Europa aprende de Iberia ante el cambio climático

Comparte el artículo:

Los mandatarios europeos están visitando Madrid y mirando hacia Lisboa ante las olas de calor. En Alemania, las vías férreas se dilatan, provocando retrasos y cancelaciones, mientras los tranvías de Lisboa funcionan a pleno rendimiento. En Francia, en solo una semana se han producido tantas muertes por golpe de calor como en España en todo el mes.

Si solo tuviéramos que explicarles la instalación de conductos de frío o de juntas de dilatación, sería sencillo, pero hay mucho más que enseñarles: los usos, costumbres y saberes de un pueblo que se ha adaptado con soluciones brillantes ante las temperaturas veraniegas que ha sufrido durante siglos.

Cuando enviaba estudiantes de España a Estados Unidos y llevaban un regalo tradicional a la familia anfitriona, quedaban asombrados ante el invento del botijo. Era mágico para ellos que conservara el agua fresca sin enchufe ni batería.

Los pueblos ibéricos se vieron forzados a desarrollar técnicas para conservar el frío del agua y de los alimentos mucho más complejas que las del resto de Europa. Si la península ibérica ha desarrollado la joya culinaria del embutido, mucho tiene que ver el ingenio de aljibes y despensas hechas con adobe. Solo barro y paja hacen un aislamiento térmico perfecto. A ello se le suma la cal, que refleja la luz y el calor solar, y que también elimina los parásitos de animales domésticos o los insectos que pudieran acercarse a la despensa. Las cerámicas portuguesas también consiguen reflexión solar.

Ilustración comparativa de alturas entre un parasol y la Torre Eiffel
Ilustración de Jesús Ángel Martín.

De nuestro pasado islámico heredamos las celosías. No es casual que su palabra en castellano tenga como raíz «celos». Los celosos musulmanes las añadían a sus viviendas para que la mujer pudiera ver el exterior, pero los hombres de la calle no pudieran verla a ella. Pronto serían copiadas con la misma función también en nuestros conventos. Son, además, un elemento arquitectónico que permite que no haya oscuridad, pero tampoco demasiada radiación solar.

Materiales sencillos, pero conocimientos ancestrales a punto de morir.

Las casas se diseñaron con un patio interior que queda sombreado; los pueblos, con entramados de calles estrechas donde predomina la sombra.

Los horarios se ajustaron para evitar las horas centrales de calor, con la siesta ibérica. Las horas de la noche se usan para el disfrute. No éramos vagos, no éramos crápulas nocturnos, como pensaban en el norte. Sus termómetros marcaron nuestras cifras y han comenzado a copiar nuestros horarios.

Pero esta forma de vida, estas tradiciones, perviven ya solo en nuestros pueblos. Construimos las grandes metrópolis ibéricas con el complejo de ser menos avanzados que Europa, al estilo Bauhaus. Quizá algún elemento en forma de celosía de cemento en un barrio obrero de España; quizá una fachada de azulejo sobre hormigón en algún edificio moderno de una ciudad portuguesa, pero ya ni el blanco predomina en nuestras ciudades. Abrazamos el diseño urbano de más allá de los Pirineos.

Al defenestrar nuestras tradiciones arquitectónicas, necesitamos, como ellos, añadir el aire acondicionado y la calefacción, con el gasto económico en energía que ello conlleva en una península donde no tenemos balsas de petróleo ni de gas. En mi casa veraniega, en la España vaciada, las gruesas paredes de adobe que se construían antaño proporcionan un aislamiento que no necesita de más. El adoquinado permeable del pueblo deja escapar la evaporación durante la noche, refrescando el ambiente. A pocos kilómetros de ahí, en la ciudad, mi piso de hormigón absorbe todo el calor del asfaltado, sin dar un respiro al sofoco ni siquiera por la noche.

En la rutina del pueblo, al mediodía el comercio se cierra; en la gran ciudad nada se para. Los climatizadores funcionan en los centros comerciales a gran potencia.

Quizá los emisarios políticos europeos no deben visitar tanto Madrid y Lisboa como nuestro mundo rural, porque enseñarles a pulsar la tecla «on» del aire acondicionado es muy sencillo y porque no resuelve el problema. Para reducir el calor, el aire acondicionado expulsa más calor a la calle. Para mitigar los efectos del cambio climático, encendemos climatizadores que emiten más CO₂: más leña al fuego.

Mientras tanto, en una villa del Alentejo una familia conversa tranquila en la sobremesa, en el patio de la casa, a diez o quince grados menos que en el exterior; a la vez, en una aldea del Campo Charro, un niño bebe de un botijo puesto al sol todo el día un agua refrescante y toma un gazpacho hecho con las hortalizas del huerto familiar, con una carga vitamínica para soportar las radiaciones solares.

Sin tener que enchufar un aire acondicionado, sin tener que encender una nevera, sin tener que encender una central térmica que caliente más el planeta.

Una de las empresas tecnológicas más innovadoras de Estados Unidos, fundada en California, antiguo México, antiguo virreinato de España, ha tomado su nombre de una de las mejores invenciones que allí dejamos: Adobe.

Barro secado al sol, el material que Dios escogió para hacer al hombre. ¿Cuál puede ser mejor materia prima?

Andrés Hernández López