El Trapezio

La mula, la compañera infatigable del estraperlista

Ilustración de Jesús Ángel Martín.

Desarrollé mis estudios y mi vida en la ciudad de Salamanca, una capital de provincia sin más para quien no la conoce que esconde la ciudad universitaria más antigua del mundo hispanohablante y uno de los destinos más importantes para el estudio del español. Un lugar cosmopolita para quien sabe aprovecharlo, que me brindó la oportunidad de trabajar en el ámbito de los intercambios estudiantiles internacionales.

Menos suerte tuvieron mis abuelos, que provenían de la Raya, la zona limítrofe de la provincia con Portugal. En su época los pobres no podían estudiar, lo cual no quiere decir que no poseyeran una sabiduría deslumbrante, mayor que la de muchos licenciados.

Al terminar mis estudios la vida me llevó a ejercer en la otra punta de la geografía española, Lanzarote: en un colegio bilingüe, con la mitad del profesorado británico, mi asignatura era Música. Para ser cercano a los alumnos, quise enseñarles la música moderna, esa que es anglosajona. Los alumnos se burlaban de mis errores constantes de pronunciación del inglés al mencionar grupos o títulos de canciones.

Pero el maestro acabó dándoles una lección de idioma. Hablaban en clase constantemente de eMule, el programa informático que, a principios de siglo, utilizaban para descargarse música por internet. Si tanto sabéis de inglés, les dije, ¿sabéis qué significa eMule? Quedaron en silencio. La «e» ya sabéis que es de electrónica. Pero ¿mule qué significa? El silencio en clase fue sepulcral y las pupilas de los pupilos se abrieron de atención. Significa mula.

Era fácil saberlo sin saber inglés: el logotipo del programa es la cabeza de una mula. Pero aquellos chavales, de una isla dedicada al turismo, el único animal de monta que habían visto eran los dromedarios de los espectáculos turísticos. Curiosos los críos por saber qué criatura era esa, les conté una historia familiar. En el corral de mi abuela, en una aldea de la Raya de la dehesa, había una mula. Era macho, pero siempre la llamábamos «la mula». En español lo correcto sería decir mulo, pero en el habla popular rayana la palabra mula se utiliza para macho y hembra.

Ilustración de un número siete con caballos alados volando
Ilustración de Jesús Ángel Martín.

Mis abuelos, si bien no diferenciaban al hablar el género del híbrido, sí lo hacían entre una mula (cruce de burro y yegua) y un burdégano (mixto de caballo y burra). Preferían la mula, tiene un comportamiento particular: si trota durante decenas de kilómetros y se asusta, vuelve al galope al punto de origen sin desorientarse. Muy útil en plena autarquía franquista para entrar en Portugal montándola por un sendero, cargarle las alforjas de mercancía y darle un palo en el hocico para que volviera sola al corral. La Guardia Civil no iba a detener a una mula sin jinete y entonces no había microchips. Desconozco si el burro o el burdégano se comportan igual, pero la mula soporta muchísima más carga que estos; por eso era la predilecta.

Quedaron asombrados al entender por qué un programa para contrabandear música sin pagar derechos de autor se llamaba la mula electrónica. En cuanto a que el término en inglés tenga un doble sentido muy similar, sin poder afirmarlo, apostaría a que tiene bastante que ver con los mexicanos que viven en la frontera con Estados Unidos, que no olvidemos llevan sangre y conocimientos de conquistadores extremeños, rayanos ellos. Veo difícil que el origen provenga de pasar mercancía con una mula por el canal de la Mancha.

Hoy, en español, la palabra mula se utiliza en todos los diarios para referirse a quien intenta traspasar droga en el estómago u otras cavidades del cuerpo, curiosamente en femenino aunque el detenido sea masculino.

Aunque mulas y burros sacaban del hambre a tantas familias de la Raya en aquellos años del franquismo, el animal era tan despreciado que, cuando un niño era travieso en el colegio, le ponían de rodillas con unas orejas de burro.

Cuando la avaricia de los contrabandistas, mal llamados estraperlistas por el régimen, ya no cabía en las alforjas, descubrieron que algunos de esos niños traviesos a los que ponían orejas de burro por hacer trampas en los exámenes habían llegado a guardias civiles.

Dios los cría y ellos se juntan; por algo pedirían destino en el paso fronterizo, ese que más tarde quedaría inutilizado para estos negocios por la Unión Europea. Solo quedaba acordar el porcentaje.

No he sido maestro en los años cincuenta; lo he sido en el siglo XXI. Pero, igual que defendí en el aula ante los alumnos que la fama de tozudez de burros y mulos oculta un animal muy inteligente, también defendía en el claustro de profesores que el alumno más rebelde y más travieso, el que más trampas y chuletas hace, probablemente está dotado de altas capacidades intelectuales.

Seguro que los que usaban eMule sin pagar a las discográficas tenían talento para los negocios. Mientras no sea para mercancías que dañen la salud, perfecto.

Andrés Hernández López

Salir de la versión móvil