Desde hace unos años vengo defendiendo que la Cultura puede salvar a muchos pueblos -y a muchas personas- de su letargo. Obviando las necesidades prioritarias de la vivienda, el sustento laboral, los servicios sociales mínimos o los de infraestructuras que permitan la comunicación rápida con un ente urbano principal, el alimento del alma resulta vital para asegurar el futuro del ámbito rural. Y, en este sentido, la historia y el patrimonio local o comarcal –“de proximidad”- se convierten en uno de los mejores recursos para construir un edificio cultural duradero. La conciencia histórica y la sensibilidad patrimonial generan arraigo, respeto al territorio, amplitud de miras y estrecha vínculos convecinos.
Esto es lo que parece estar echando raíces en un pequeño pueblo del norte de Extremadura que apenas censa 180 habitantes: Segura de Toro. Aquí siempre han llevado a gala eso de ser “el pueblo más antiguo del valle del Ambroz”, justificado en la existencia de restos históricos de época prerromana, en especial de varios verracos, uno de los cuales representa de manera evidente a un bóvido y se ubica en el centro de la plaza principal, apellidando a Segura desde hace más de un siglo.
No obstante, este año de 2026 el pueblo ha dado un paso más y ha conseguido aprobar el proyecto para la creación de un centro de interpretación y ha organizado su I Encuentro Vetón. Recordemos que aquellas esculturas zoomorfas son características de la tribu que los autores clásicos nos han transmitido con el nombre de vetones y cuyo territorio abarcaba una significativa porción del centro-oeste peninsular, desde Riba-Côa hasta las provincias de Ávila y el occidente de la de Toledo, incluyendo las de Salamanca y Cáceres.
El Encuentro Vetón se celebró el fin de semana del 19 al 21 de junio de 2026, casi coincidente con la simbólica data del solsticio de verano y del día -y noche- de San Juan, tradicional festividad patronal segureña. Pese a la idoneidad de la fecha, las altas temperaturas impidieron el normal discurrir de algunas actividades, como las del paseo sosegado por el mercado artesanal. Aun así, lo atractivo del programa garantizó una gran afluencia de público ávido de conocimiento y rememoración del pasado vetón de la localidad y la comarca.
Se combinó el ambiente riguroso de las conferencias sobre historia y cultura del territorio vetón, con el sosegado -y cálido- de la visita guiada y de divertidas rutas teatralizadas y con el emotivo homenaje a los segureños que colocaron el toro en la plaza en los años 60 o el guiño al pasado pastoril de la localidad con la inauguración de la réplica de un chozo. Todo ello, por supuesto, acompañado de la decoración y el buen hacer de vecinos y tenderos, de talleres para todos los públicos, de riquísima muestra culinaria y de excelentes actuaciones musicales y circenses. En síntesis, todo lo apropiado para el disfrute y el aprendizaje.
No obstante, el éxito del Encuentro Vetón no se explica únicamente en una programación más o menos acertada. Las claves se hallan, sin lugar a dudas, en la conjunción entre la decisiva voluntad de apostar por el elemento histórico y patrimonial por parte de la actual corporación municipal, el buen hacer de una excelente gestora cultural -Sonia de Maya- y en un porcentaje muy notable de vecinos que arrima el hombro. Y esto no se da en todos los pueblos.
El caso de Segura es, en su contexto comarcal, singular. El precioso enclave paisajístico en que se yergue -acostado en las montañas de Traslasierra-, atrapa. También encandila, y mucho, que existan lugares cuasi sagrados como el Picute -donde espera a ser desenterrado un presumible castro-, los centenarios Castaños del Temblar, los espectaculares atardeceres desde el Mirador del Canchal de la Cigüeña, la esbelta torre-campanario exenta del templo parroquial de San Juan y erigida sobre un telúrico cancho granítico o, que no se olvide, el identitario Toro vetón. Además, las proximidades de la localidad están repletas de ecos de otros tiempos, como chozos de cabreros, lagares por doquier o el halo de la antigua ermita de Nuestra Señora de la Oliva.
Pero disponer de estos y otros recursos patrimoniales tampoco garantizan un pueblo vivo. Lo que verdaderamente subyace en el buen estado espiritual de Segura es la delicadeza con la que se cuidan fachadas de casas como la de Filín, la limpieza y uniformidad del empedrado de las calles, la entera predisposición de los gerentes del bar En ca Tarsia, el amor a su pueblo que desprenden personas como Begoña y todos los demás vecinos que tan pronto se visten de vetones en la jornada provincial que se celebra anualmente en Cáceres -Jato-, como se encargan de hacer la comida popular o ayudar a la organización de un evento como el Encuentro Vetón. No es de extrañar, por tanto, que Segura se esté convirtiendo en lugar elegido por jóvenes y no tan jóvenes que buscan nuevas aventuras rurales. Si la inercia de 2026 perdura en el tiempo, Segura es una apuesta segura. Gracias a quienes lo están haciendo posible.