Este es el año del centenario de Leopoldo Calvo-Sotelo, presidente del Gobierno de España durante 21 meses: desde el 26 de febrero de 1981 hasta el 2 de diciembre de 1982. Calvo-Sotelo fue anteriormente vicepresidente del Gobierno para Asuntos Económicos durante aproximadamente un año. Además, a lo largo de cuatro años ocupó diversas carteras ministeriales, entre ellas, la de Relaciones con las Comunidades Europeas, durante casi dos años. Una de sus facetas menos conocidas es su condición moderada de lusófilo y lusófono, aplicada en años sensibles para la diplomacia peninsular en un contexto de recelos portugueses seculares y las negociaciones de entrada de España en la OTAN y la Comunidad Económica Europea.
El Calvo-Sotelo niño, de raíces gallegas de Ribadeo, ya tenía en la biblioteca familiar abundante literatura portuguesa. Tras el asesinato de su tío, el líder monárquico José Calvo Sotelo, en julio de 1936, la viuda se refugió en Lisboa, mientras que Leopoldo y su familia más cercana huyeron desde Ribadeo en un Ford de 8 cilindros hacia Viana do Castelo, instalándose durante unas semanas en el Hotel Santa Luzia sobre la desembocadura del Lima. Esto marcó el bautismo del joven Leopoldo en el paisaje luso.
Esta vinculación se reactivó y consolidó décadas más tarde. En 1958, su suegro, José Ibáñez Martín, fue nombrado embajador en Lisboa. Durante once años (hasta 1969), el Palacio de Palhavã -residencia del embajador- se convirtió en el epicentro de los viajes del futuro presidente. Allí aprendió el idioma de Camões y acumuló una biblioteca personal donde convivían Oliveira Martins, António Sérgio y José Freire Antunes.
Visitas a Villa Giralda
Aquellos años de estancias frecuentes en tierras portuguesas colocaron a Calvo-Sotelo en el centro de los debates políticos sobre el futuro posfranquista. Sus visitas regulares a Villa Giralda, la residencia del exilio de don Juan de Borbón, se realizaban bajo una atmósfera de absoluta discreción y respeto institucional. En su libro Pláticas de familia (2003), Leopoldo revela la delicadeza con la que gestionó su nombramiento imprevisto como miembro del Consejo Privado del Conde de Barcelona en 1966, una credencial remitida por José María Pemán que declinó con elegancia. Así lo cuenta:
«Sin consultar en Madrid con nadie tomé el primer avión para Lisboa. Pedro Sáinz Rodríguez había sido amigo de mi padre y me trataba con un afecto paternal, aunque siempre de usted. Me recibió en su casa, un semisótano semiesquina a la avenida da Liberdade, muy cerca del monumento a Pombal. Había yo estado muchas veces en aquel lugar sombrío y estrecho, lleno de libros que lo invadían todo y que hacían difícil la navegación interior por el angosto piso (especialmente difícil para un hombre del tonelaje de don Pedro. Él mismo, al entregar su tarjeta de visita con las señas «Alexandre Herculano 3, cave» —que en portugués significa «sótano»—, añadía jocosamente: «Cave, pero justo»).
Don Pedro comprendió muy bien mi aporía, no quiso decirme quién había movido aquello y me aconsejó que fuera inmediatamente a Villa Giralda. Acepté, claro está, su consejo, y él mismo obtuvo por teléfono que don Juan me recibiera aquella misma tarde; sobreentendí que don Pedro iba a preparar mi audiencia con una explicación suya.
De pie, ya en el umbral de la cave, sugirió don Pedro, de forma deliberadamente confusa, que comprendería otras posibles razones de mayor calado (si las hubiera) en mi decisión. Sí las había. Unos meses antes, en marzo de 1966, había tenido lugar, en el Hotel Palacio de Estoril, el famoso almuerzo del Consejo Privado con don Juan, convocado para responder a unas declaraciones del ministro Fraga al Times en las que dijo que si la monarquía hubiera de volver un día a España, sería con don Juan Carlos. Éste no acudió al solemne acto de Estoril, excusando desde Madrid su anunciada asistencia. El grave problema dinástico y familiar entre don Juan y don Juan Carlos quedaba abiertamente planteado. Para mí, y sospecho que también para don Pedro, se aclaraba definitivamente cuál iba ser el camino de la historia. De él hablaría yo con don Pedro tres años más tarde, cuando Franco anunció, en julio de 1969, su decisión de señalar a don Juan Carlos como heredero suyo a título de rey.
Mi conversación con el conde de Barcelona fue, como siempre, fácil y directa. Don Juan aludió a la credencial sin citarla:
—Como venías tanto por aquí…
—Y espero seguir viniendo, si Vuestra Majestad me llama o me recibe. Pero me parece que sirvo mejor a la causa de la monarquía permaneciendo en ella con lealtad libre, como siempre.
—Yo estoy seguro de tu lealtad a la Corona.
Años más tarde, siendo yo presidente del Gobierno, iba a oír muchas veces la expresión «lealtad a la Corona» en los labios del rey Juan Carlos I, y en La Zarzuela me acordaría con emoción de Villa Giralda».
En La Moncloa
Calvo-Sotelo asumió la presidencia del Gobierno en un país conmocionado por el asalto de Tejero al Congreso. Durante el puente del primero de mayo viajó a Lisboa, en compañía de su esposa pero desprovisto del habitual aparato diplomático, prescindiendo incluso de su ministro de Asuntos Exteriores, José Pedro Pérez-Llorca. Su propósito era: «pasar simplemente el fin de semana», según declaró a su llegada a la capital portuguesa, y mantener un intercambio de opiniones con el primer ministro luso, Francisco Pinto Balsemão. Desde el primer momento, Calvo-Sotelo insistió en el carácter estrictamente privado de su visita y negó cualquier motivación especial. El viaje se enmarcó en el interés de Madrid por intensificar las relaciones con Lisboa y celebrar consultas periódicas sobre temas de interés bilateral. Ramón Font cuenta que los suegros de Balsemão, de ascendencia española, le invitaron a una paella y la cuñada, Tati Presas, entrevistó al presidente español para el semanal Expresso.
El carácter privado pero político generó algo de caos por la confusión en el protocolo. Por su parte, el primer ministro portugués, que acudió junto a su esposa al aeropuerto lisboeta para recibir al mandatario español, coincidió en el deseo de agilizar los contactos periódicos y manifestó que, de hecho, sus comunicaciones telefónicas ya eran frecuentes en la actualidad. En una improvisada rueda de prensa celebrada en el propio aeropuerto, Calvo-Sotelo señaló que los problemas bilaterales entre España y Portugal «no son muchos ni demasiado graves, pero que, a veces, son delicados».
Además, Calvo-Sotelo informó que había visitado al Conde de Barcelona en su residencia de Estoril, una costumbre que mantenía desde los años cincuenta cada vez que viajaba a Portugal. También aludió a su entrevista con el vicepresidente de la CEE, Lorenzo Natali, con quien dialogó sobre el estado actual de las negociaciones para la adhesión de España a la Comunidad. Finalmente, el presidente confirmó que esa misma mañana se había entrevistado con el presidente portugués, António Ramalho Eanes.
El encaje español en la OTAN
«La OTAN es una alianza de naciones democráticas y atlánticas, y España es una nación atlántica y democrática que tiene un papel que desarrollar en la organización», declaró el ministro portugués de Asuntos Exteriores, André Gonçalves Pereira, a su llegada a Madrid, días después del citado encuentro entre jefes de Gobierno en Lisboa, donde fue recibido en el aeropuerto de Barajas por su homólogo español, el señor Pérez-Llorca. El Consejo Hispano-Portugués de Cooperación se reunió en el Palacio de Viana bajo la presidencia de los ministros de Asuntos Exteriores de ambos países. Entre los principales temas de la agenda destacaron los relativos al acuerdo pesquero bilateral y a una posible colaboración en materia de energía nuclear. En el transcurso de las sesiones, se estudió la posibilidad de eximir del requisito de pasaporte a los ciudadanos españoles y portugueses que ingresen al territorio del país vecino.
Haciendo balance de aquel momento histórico, Ramón Font sostiene que:
«Cuando la democracia española estuvo en peligro el 23 de febrero de 1981, el presidente portugués, Ramalho Eanes, y su primer ministro, Pinto Balsemão, exhibieron con prontitud su sintonía con el rey Juan Carlos y con las instituciones españolas. El nuevo presidente Leopoldo Calvo-Sotelo escogió Lisboa para reponerse de los efectos del frustrado golpe de Estado y con Pinto Balsemão despejó los temores portugueses ante la precipitada integración de España en la Alianza Atlántica. El Gobierno reformista portugués temía perder el control de sus aguas territoriales y que un general español asumiera el mando ibérico desde el búnker de la OTAN en la playa lisboeta de Oeiras. La experiencia ha demostrado que el entendimiento entre los militares de los dos países ha disipado las dudas artificiales y veinte años después la presencia habitual de fragatas españolas en el Tajo ni es noticia en la prensa portuguesa ni merece otra consideración que la de prueba irrefutable del giro copernicano en las relaciones bilaterales».
España diseñó su entrada respetando escrupulosamente el eje Baleares-Estrecho-Canarias, permitiendo que Portugal mantuviera intacto su estatus atlántico. De hecho, España se adhiere a la OTAN, pero congelando su incorporación a la estructura militar (desde la llegada al Gobierno de Felipe González). Posteriormente esos ejes geográficos de la OTAN desaparecieron, incluido el comando IBERLANT (en 2012). Entre 1982 y 2012, IBERLANT fue dirigido por un vicealmirante de la Marina portuguesa. Portugal perdió su mando operativo terrestre principal cuando la OTAN desactivó el Cuartel General del Mando Conjunto Aliado (JFC) en Oeiras (Lisboa). En su lugar, el complejo pasó a albergar principalmente al STRIKFORNATO (Fuerzas de Ataque y Apoyo Naval) y el JALLC (Centro de Análisis y Lecciones Aprendidas).
España, en los años noventa, firmó Acuerdos de Coordinación bilaterales con la OTAN, que, en caso de conflicto en el Atlántico, el almirante portugués al mando de IBERLANT y el almirante español al mando del Eje Baleares-Estrecho-Canarias se sentarían a negociar y colaborar de igual a igual, como socios independientes, pero ninguno de los dos estaba subordinado al otro. Fuera de esa hipotética excepción bélica ante un ataque soviético, España mantuvo el blindaje total de su cadena de mando. En 1999, España se integraría en la estructura militar de la OTAN.
Lector de ensayos sobre Portugal
Muchos iberistas deseamos que haya -en la actualidad- un ministro de Exteriores moderadamente lusófilo y lusófono. Cuando miramos la historia de los inicios de los ochenta la vemos con cierta admiración dado que tuvimos un jefe del Estado (Juan Carlos I; perfil heredado en alguna medida por Felipe VI dada su simpatía por lo luso y la iberofonía), un presidente (Calvo Sotelo) y -un poco más tarde- un ministro de Exteriores (Fernando Morán) que se ajustaban a este perfil. Morán, con el añadido de ser iberista. Más tarde hubo un ministro de Cultura iberista: César Antonio Molina, que publicó un libro sobre iberismo cultural, fue entrevistado sobre las relaciones luso-españolas, tuvo la valentía iberoamericanista de llenar Brasil de Institutos Cervantes, así como estableció un marco de cooperación entre lenguas ibéricas, incluidas las lenguas cooficiales españolas.
Charles Powell afirma en el libro Leopoldo Calvo-Sotelo: un retrato intelectual (2010) que:
«La presencia de sus suegros en Lisboa entre 1958 y 1969 hizo que Portugal fuese el país que con más frecuencia visitara Calvo-Sotelo durante más de una década. Ello suscitó en el futuro presidente una notable afición por los asuntos portugueses, que se reflejaría en la adquisición de obras como la ‘História de Portugal’ (1972) de Joaquim Pedro de Oliveira Martins, que tuvo una gran influencia en la generación del 98 española; ‘Breve interpretação da história de Portugal’ (1974), de António Sergio; ‘Salazar: as grandes crises’, 1936-1945 (1978), de Franco Nogueira; o ‘Do «perigo espanhol» à amizade peninsular’ (1985), del historiador español Hipólito de la Torre. (…) Más adelante, las tensiones surgidas como resultado de la creciente presencia económica española en el país vecino serían analizadas por su amigo José Freire Antunes en ‘Champalimaud’ (1997) y ‘Os espanhóis e Portugal’ (2002). A pesar de su profundo afecto por Portugal, a Calvo-Sotelo le irritaba profundamente el agresivo victimismo del que a veces hacen gala algunos dirigentes lusos, como puso de manifiesto en una memorable intervención improvisada en el transcurso de un foro hispano-portugués celebrado en Madeira en septiembre de 2002».
Pablo González Velasco

