que había conocido el amargo sabor de las derrotas electorales, buscó una alianza con el anarquismo andaluz, sobre todo a través de uno de sus líderes, Pedro Vallina, sin llegar, no obstante, a conseguir atraer a las bases ácratas a su causa. Murió finalmente asesinado por los sublevados franquistas en 1936, tras ser detenido en su casa Dar al-Faraq, de estilo neomudéjar, en Coria del Río. La muerte trágica de Blas Infante, como en el caso del poeta Federico García Lorca, elevó su figura a mito.
Unos años antes del advenimiento de la democracia en España se inició un movimiento regionalista en Sevilla y Córdoba que, auspiciado por figuras como Alejandro Rojas Marcos, en el plano político, y José Aumente, en el ideológico, reivindicaron el legado de Blas Infante. A ello se añadía que un pequeño grupo de jóvenes inquietos de medios liberal-conservadores formaron en Sevilla la revista La Ilustración Regional, donde buscaban asimismo reflexionar sobre el lugar de Andalucía en el conjunto político democrático que se avecinaba. Este grupo andalucista adoptó el socialismo democrático como su leitmotiv, integrándose en la Federación de Partidos Socialistas, un heterogénea alianza social-regionalista. La hegemonía en el campo socialista del PSOE, que asumió como propia la herencia de Blas Infante, elevándolo a “padre de la patria andaluza”, dejó sin parte de su programa al andalucista Partido Socialista de Andalucía (PSA), que fue mutando su perfil, hasta llegar a convertirse en Partido Andalucista, siguiendo el modelo del PNV vasco. El fracaso político de este andalucismo político, tras unos inicios exitosos, fue progresivo y estruendoso, cercado por la corrupción (Pedro Pacheco en Jerez) y las traiciones (Rojas Marcos en Sevilla). Finalmente, se disolvió, permaneciendo un andalucismo político dividido en diversas corrientes, y otro cultural, nucleado en torno a la Fundación Blas Infante, tutelada por la familia del fundador, siendo, además, foco de resistencia frente a la apropiación del líder andalucista por el PSOE.
El relato histórico-antropológico de este andalucismo fragmentado, sin embargo, continuó siendo de común dominio. De un lado, los rasgos diferenciales de Andalucía, que se llegaron a llamar “marcadores de identidad étnica” elevando la cuestión identitaria a un absurdo casi racial. De esta manera cuando el tren de alta velocidad arribó a Sevilla con motivo de la Exposición Universal de 1992 fue considerado un caballo de Troya que posibilitaba una invasión que violentaba la esencia sevillana y andaluza. La imagen de Andalucía prevaleciente, hasta el día de hoy fue la de una región subalternizada y ante todo “colonizada”, abandonada por sus élites, emigradas al centro, a Madrid, y como tal expoliada de sus recursos (minería, industria, agricultura y sistema financiero…). De esta guisa, por lo demás, fiestas religiosas, como la semana santa y otras, fueron consideradas como parte indisociable de la identidad andaluza. El regional-catolicismo popular venía a sustituir al viejo y elitista nacional-catolicismo franquista.
La narrativa andalucista se fue simplificando, redundando abusivamente en la idea de explotación, que no tenía presente los cambios acaecidos con los procesos de modernización material y de modernidad cultural posteriores al franquismo. Un elemento clave para la caída del discurso subalternizado andalucista fue la desaparición del problema de la tierra, que se manifestó inicialmente a través del movimiento jornalero, el cual no resistió las transformaciones estructurales de la economía andaluza, ni quiera bajo la ulterior fórmula de las reivindicaciones ecológicas.
Frente a este andalucismo que tuvo sus momentos de gloria en los años ochenta, con una relativamente importante representación municipal y parlamentaria regional, que obligó al PSOE a pactar con la corriente andalucista cuando estaba en mayoría minoritaria, y sus actuales marginalidades, se ha ido abriendo un foco de luz sobre ese “surismo” que puede explicar muchas cosas. Con este neologismo queremos sostener que la idea de Sur, como la de Midi en Francia, Mezzogiorno en Italia o incluso Mediodía en la España de los años treinta, es un horizonte político cultural o geocultural que tiene por leitmotiv al Sur, como categoría. No se trata tanto del sur geográfico, aunque siempre esté asociado a la luminosidad frente a las brumas, el color frente a los grises, el ritmo colectivo frente a la vida solitaria, a los climas mediterráneos, desérticos y/o tropicales, a las selvas y a las insularidades. Mediodía se llamó la revista de la generación sevillana del 27, el nombre Sur lo portaron muchas publicaciones y movimientos poéticos, literarios, ensayísticos, etc. de las sociedades subalternizadas, especialmente en los años setenta u ochenta. El Sur, en definitiva, era, como lo cantaba el cantaor flamenco Enrique Morente, “la estrella que me guiara”. Con este horizonte ahora en la editorial de la Universidad de Granada hemos recuperado, con estudios preliminares de Daniel Gil-Benumeya y mío propio, el librito Mediodía. Introducción a la cultura andaluza, publicado por Compañía Iberoamericana de Publicaciones en 1929. Su autor, Rodolfo Gil Benumeya (1901-1975), andalucista, panarabista e iberista, plantea en aquellos momentos germinales la cuestión “geopsíquica” del sur como un eje descolonizador y de poder geocultural en un terreno internacional, como el de los años veinte, marcado por el colonialismo anglo-francés. También plantea la política de las “Andalucías expansivas”, que en buena medida coincide con la de las “Españas perdidas”. Estas ideas se promocionaban en la España previa a la II República, y hacían alusión a los “hermanos” andalusíes y sefardíes, que habitaban el Mediterráneo, desde las expulsiones de judíos y moriscos de 1492-1609, entre Estambul y Rabat, refugiados en una suerte de diáspora, marcada por la nostalgia.
Sobre estas bases históricas y conceptuales, Andalucía, con su potente imagen, sobrada de símbolos universalizados, se sitúa en el vórtice político actual de la península ibérica, dejando constancia de un regionalismo calificable de amable, que es más “surismo” que andalucismo propiamente dicho. Las recientes elecciones andaluzas así parecen mostrarlo: el “surismo” atraviesa todos los partidos y no está fundamentado en las políticas del agravio, pero tampoco se identifica plenamente con el andalucismo histórico, como algunos quisieran.
José Antonio González Alcantud

