Uno por otro y la casa sin barrer. Este dicho se ajusta perfectamente al estado en que se encuentra uno de los corredores culturales más importantes de la península Ibérica: la Vía de la Plata. Pese a lo mucho que se ha hecho en las últimas tres décadas -hoy todo el mundo reconoce el nombre, aunque solo sea por corresponder al de la Autovía A-66-, la revalorización del histórico itinerario en sentido social, cultural y económico dista bastante de lo deseable. Por su relevancia geohistórica y estratégica, debería ejercer de eje patrimonial, pecuario, espiritual, comercial, turístico o ferroviario de primer orden y, sin embargo, yace adormecido a la espera de una apuesta unitaria y decisiva que trascienda el parcheo de sesgados intereses al que se ha visto sometida puntualmente. No hay una única causa ante la poca consideración -en términos generales- que se ha cernido y aún se cierne sobre ella, si bien la multiplicidad de variables y de interpretaciones sobre su condición pasada, presente y futura está detrás de mucha de la problemática y falta de solución.
De un lado tenemos la disyuntiva nominativa. Si bien nadie cuestiona el apelativo de la Plata -otra cosa sería su origen y significado-, no ocurre lo mismo con la primera parte de la locución: calzada, ruta, cañada, camino, corredor, vía, etc. El tema no es baladí, pues en función del que se escoja se abren matices que reorientan significativamente la definición. Así, por calzada de la Plata suele entenderse la noción romana de la misma y, en consecuencia, con su principio en Mérida y final en Astorga; mientras que por ruta se extiende su concepto a Sevilla por el sur y Gijón por el norte, sobrepasando por ello su noción estrictamente romana y asociándose en la contemporaneidad a la comunicación por carretera o por vía férrea; cañada, la real de la Plata o Vizana, se ajusta al elemento pastoril y trashumante, pero coincide con la calzada romana solo en parte; camino recoge todo el sentido histórico y geográfico, si bien ha quedado hoy muy circunscrito a la idea de la peregrinación santiaguista; el concepto de corredor, por su parte, es amplio, abarcando pueblos y ciudades próximas al eje que trazaron los romanos, pero no sobre él; vía de la Plata, por fin, se tiene por sinónimo de la bimilenaria calzada y es el nombre generalmente más utilizado, aunque en ocasiones se entremezcla con el de ruta y recientemente también se ha desdoblado en la vía verde que transita por el antiguo trazado del ferrocarril.
Toda esta variedad terminológica y conceptual -y alguna más no señalada- ha dado lugar consecuentemente a diversas formas de entender aquella columna estructuradora del oeste español y ha generado multitud de espacios asociativos y entes institucionales y empresariales según perspectivas e intereses concretos. Así, hubo cierta empresa de autobuses cuyo interés radicaba en la conexión por carretera entre Andalucía y Asturias y promocionó con éxito la Ruta de la Plata. Asturias entra, pues, en la ecuación rutaplatera. Por el contrario, si de lo que se trata es de poner al peregrino y a Santiago como objetivos prioritarios, se usa Camino de la Plata, y Galicia se convierte en actor principal. En este último caso, además, surgen otras ramificaciones camineras según se añadan otros actores territoriales, como los Grupos de Acción Local/Comarcal que, apoyados en la Vía de la Plata, generan nuevos proyectos que redireccionan los itinerarios -véanse los Caminos Mozárabe, de la Estrella o Sanabrés, entre otros-. Lógicamente, cada renombrado proyecto refuerza sus puntos clave y, en función de sus recursos, crea nuevo contenido -material publicitario, redes sociales, páginas web, etc.- que enmaraña la cuestión. Y surgen, por supuesto, fricciones entre espacios asociativos y equipos impulsores de cada idea.

Juan Rebollo Bote
Lusitaniae – Guías-Historiadores