Pocos días antes de la revolución española de 1854, vio la luz el diario progresista La Iberia, nacido con una marcada orientación iberista y que tuvo una dilatada trayectoria. En 1856, pocos meses después de la conclusión del paréntesis que constituyó el Bienio Progresista, apareció otro diario en Madrid: La Península.
Como La Iberia, se ubicaba en posiciones progresistas y su denominación reflejaba sus principios iberistas, que se explicitaron ya en su prospecto. Proclamaba sus simpatías por las causas nacionalistas de Polonia, Hungría o Italia y la aspiración a alcanzar una península unida, que recobrara la importancia perdida. Tendría una sección denominada “Revista peninsular” -diferenciada de la “Política extranjera”- que divulgaría noticias tanto de España como de Portugal. El periódico tenía corresponsales en Lisboa y Oporto.
En los primeros días comenzó a publicar una serie de artículos sobre la unión ibérica. Proclamaba abiertamente tanto su conveniencia como las de las uniones alemana, italiana o escandinava. Se esperaba que el Reino Unido viese con buenos ojos un Estado que sirviera de contrapeso a Francia y que esta, cuando se produjese la unión, la aceptaría como un hecho consumado. Se admitía que podría haber oposición interna, pero limitándola a miguelistas y carlistas, de modo que podría ser doblegada. Se indicaba que la unión podría alcanzarse por cuatro vías:
-Conquista.
-República.
-Unión dinástica.
-Aproximación política progresiva y fusión de intereses económicos.
Otros artículos fueron desarrollando estas opciones. En primer lugar, como era habitual en el iberismo, se descartó la conquista y se demandó una política exterior basada en la neutralidad, poniendo Suiza como modelo. Sin embargo, se practicó la autocensura respecto a la solución republicana, por conocer el periódico que eso podría llevar a sanciones del Gobierno. Eso sí, se consignó que no concebían más camino válido para la unión que el que pasaba por la monarquía constitucional.
Respecto a la unión dinástica, no hubo una oposición frontal. Sin embargo, exponían sus puntos débiles. Casar a Pedro V con la primogénita de Isabel II no serviría para unir los reinos si la reina tenía un hijo varón, como efectivamente sucedió en noviembre de 1857. Pero, sobre todo, la unión dinástica no bastaría para unir a los pueblos. Este mismo argumento se utilizó para explicar las tensiones entre Austria y Hungría. Se admitía, no obstante, que este enlace gozaría de apoyos amplios, a los que La Península estaba dispuesta a sumarse. Por eso, cuando se anunció el compromiso de Pedro V con Estefanía de Hohenzollern-Sigmaringen, el periódico lo criticó, por ser una decisión que no favorecía la unión ibérica. No obstante, tampoco se consideraba un obstáculo insalvable, por creer que las razones que conducían hacia la unión ibérica eran tantas y tan poderosas que su materialización era solo cuestión de tiempo.
Curiosamente, no llegó a explicarse la última opción que era, claramente, la preferida por La Península. Implícitamente, se reflejó en el interés con que el periódico siguió los proyectos y decisiones que mejoraran las relaciones ibéricas, especialmente la construcción de líneas ferroviarias. Cuando se firmó un convenio telegráfico entre España y Portugal, La Península presentó como una urgente necesidad la conclusión del tratado de correos.
El periódico reprodujo artículos iberistas o iberizantes de otros medios, como uno de El Norte Español, favorable tanto a la unión de los liberales como a la unión ibérica u otro de Sinibaldo de Mas de la Revista Peninsular, publicación de orientación iberista, que se editaba en Lisboa. También publicó artículos tono iberista, como uno de Manuel Merelo.
Un análisis de La Península sobre la posición de la prensa madrileña respecto a la unión ibérica resulta bastante esclarecedor. Solo hallaba la oposición de los carlistas. Los moderados preferían guardar silencio. El resto de la prensa liberal (unionistas, progresistas y demócratas), la defendía.
La Península mostró gran interés por la política portuguesa, especialmente cuando se relacionaba con la española. Por ejemplo, se valoró positivamente la aprobación por unanimidad en la Cámara portuguesa de la decisión de no gravar los cereales en tránsito a España.
Una muestra de la existencia de interés por Portugal entre sus lectores fue el anuncio, en portugués, y a lo largo de meses, del Novo dicionário da língua portuguesa de Eduardo de Faria.
El periódico no llegó a cumplir un año, dejando de publicarse en 1857. Quedaría por dilucidar quién o quiénes inspiraron esta línea iberista. Las dos personas más relevantes en el periódico parecen haber sido Tomás Capdepón Martínez y Antonio Romero Ortiz. Presentan algunos paralelismos. Con una edad similar, ambos terminaron pasando a la Unión Liberal, por la que serían elegidos diputados. Nacido en Almoradí (Alicante), Capdepón -director del periódico- estaba interesado en impulsar medidas que modernizaran la economía, como los ferrocarriles, y muy bien pudo aplaudir la mejora de las comunicaciones y relaciones económicas con Portugal. Sin embargo, no nos consta que, ni antes ni después, expresara ideas favorables a la unión ibérica. La relación del gallego Romero Ortiz con Portugal resulta mucho más clara. En 1846 se exilió allí, tras una fallida sublevación progresista. También manifestó ideas iberistas y realizó una aportación notable al conocimiento de Portugal con su libro La literatura portuguesa en el siglo XIX: estudio literario (1869). Todo esto hace pensar que debió -como poco- contribuir a esta línea editorial.
José Antonio Rocamora

