Cuando en el año 2021 salimos de la traumática experiencia de la pandemia de la covid —15 millones de muertos en todo el mundo, 140.000 en España— y después de pasar por el trance del confinamiento domiciliario, nos conjuramos para que todo sería diferente y que, desde entonces, viviríamos de manera más solidaria, prestando más atención los unos a los otros. La realidad nos ha enseñado que aquella buena voluntad comunitaria se desvaneció enseguida.
La civilización tóxica creada por la explosión de las redes “sociales” y, en especial, las guerras criminales lideradas por tres personajes nefastos —Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamin Netanyahu— han empeorado la situación en los últimos cinco años y han llevado el planeta al borde del apocalipsis nuclear. En este período también han triunfado empresarios con proyectos tecnofeudales totalitarios, como Peter Thiel, Alex Karp o Elon Musk, que conspiran para convertir el Mundo en una prisión, siendo ellos los riquísimos carceleros.
Y he aquí que, en este contexto sombrío y con las fuerzas de ultraderecha creciendo en todos los países occidentales, el Universo nos ha regalado este 12 de agosto el maravilloso espectáculo de un eclipse solar. De repente, todos hemos mirado al cielo y hemos podido constatar y tomar conciencia de la inmensidad de nuestra bóveda y, en consecuencia, de la ridícula pequeñez de nuestra ajetreada realidad cotidiana.
Hace más de 500 años que el astrónomo Copérnico sentenció que la Tierra no era el centro del Universo y que nuestro planeta orbitaba alrededor del Sol. Pero parece que este descubrimiento trascendental no ha tenido ningún impacto sobre la humanidad, ni antes ni ahora. Los humanos seguimos comportándonos con soberbia, violencia, codicia y egoísmo, como si fuéramos los “reyes de la creación”, negándonos a admitir que solo somos una mota insignificante de la Vía Láctea ¡una de las dos billones de galaxias que se calcula que existen en el Universo!
El eclipse debería servir como terapia de choque, para hacernos entender que los humanos somos pésimos habitantes de este infinito y misterioso envoltorio cósmico. Guerras, genocidios, hambre, epidemias mortíferas como el Ébola, desigualdades, desesperación, disputas por las fronteras, migraciones forzadas, odio político o étnico… han convertido el Mundo en un infierno caótico e inhabitable.
No es cuestión de creer en Dios o de seguir esta o aquella religión. El eclipse, en su contundente y mágica belleza, nos ha demostrado que existe una realidad que trasciende nuestra existencia en la Tierra. Los humanos formamos parte y somos tributarios de un orden universal que ha permitido la creación de la vida y nuestra supervivencia en este planeta del sistema solar ¡una de las 200.000 millones de estrellas que hay en nuestra galaxia!
Somos tan pequeños, tan pequeños, que deberíamos dar gracias cada día al Universo por poder respirar y alimentarnos, y deberíamos comportarnos con una permanente humildad y dignidad por tener el derecho a existir. Si oteamos la Vía Láctea, el Mundo es un milagro: en la inmensidad de la oscuridad, aquí tenemos las condiciones para que germine la vida y podamos multiplicarnos.
Si reflexionáramos —y el fenómeno del eclipse es un buen motivo para hacerlo— comprenderíamos que los humanos tenemos el deber y la capacidad de transformar nuestro planeta en un jardín de paz y armonía. Somos seres dotados de inteligencia y, al mismo tiempo que hemos sido capaces de crear las armas más destructivas y mortíferas, también lo hemos sido para crear extraordinarios avances en medicina, energía, agricultura, movilidad, industria, infraestructuras, ciencia…
La humanidad, hoy, tiene todas las herramientas necesarias para crear una civilización próspera, igualitaria y ecológica. Si no lo hacemos es solo por motivos políticos y económicos, por incultura, por pereza y por incapacidad para organizarnos. El absurdo egoísmo e individualismo, fomentado por la civilización de las redes “sociales”, nos impide mirar más allá de nuestro ombligo y sabotea la consecución de ese Mundo-jardín que tenemos al alcance y que, si nos lo proponemos, podemos lograr.
Por eso, el eclipse puede actuar como un chip que desencadene la transformación personal que debe conducirnos a los grandes cambios colectivos que necesitamos y que tenemos a nuestro alcance, si nos lo proponemos:
- Transformar la política —local, nacional e internacional— en un marco de entendimiento positivo y propositivo en beneficio de todos, en lugar de un lamentable “ring” de boxeo donde se dirime el efímero control del poder presupuestario.
- Ver a los demás como hermanos, en lugar de rivales y enemigos por razón de lengua, cultura, procedencia, religión o color de piel, y ayudar a todas aquellas personas que lo pasan mal a salir del atolladero, proporcionándoles alimentación y techo donde cobijarse.
- “Deseconomizar” el trabajo y las empresas, privilegiando su utilidad social por encima de la dinámica de la competitividad y de los beneficios para sus accionistas.
- Educar a las nuevas generaciones en la filosofía de la paz y la colaboración, impulsando la creatividad y la expansión de la inteligencia.
- Crear un gobierno mundial que ordene y garantice la convivencia de los 8.000 millones de seres humanos y vele por la preservación de la naturaleza y la biodiversidad, hoy amenazadas por la destrucción depredadora de la actividad humana y el cambio climático.
El concepto de “pensar globalmente, actuar localmente” es más vigente que nunca. Desde cada pueblo, desde cada comunidad, a escala estatal y europea debemos escoger a las personas de mejor corazón e inteligencia para representarnos y tomar decisiones en nombre de todos.
No seamos pesimistas. A pesar de su prepotencia y soberbia, Donald Trump, Vladímir Putin, Benjamin Netanyahu, Peter Thiel, Alex Karp, Elon Musk… no han podido hacer nada para detener el eclipse, aunque esa hubiera sido su voluntad.
La humanidad, desde el fondo de los tiempos, tiene un destino, y no es la guerra ni su autodestrucción. Es la creación del Mundo-jardín, y esa es la tarea de la Generación Eclipse.
Jaume Reixach

