Nuklearrik ez?

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Recuerdo que, durante mi niñez en la Euskadi de los años 80, era bastante habitual ver pintadas o pegatinas en los vehículos con el emblema de un sol sonriente acompañado de la frase «Nuklearrik? Ez, eskerrik asko». Era la versión en euskera del lema del movimiento antinuclear a escala global («¿Nuclear? No, gracias»), que se había extendido tras el accidente de Three Mile Island (Pensilvania) en 1979 y se había convertido en un verdadero clamor tras el de Chernóbil en el 86.

Emblema antinuclear con sol sonriente y texto en euskera
Pegatina antinuclear en la ciudad de Ourense (2026)

Recuerdo también que ETA, siguiendo su habitual estrategia de autoerigirse en adalid de causas legítimas que ya contasen con un fuerte apoyo popular —ya fuera el antifranquismo, la lucha obrera o, en este caso, el movimiento antinuclear— con el objeto de apuntalar la patraña de que eran la voz del pueblo, asesinó a cuatro empleados que trabajaban en la construcción de la central nuclear de Lemóniz y dejó a un buen puñado de obreros heridos, lo que llevó a que el proyecto fuese finalmente abandonado.

La energía nuclear tenía muy mala prensa y esa era su perversa y miserable manera de sacar provecho de ello. Ha pasado casi medio siglo y en el imaginario colectivo la energía nuclear sigue siendo el demonio para gran parte de la población, a pesar de los enormes avances tecnológicos que se han producido en las últimas décadas, tal y como explicó Casimiro Sánchez (quien, además de fundador y presidente de honor del Partido Ibérico Íber, es, primero y ante todo, maestro) en el último comité del partido, celebrado en Madrid tras la pandemia.

En el libro de Nemesio Fernández-Cuesta, uno de los mayores expertos de España en transición energética, con el elocuente y extenso título de No se trata de si es verde o no, sino de si elimina o reduce emisiones, el autor insiste en que, para avanzar hacia un deseable sistema eléctrico descarbonizado, debemos apoyarnos en la energía nuclear.

Hay en la actualidad numerosos argumentos a favor de este planteamiento. En España está prohibida la extracción de petróleo y gas, pero los consumimos intensivamente, por lo que la dependencia energética del bloque ibérico es muy superior a la media de la Unión Europea. Esa dependencia de los combustibles fósiles lleva a que China, líder mundial en su procesamiento, domine las cadenas de valor del mundo.

Como señala Bernardo Velázquez, consejero delegado de Acerinox, el enorme coste energético de la gran industria impide competir a España, pues se paga aquí el doble por la misma que en Estados Unidos, por ejemplo. Si a eso le sumamos el altísimo consumo de electricidad que requieren los centros de datos y la IA, la conclusión es clara: aun siendo las renovables el objetivo a alcanzar como alternativa única a largo plazo, necesitamos otra fuente de energía baja en emisiones, sin intermitencia y barata que las respalde, y esa es la energía nuclear.

Por otro lado, surge otra cuestión: ¿apostamos por esta fuente solo en España o también en Portugal? Como ya informó EL TRAPEZIO a principios de este año, España y Portugal colaboran estrechamente para garantizar la seguridad nuclear y la protección radiológica, coordinando planes de emergencia transfronteriza y protocolos.

No parece que tenga mucha lógica que países colindantes tengan políticas muy dispares en este sentido, ya que, en caso de accidente, la nube radiactiva no se detendría en la frontera. Se cerró Lemóniz, pero tenemos Le Blayais en Burdeos, a un golpe de viento de las costas españolas, funcionando desde 1981. Lo mismo ocurre con la polémica Almaraz, o con la central francesa de Cattenom, literalmente pegada a un Luxemburgo no nuclear, entre tantos otros ejemplos.

Francia, el segundo país productor de energía atómica del mundo y que suministra el 70 % de la electricidad que consume, ya ha anunciado la instalación de otros 14 reactores y la extensión de la vida útil de los existentes. Incluso la bucólica Suiza, con una superficie similar a la de Extremadura, cuenta con cuatro reactores en su territorio.

Actualmente, con los reactores de IV generación, capaces incluso de reciclar como combustible residuos de reactores más antiguos, o los reactores modulares pequeños (SMR), mucho más baratos y rápidos de instalar, no parece que el viaje más realista hacia la descarbonización y la estabilidad energética (sin grandes apagones) pueda tomar otros derroteros.

Una apuesta decidida de ambos países por esta fuente de energía contribuiría a disminuir sustancialmente las emisiones de CO₂ a la atmósfera, abarataría el precio de la luz para los consumidores, mantendría y generaría miles de puestos de trabajo de alta cualificación y fortalecería el tejido industrial de la península y el prestigio de sus ingenierías a nivel mundial.

Pablo Barcena