Todos los estrechos son espacios dotados de personalidad propia. Comparten entre sí ser límites de mundos diversos. La geografía manda en ellos sobre cualquier otra consideración. Pero también en ellos hay algo de irreal. El de Gibraltar separa el continente europeo del africano, dicta el mandato geográfico, pero también la historia. Allá se concitan tensiones acumuladas geológica y humanamente. Tuve la oportunidad de vivirlas en los años ochenta, en que viví en Tarifa. Tánger desde mi ventana estaba tan lejos –las brumas impedían su vista– como tan cerca –los días diáfanos parecía que ibas a tocar la ciudad africana con solo alargar la mano. En aquel tiempo yo no tenía ni idea de la existencia frente a mi ventana de la isla de Perejil, un diminuto peñón de propiedad española. Sólo tuve conciencia de ello, como el resto de los españoles, cuando en 2002, casi entran en guerra España y Marruecos por su posesión. A la sazón yo estaba en Arcila, en la costa atlántica marroquí, y fui, junto a mi familia, de los últimos pasajeros en coger el ferry antes de que se cerrase la frontera en el puerto de Tánger. He vivido, pues, el estrecho de Gibraltar, con sus tempestades –a veces insoportables– y sus tensiones, muchas veces prescindibles.
Una de ellas es la de Gibraltar, un enclave colonial británico desde 1704, que fue perdido, y cedido de manera vergonzante por los Borbones en la Guerra de Sucesión, y que, al contrario de Menorca, que fue restituida, nunca se consiguió su vuelta a su estado anterior de manera natural. No creo que sea una cuestión militar solamente, sino de egolatrías nacionales trufadas de tensiones geopolíticas derivadas de la rivalidad de los colonialismos al alza, entre una potencia en ascenso, Gran Bretaña, y otra en descenso, España.
Adolfo de Castro y Rossi (1823-1898), historiador gaditano, hombre liberal, en su Historia de Cádiz y su provincia (1858) narró el dolor de quienes perdieron el enclave. Con natural amor patrio, propio de su tiempo, escribió:
“Los vecinos de Gibraltar no quisieron ser extranjeros en la ciudad donde habían nacido, y casi todos salieron de ella para siempre. En su mayor parte para no agraviar la fidelidad que conservaban en sus pechos á las ruinas de su patria, se refugiaron en Algeciras y poblaciones comarcanas, llevando consigo el honor de la defensa, el honor de la retirada y el honor de la desdicha, nunca más honrada que cuando la dignidad la sigue, después que la dignidad la ha precedido”.
Los primitivos gibraltareños, que resistieron la conquista sin apenas medios, se refugiaron en la localidad de San Roque. Contó asimismo Castro algunos de los intentos de reconquista por parte española, todos tan épicos como infructuosos. Con la natural brutalidad militar británica la colonia se mantuvo en manos anglosajonas hasta el día de hoy, como una base militar en esencia, y una población discreta, suministradora de vituallas, y cada más acuciada por la falta de espacio y perspectivas que le pueda ofrecer la metrópoli colonial, ahora ella misma en caída libre.
En la primera historia de Andalucía, de Joaquín Guichot y Parody (1820-1906), de orígenes franco-italianos, iniciada en 1869, el tema de Gibraltar no toma tintes regionales. A Guichot le cuesta trabajo desprender los hechos del marco español, como en general toda su historia regional. Tras el fracaso del Gran Asedio de 1779-83, supremo esfuerzo por lograr la rendición del Peñón, sitúa así el problema: “España perdió Gibraltar, y Andalucía siguió teniendo el triste privilegio de mantener sobre su suelo una nueva raza extranjera […] La política colonial continuaba sobreponiéndose a la continental”. No obstante, Guichot debía en su fuero interno estarle agradecido a Gibraltar, porque su familia, liberal, cuando era niño, tuvo que refugiarse en la colonia británica, huyendo de la asonada absolutista de 1823 que llevó al ejército de los Cien Hijos de San Luis a Cádiz.
Con estos antecedentes, qué actitud mantuvieron los regionalistas andaluces ante el asunto gibraltareño. En íntima relación con el período posterior a la I Guerra Mundial, y la redefinición subsiguiente del espacio europeo, los regionalistas andaluces, un grupo reducido de intelectuales sin base social, se pronunciarán en términos anticoloniales frente a los avances del imperialismo británico, tanto en las cuencas mineras (Huelva, ocupada por las compañías mineras inglesas), como en el histórico contencioso de Gibraltar. El periodista José Andrés Vázquez, según recordó hace veinte años el profesor Juan Antonio Lacomba, dio una conferencia el 27 de noviembre de 1918 en el Centro Regionalista de Sevilla, en la que dijo apelando a la razón y a la convicción humanística: “Inglaterra es incapaz de negar su personalidad histórica, porque respeta y ama la libertad y la justicia. En esta certidumbre hemos de fundar el templo de nuestras esperanzas de reivindicación”. A lo que en la introducción de la publicación de la conferencia apostilló Blas Infante, el más significado líder andalucista: “Andalucía pide la integración de su territorio, por la devolución de Gibraltar, para poder formar integralmente en el concierto de las nacionalidades libres de la península; en los Estados Unidos de Iberia, cuyo espíritu nuevo se afirma ya”.
Blas Infante Pérez (1885-1936), humanista y partidario del diálogo internacional representado por la Sociedad de Naciones, quiso desmilitarizar la cuestión gibraltareña, y quitarle la espoleta al ineficaz nacionalismo español. De alguna manera su alternativa, frente al fracaso militar, coincide con la política actual, al resituar a Gibraltar en el cuadro del regionalismo ibérico. Para el líder del andalucismo histórico, Gibraltar -a falta de confrontación militar abierta- caería por su propio peso reincorporándose a la región andaluza, pasando de ser un gueto colonial a una ciudad internacionalizada. Quizás el modelo lo ofrecía en el otro lado del estrecho Tánger, que mantenía un difícil equilibrio a partir de 1923 entre diferentes potencias hasta que se incorporó plenamente a Marruecos con la independencia de 1956.
En esto llegó Franco, y fusiló a Blas Infante. El dictador sanguinario siguiendo una política nada rentable, que obviaba todo este pacifismo anterior, pretendió asfixiar a la colonia. Instalando literalmente refinerías y fábricas en su entorno, que trasladaban su carga pestífera con los vientos al peñón. Y levantando un muro infranqueable, llamado la “verja”, desde 1969. Sin embargo, los británicos ya se habían apropiado del terreno cedido por España para atender cuestiones humanitarias derivadas de una epidemia, e incluso pretendían invadir el espacio aéreo español para realizar sus aterrizajes en su ilegal aeropuerto. Sobrevivían, y nada mal, gracias al propio Franco.
No obstante, existían interesantes excepciones en pleno franquismo. Mi amiga María Antonia Hidalgo me cuenta cómo su padre, Pedro Hidalgo Martín, alcalde de San Roque, fue a defender en 1964 la españolidad de Gibraltar a la ONU, representando los derechos históricos de España:
“El discurso de mi padre fue toda una proeza, ya que le «perdieron» los papeles al llegar a Nueva York, menos mal que lo tenía aprendido de memoria. Él estudió inglés con un magnetofón, precisamente para valerse por sí mismo sin necesidad de ser traducido. Al sonido de las teclas del cassette y mi padre repitiendo en inglés «justicie», «The decolonization of Gibraltar is a matter of justice», a ese recuerdo, como acto voluntario que siempre vuelve al momento presente. Su discurso se centraba en la legítima soberanía española sobre Gibraltar y el impacto intrusivo colonial en la zona. El tono fue muy reivindicativo, articulado en torno a la unidad de la propia comarca, de sus habitantes: «Una decisión cualquiera que afecte a Gibraltar y en la que se prescinda del Campo de Gibraltar, al que el Peñón está unido geográfica, demográfica y económicamente, es una monstruosidad y un crimen contra el sentido común». Sus palabras llegaron lejos”.
Con el advenimiento de la democracia, a pesar de las reivindicaciones de Pedro, alcalde muy querido en San Roque, el asunto no mejoró. Los regionalistas andaluces, resurgidos con la restauración democrática, continuaron pretendiendo que Gibraltar se restituyera a la región de Andalucía. No lo planearon, una vez más, siguiendo las enseñanzas de Infante, en términos de españolidad, sino de regionalidad. La prueba fue Patricio González, alcalde andalucista de Algeciras durante doce años, que promovió políticas de buena vecindad, aunque en algún momento hubo de adoptar medidas más contundentes como denunciar a Gibraltar por la presencia de submarinos nucleares. Es cierto, no obstante, que los andalucistas en general no fueron muy combativos en este dominio.
Ni siquiera el régimen autonómico andaluz, gestionado por muchos lustros por los socialistas, mucho más generoso política, social y culturalmente con Gibraltar que la condición de subordinada colonia británica de esta, atrajo mucho a los “llanitos”, popular manera de nombrar a la población gibraltareña. En aquellos tiempos, yo visitaba el Peñón, a la búsqueda de mantequilla y otros productos que contrabandeaban en sus almacenes los llanitos. Veía sucursales de bancos como el BBV Limited y otros bancos españoles. Y me hacía cargo de la complicidad en el negocio del blanqueo de dinero. La ilegalidad funcionaba, y los monos de Gibraltar, acompañando en la trastienda a aquel discurso pragmático, de nulos resultados, seguían siendo extremadamente agresivos, quizás como un signo de los tiempos.
Llegado a este punto en mi memoria, en el que los estrechos suscitan imágenes extrañas, conservo aquel fanzine que el poeta Juan de Loxa hizo en la Granada de los setenta que se llamaba El Despeñaperro andaluz, la otra frontera andaluza. Era una apuesta entre el pop y un surrealismo que recordaba en parte al “Perro andaluz” de Buñuel. Si pienso en Despeñaperros andaluz debo pensar de manera automática en Gibraltar andalú, suprimiendo la z para adecuarnos a la variedad dialectal llanito-gaditana.
Ahora con la demolición de la verja se abre un capítulo más diáfano. La población del Campo de Gibraltar podrá circular libremente por el Peñón, y los gibraltareños por Andalucía, lo cual no es ninguna novedad, ya que lo hacían antes, expandiéndose por las localidades de las costa gaditana y malagueña. Hace poco pude comprobarlo en Vejer de la Frontera, distante de Gibraltar unos noventa kilómetros, y donde habité en los ochenta, época en la cual lo más extranjero que había en el lugar allí era yo. Ahora es un hervidero de gibraltareños, que van allí a desahogarse.
Por una simple ecuación demográfica los acuerdos actuales, si perduran, es el principio del fin de la excepcionalidad gibraltareña. Suele ser la ley de la Historia. A Gran Bretaña le han salido muy mal las cosas tras el Brexit, y tiene que vérselas con la Unión Europea ni con España. Volver al redil no siempre es señal de derrota sino de inteligencia. Y bajar la guardia lo es de humanidad, como veía Blas Infante, el histórico andalucista e iberista. Pero también podríamos volver hacia atrás, si el colonialismo británico, aún vivo y coleando, no cede activos, como hizo en Hong Kong, al calor del nuevo mundo multipolar. Confiemos que Gibraltar, con su especificidad, se integre en el mundo circundante, andaluz e ibérico.
José Antonio González Alcantud

