Andorra, “hija” de Carlomagno, es Europa

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Existe un antiguo dicho que es “hacer el andorrano”, que define a alguien que aparenta no entender algo, que se desentiende de una situación o finge ignorancia para evitar dar explicaciones o asumir responsabilidades. Desde hace muchos años, los políticos de derechas que han gobernado el Principado se han dedicado, sistemáticamente, a “hacer el andorrano”.

Niegan una evidencia geopolítica que, a estas alturas, es innegable e irreversible: Andorra es Europa y su destino histórico es formar parte de la Unión Europea (UE). Resulta paradójico que, mientras hay una larga lista de países que hacen cola y suspiran por poder entrar algún día en la UE —como Albania, Montenegro, Moldavia, Macedonia del Norte, Bosnia y Herzegovina, Kosovo o Ucrania— la clase política andorrana se haya limitado a negociar un acuerdo de asociación que, de momento, está parado a las puertas del Consejo Europeo y que, en cualquier caso, aún tardará años en entrar plenamente en vigor.

Además, la nefasta política de comunicación del Gobierno de Xavier Espot ha convertido este proyecto de acuerdo de asociación con la UE en un tema “borroso” que escapa al conocimiento preciso de la población y que provoca un rechazo epidérmico en buena parte de la gente de la calle. La promesa de celebrar un referéndum de validación queda supeditada a la aprobación previa del Consejo Europeo y del Parlamento Europeo y se solapa con el proceso electoral que ya se ha puesto en marcha en el país, con las elecciones generales previstas para la primavera del año próximo. Por consiguiente, su celebración es una incógnita.

Después de siete años de Gobierno, Xavier Espot y el partido DA están “quemados” ante la opinión pública. En este contexto, la celebración de un referéndum sobre el acuerdo de asociación con la UE puede ser aprovechada por los andorranos para expresar el gran malestar social existente y convertirse en una enmienda a la totalidad de la labor gubernamental, más que en un rechazo explícito al necesario encaje del Principado en Europa.

Andorra es un país de tabúes. Lo son el aborto y la eutanasia, que están prohibidos y penalizados por presión directa del Vaticano, que ejerce su potestad sobre el Estado a través del copríncipe episcopal de la Seu d’Urgell. La República de San Marino, con quien Andorra comparte el tortuoso proceso de asociación con la UE, aprobó en referéndum el derecho de las mujeres al aborto y ahora está tramitando una ley para proteger el derecho de las personas a una muerte digna.

Pero también es un tabú la adhesión de Andorra a la UE. No hay ningún partido político que se atreva a verbalizar e impulsar esta opción, por otra parte, totalmente obvia. A causa de su aislacionismo, el Principado no forma parte del Tratado de Schengen y eso hace que las fronteras con Francia y España sean, en realidad, un muro que separa Andorra del resto del continente.

La negativa a entrar en la UE comporta que las aduanas de la Farga de Moles y del Pas de la Casa sean los únicos obstáculos para transitar libremente de un extremo a otro de Europa. Los tiempos han cambiado y hoy el “comercio de contrabando” (de mercancías o de dinero) ha dejado de ser el motor económico de Andorra, que vive fundamentalmente del turismo y del esquí. Por poner un ejemplo: la gasolina es más cara en el Principado que en España.

Los catalanes de derechas siempre han visto en Andorra su “Shangri La” soñado: el catalán es el idioma oficial, hay un régimen fiscal muy ventajoso para los ricos, la inmigración está controlada y restringida con mano de hierro, el reagrupamiento familiar está prohibido, la clase trabajadora es obligatoriamente sumisa ante la falta de derechos laborales (“si no estás contento, vete”) y sin subsidio de desempleo, la especulación inmobiliaria campa a sus anchas… Por eso, los Pujol tenían escondido aquí el “tesoro” de su rapiña.

 En la práctica, existe un régimen de apartheid político que impide a la gran mayoría de la población participar en las elecciones. Solo la minoría que tiene la nacionalidad andorrana —su acceso es muy restringido y la doble nacionalidad está prohibida— puede escoger a sus representantes y ocupar cargos en la administración pública. El ideario de Vox y de Aliança Catalana tiene su plasmación en la Andorra de hoy, aunque sus ciudadanos no sean conscientes de que viven bajo un régimen de extrema derecha.

Por eso, las libertades y los derechos que implica formar parte de la Unión Europea provocan urticaria a los andorranos “pata negra” que controlan, desde hace siglos, el país y que tratan a la mayoría trabajadora e inmigrante como carne de cañón. No quieren ni oír hablar de la adhesión al proyecto comunitario y valoran mucho recelo al acuerdo de asociación.

 Andorra es independiente -forma parte de las Naciones Unidas-, pero es totalmente dependiente del exterior. Debe importar la energía eléctrica, debe importar los alimentos, debe exportar los residuos a Cataluña, debe importar mano de obra para construir pisos y casas que después comprarán fugitivos fiscales de otros países y reza cada año a la Virgen de Meritxell para que nieve en invierno (¡ay, el cambio climático!) y así poder atraer a los esquiadores europeos y hacer caja.

Dice la tradición que el rey Carlomagno liberó estos valles pirenaicos del dominio musulmán y él es el protagonista a quien está dedicado el himno nacional andorrano. No hay nadie más europeo que Carlomagno, pero su “hija” Andorra se niega a participar en el proyecto común de construcción de la UE. A día de hoy, y a la espera de que algún día se acabe aprobando y aplicando el acuerdo de asociación, el único vínculo de Andorra con las instituciones europeas es un viejo acuerdo aduanero del año 1991. Aberrante.

Andorra debe dejar de “hacer el andorrano” e integrarse plenamente en la gran familia europea. Con sus 90.000 habitantes, el país ejerce, por peso demográfico y económico, la capitalidad del Pirineo. ¿Qué líder político tendrá la valentía de “salir del armario” y guiar el Principado hacia el siglo XXI, sin tabúes ni copríncipes?

Jaume Reixach