Escribo estas líneas desde una cafetería de la Rambla de Sabadell el día después de que la selección española de fútbol masculino haya ganado el Mundial de Estados Unidos-México-Canadá. Diviso a través del cristal un edificio en el que destacan dos balcones: uno decorado con la bandera de España y otro con la estelada catalana. Esa es la normalidad en muchas ciudades de Cataluña -no en los pueblos, donde apenas afloran las españolas- desde hace mucho tiempo, al menos desde que yo llevo viniendo a esta tierra con relativa asiduidad ha casi veinte años. No me llamaría la atención, pues, si no fuera porque esa bandera española no estaba ahí colocada hace un par de días, sí la catalana. ¿Qué ha pasado? ¿Inquilinos nuevos? No creo. La respuesta parece obvia.
Pero, ¿debemos interpretar políticamente la nueva decoración del balcón susodicho o únicamente es consecuencia de la victoria de la selección favorita de los que ahí residen? El caso es que estos días han sido muchas las personas que se han paseado por esta ciudad con camisetas y banderas de España. El fútbol mueve masas. Me consta que hay sabadellenses aficionados a la selección que son de ideología nacionalista catalana, por lo que traducir automáticamente la explosión de españolismo futbolístico por españolismo político puede inducir a error. No obstante, a nadie se le escapa que el fútbol tiene mucho de sentimental y que un porcentaje muy alto de aquellas personas que se emocionan con la Roja están alejados de las tesis nacionalistas catalanas. Doy por supuesto que entre tanto aficionado hay también muchos afines al nacionalismo español, si bien me surge la pregunta de cuántas personas saben realmente lo que encierra el significado del nacionalismo como teoría política, el de los unos y el de los otros. Todos los nacionalistas, por cierto, creen que, si no se comulga con su nacionalismo, es que eres del otro. No obstante, y afortunadamente, existen muchas personas alejadas de las creencias esencialistas en las que se basan los nacionalismos.
Pese a la aparente normalidad de las manifestaciones públicas de españolismo en determinadas ciudades en Cataluña, no hay que llevarse a engaño. Lo que impera sociológicamente en esta tierra es el nacionalismo catalán y hay mucha gente que no se atreve a manifestar lo contrario si no en momentos como el recién pasado y bajo el paraguas, en este caso, del fútbol. E incluso en estos contextos puntuales es notoria la animadversión por parte de sectores del nacionalismo más intransigente. Lo digo con conocimiento de causa, pues estos días he escuchado comentarios y he visto caras incómodas entre quienes no ven con buenos ojos tanto aficionado a la selección en Sabadell. Lo mismo ha debido ocurrir en otras ciudades catalanas donde se ha permitido visualizar la semifinal y la final en pantalla pública.
Sea el porcentaje que sea de nacionalistas de uno u otro color, la realidad es que coexisten en Cataluña y, como dejó dicho Ortega, creo que no hay otra que el aprender a conllevarse. Me lleva esto a la comparación -salvando las enormes distancias- con lo que acontecía en el solar ibérico en la Edad Media: eso que ahora es conocido como las tres culturas (y que ya he dicho en otra parte que debería denominarse las tres religiones). Alfonso X recogía en las Partidas -siglo XIII- que consiente vivir en Castilla a los judíos y a los musulmanes, pero, obviamente, no son iguales ni ante la Ley ni ante Dios. Eso es lo que parece ocurrir en Cataluña. Todos caben, faltaría más, aunque el discurso que se imponga sea el que omite la palabra España en los museos si no es para remarcar una idea negativa de la misma. Ojo, tal como pasa igualmente en otras partes de España donde predomina el discurso de la pretendida nación más antigua del mundo, el de la Reconquista, el del nosotros los cristianos y ellos los musulmanes, el de no recuperar los cuerpos de las cunetas. No parece que en los próximos años vaya a cambiar mucho la cosa, más bien al contrario.
Ojalá que cuando pase la euforia del Mundial se retiren las banderas de España de los balcones y se redecoren con macetas y flores. Ojalá ocurra lo mismo allá donde hay esteladas. Ojalá que unos no quieran imponerse a los otros.
Juan Rebollo Bote

