«Latinoamérica es como el manicomio de Europa», escribió Roberto Bolaño. No lo comparto, pero llevamos unos días albicelestes que bien merecen un gran diván colectivo para analizar a fondo el bilardismo, la picaresca y la viveza criolla. No seamos pesimistas: no todo es división entre hermanos. Paradójicamente, a pesar de Argentina y gracias a ella, se han fortalecido los lazos entre el resto de iberoamericanos. México, Brasil y España han estrechado sus vínculos de forma espectacular.
Para comprender el malestar creciente hacia la narrativa del fútbol argentino actual, conviene analizar cómo ha evolucionado la cultura deportiva global. Mientras en la sociedad internacional contemporánea la picaresca como modelo de éxito pierde vigencia —entendiéndose que lo tramposo jamás resulta pedagógico—, en ciertos discursos futbolísticos parece perpetuarse la idea de que engañar al árbitro, recurrir a la violencia verbal o rozar la agresión física es síntoma de astucia.
Es cierto que en momentos históricos concretos, impregnados de un alto componente geopolítico, ciertos episodios se interpretaron bajo un prisma singular, como la célebre «mano de Dios» de Diego Armando Maradona tras el conflicto de las Malvinas. Sin embargo, elevar la trampa a la categoría de virtud moral resulta insostenible en el deporte moderno. Frente a la apología de la incorrección o la insubordinación, el modelo que se ha consolidado a nivel global premia la deportividad, el respeto y la formación de base; no todo vale para avanzar de ronda, ni en el terreno de juego ni fuera de él. Es mejor perder limpio que ganar sucio. Si ganas bonito y limpio, serás admirado por todo el mundo. Las escuelas nacionales de fútbol deben alimentarse desde lo popular, pero no desde los márgenes maliciosos de determinadas calles.
El choque cultural derivado de las celebraciones y los cánticos en torneos internacionales ha puesto sobre la mesa cuestiones de mayor calado, como la madurez del debate sobre el racismo y la autopercepción de la identidad en el Sur del continente americano. En comparación con sociedades con fuerte presencia afrodescendiente como la brasileña, el debate sobre el racismo en Argentina evidencia un recorrido pendiente. No es la sociedad más racista ni lo pudiera ser, pero tiene que trabajar y mejorar su lenguaje en situaciones interculturales. La ausencia de una vivencia multiétnica más pareja ha llevado a que, en ocasiones, expresiones profundamente ofensivas se banalicen bajo el cómodo paraguas de la folklorización del fútbol o la incorrección política, olvidando que el respeto básico a la dignidad ajena no es negociable en una arena globalizada. Por ejemplo, los gestos de hacer el mono o llamar «mono», aunque haya expresiones coloquiales tradicionales. En España, también ha pasado, pero ha habido más debate y hay más contrapesos críticos a los nacionalismos patrios y a las generalizaciones xenófobas por origen. Dicho esto, hay que rechazar los ataques del identitarismo decolonial a la identidad argentina.
Paralelamente, se reabre la histórica discusión sobre la identidad porteña: la de un pueblo con profundas raíces de emigración europea que, a menudo, parece atrapado en una encrucijada identitaria, distante tanto de la mirada europea como de la integración real con sus vecinos latinoamericanos. La verdadera riqueza cultural de la región pasa por asumir plenamente las raíces mestizas e hispano-indígenas que la articulan, superando la tentación de mirarse en espejos distorsionados o en modelos que ya no responden a la realidad social. En Argentina, existió durante demasiado tiempo la mala costumbre de infravalorar al pequeño comerciante gallego, quizás por no ser tan oportunista como el criollo o por tener menos cultura urbana. Algo así también existió en Brasil con los portugueses. De ahí la fama de los ibéricos como «bobos» o «tontos», que ha sido recuperada en las redes sociales.
Uno de los fenómenos más preocupantes de las dinámicas recientes es la transformación del entusiasmo deportivo en un nacionalismo reactivo y defensivo. La narrativa de que el mundo entero conspira contra un equipo o una nación, un victimismo que evoca viejos aislamientos políticos del pasado, produce el efecto opuesto al deseado: en lugar de generar simpatía, proyecta una imagen de soberbia y confrontación que desgasta la imagen internacional del país. El pique entre aficiones debió haber terminado con el partido. Yo mismo tenía mis memes para irritar -con poca eficacia- de Américo Castro y Carlota Joaquina, pero desconocía que el algoritmo iba a potenciar la aplicación de una pequeña dosis de su medicina: el troleo argentino aplicado a la hinchada argentina nos acercó irresponsablemente al fin del mundo.
El nacionalismo futbolero cruza una línea peligrosa cuando roza el autoritarismo social al coaccionar la libertad de simpatizar con otros equipos, hostigar al que porta una camiseta diferente o generar una polarización absurda donde el rechazo hacia una selección se convierte en xenofobia reactiva, algo bastante común en el tipo de nacionalismo intralatinoamericano. El daño reputacional a la marca país es innegable. Cuando el comportamiento de una hinchada o la actitud institucional se perciben como provocación constante, el desgaste diplomático y social supera con creces cualquier trofeo levantado sobre el césped.
Latinoamérica y el ámbito iberoamericano necesitan una Argentina fuerte, integrada y respetada. La verdadera integración regional y la consolidación de un poder blando en la región requieren liderazgos basados en el prestigio, el respeto mutuo y la diplomacia deportiva, alejándose de estériles batallas que solo generan aislamiento respecto a sus países vecinos. No se trata exactamente de domesticar, civilizar o domar al hincha argentino. Simplemente se trata de secularizar un poco a la sociedad argentina del fanatismo de un fútbol que es más propio de los años ochenta. Del par de veces que estuve en Buenos Aires, pude comprobar -en sus calles- que el estereotipo del argentino cansino es falso en circunstancias cotidianas. Nos parece gracioso hasta que nos satura en un contexto de bipolaridad, como el fútbol o la política. El dramatismo italo-criollo va por caminos distintos al español. Quizá en el carácter vencieron los italianos, pero en la lengua se mantuvo del lado del tronco español, a pesar de todas las alarmas.
Para desactivar una espiral de animadversión que a nada bueno conduce, resulta urgente hacer una pausa y permitir que se imponga el sentido común. Con prudencia, una estrategia de comunicación más madura y una dosis de educación protocolaria, la sociedad argentina se ahorraría la mitad de sus desacuerdos internacionales y reconstruiría los puentes dañados en los últimos tiempos. Conviene quedarse con los gestos de caballerosidad deportiva que aún perduran, como el de Flaco López, jugador argentino que sí miró de frente a la selección ganadora. Con gestos como ese y el de tantas familias y amistades hispano-argentinas podremos transitar un verdadero camino de regreso a la cordura.
Pablo González Velasco


