El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha protagonizado un acto cargado de simbolismo en el Campo de Gibraltar, donde ha celebrado el desmantelamiento de la icónica Verja tras el acuerdo transitorio entre la Unión Europea y el Reino Unido. Un día antes se desmanteló el lado británico. Esta vez le tocaba al lado español. Dos grúas de la empresa pública Tragsa han procedido a arrancar los viejos herrajes bajo un calor asfixiante, un momento que el líder del Ejecutivo ha calificado como el fin de «una herida de tres siglos» y el nacimiento de una etapa histórica de prosperidad compartida para toda la comarca.
No obstante, los operarios han aclarado que esta retirada ha afectado únicamente a las verjas situadas en el paso de peatones, eliminando de este modo los obstáculos físicos para la libre circulación de personas a través del acceso oficial. En el resto del perímetro -del lado gibraltareño- las vallas se han estado modernizando activamente y han proyectado estructuras aún más importantes y seguras. Así, la agilización aduanera en la entrada de viajeros ha convivido con el reforzamiento técnico del resto del trazado divisorio.
La comitiva gubernamental, que ha contado también con la presencia del ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, el ministro español de Exteriores, Albares, y la presidenta de la Mancomunidad, Susana Pérez Custodio, ha recibido tanto entusiastas aplausos como algunos abucheos por parte de curiosos y turistas. Durante su alocución, Pedro Sánchez ha insistido en que este paso adelante ha buscado proteger prioritariamente los derechos sociales de los trabajadores transfronterizos y abrir el aeropuerto al uso civil compartido, consolidando un nuevo ecosistema de cooperación económica regional.

Este histórico paso fronterizo, hoy reformulado por la diplomacia moderna, ha estado íntimamente ligado desde el siglo XIX a los anhelos del iberismo, aquel movimiento político que siempre vio en la península ibérica una unidad geográfica y social fraterna. Lejos de ser un mero puesto militar colonial británico, el Peñón de Gibraltar y la propia capital británica se convirtieron en las plataformas logísticas e ideológicas clave desde las cuales los liberales exiliados intentaron proyectar la unificación de España y Portugal.
Para los pensadores iberistas de la época, contemporizar con las autoridades de Londres y Gibraltar resultaba un paso imprescindible para neutralizar la hostilidad inglesa y facilitar una aproximación real con el reino luso. Figuras fundamentales del liberalismo iberista como el periodista y político Andrés Borrego encontraron en el Peñón un valioso territorio de refugio y debate doctrinal, mientras que militares audaces como el general José María Torrijos utilizaron la colonia británica directamente como base de operaciones y plataforma de invasión militar para intentar derrocar el absolutismo en la península.
La dimensión portuguesa en esta ecuación se manifestó históricamente a través de intensos lazos demográficos y comerciales que convirtieron a los inmigrantes lusos en un pilar esencial de la identidad llanita tras la toma anglo-holandesa de 1704. Conectados mediante rutas marítimas regulares que unían Lisboa y los puertos del Algarve con el Peñón, Portugal suministró recursos agrícolas vitales a la colonia británica, tejiendo una red de intercambios humanos que demostró, mucho antes de los tratados modernos, la interdependencia natural de toda la geografía peninsular.
En definitiva, la supresión de los obstáculos peatonales evoca, en clave contemporánea, aquel viejo ideal de los pioneros del iberismo que aspiraban a disolver las fronteras artificiales del sur de Europa. Al conectar la memoria del exilio de Torrijos o las tesis de Andrés Borrego con las de la integración transfronteriza del siglo XXI, el estrecho de Gibraltar se consolida no como un foso de separación, sino como el nexo integrador donde las soberanías nacionales dialogan para construir un destino común peninsular. Andorra queda como asignatura pendiente.


