El título del artículo de Shakira en El País —«En Madrid somos todos latinos»— podría parecer apenas un eslogan pop. En realidad, contiene una intuición sociocultural de enorme alcance, que se ajusta a cambios experimentados en música, fruterías y parques madrileños. La artista colombiana ha entendido algo que Madrid expresa cada vez con mayor claridad: la capital española se ha convertido en uno de los grandes espacios de encuentro entre Europa, América y África. Pero precisamente por eso conviene llevar su intuición un paso más allá. Porque quizá Madrid no sea simplemente una ciudad «latina», en su doble sentido. Cerca de mi casa hay restos de poblados romanos, además de la herencia estructural civilizatoria mediterránea. En la actualidad, Madrid es una ciudad iberoamericana y cada vez más iberófona, por lo que hay de específico en la interrelación de los mundos hispánicos y lusos.
Shakira explica su elección de Madrid con una frase reveladora: «La inmigración latina no es tolerada, es celebrada». Y añade: «Compartimos lengua, memoria, gestos, sobremesas. El Atlántico, entre nosotros, dejó de ser un océano hace mucho tiempo. Es un lazo». El Atlántico Sur se convirtió en el nuevo Mediterráneo. Ahí está la clave. Su experiencia personal —colombiana de Barranquilla, hija de la mezcla americana, europea, africana y árabe, y madre de dos hijos españoles— funciona como metáfora de una realidad histórica mucho mayor.
«Yo no hablo de la mezcla: yo soy esa mezcla», escribe. Es probablemente la afirmación más importante de todo su artículo. Porque la identidad iberoamericana no consiste en una esencia racial o cultural pura, sino precisamente en la capacidad histórica de mezclar, transformar y producir nuevas formas culturales. Una etnogénesis por la vía del mestizaje.
Ese fenómeno permite recuperar, con las necesarias cautelas, la intuición del iberotropicalismo. Podemos pensar la experiencia ibérica como una extraordinaria capacidad histórica de adaptación, mestizaje y creación cultural en territorios tropicales, con algunos importantes matices en los siglos XIX y XX. Hoy son los trópicos quienes colonizan Iberia. África, Europa y América no aparecen aquí como compartimentos estancos, sino como elementos de una síntesis siempre inacabada. Shakira, desde la música popular, encarna esa lógica con una naturalidad que ningún tratado académico podría reproducir.
También hay algo profundamente neobarroco en esa sensibilidad: la convivencia de lo popular y lo sofisticado, de África y Europa, de lo indígena y lo global, del dolor y la fiesta. No es casual que Shakira recurra precisamente a Gabriel García Márquez. «Macondo no es un pueblo: es un espejo», escribe. Y en ese espejo aparece una civilización mestiza que convirtió la mezcla en una forma de imaginación. Pero aquí surge una cuestión conceptual. ¿Es suficiente hablar de «latinidad»?
La categoría tiene una enorme fuerza cultural y política, especialmente en Estados Unidos, y permite agrupar experiencias diversas de América e incluso algunas europeas como Rosalía. Brasil introduce una dificultad decisiva. El país más poblado de Iberoamérica no es hispanohablante: es lusófono. Su experiencia histórica y cultural no cabe completamente en una categoría construida desde el predominio del español, aunque tenga sus influencias por la Unión Dinástica Ibérica (1580-1640), la impronta de los autores del Siglo de Oro y la Edad de Plata española y la fuerte emigración española, especialmente gallega. La propia historia del término «América Latina», además, está vinculada a las elaboraciones intelectuales y geopolíticas del siglo XIX, incluida la utilización francesa de la idea de latinidad para proyectar influencia en América.
Shakira no excluyó ni criminalizó a la hispanidad, pero se olvidó de la iberidad. No obstante, ejerce una admirable brasileñidad. Por eso conviene superponer categorías, no enfrentarlas. Latinidad, hispanidad, lusofonía e iberofonía no tienen por qué excluirse. Muchos hispanistas y latinoamericanistas tratan de excluirse entre sí. Los primeros por la sombra de los intereses franceses y los segundos por el adanismo americano. Son capas distintas de una realidad compleja. En lo latinoamericano también está la herencia italiana, muy fuerte en Argentina, Uruguay, Brasil y Venezuela, pero significativa también en otros países latinos. Es cierto que muchos han utilizado el término hispanidad para hablar solo de españolidad y no de la mezcla resultante. Otros incluso han hablado de hispanidad incluyendo la lusofonía, pero sin hacer un esfuerzo integrador. Finalmente cabe asociar, de forma más pragmática, la hispanidad a la lengua junto con algunos elementos culturales.
La cantante colombiana, con raíces —en parte— catalanas de apellido y vivencia, ha afirmado: «No hablemos solo de hispanidad: hablemos de latinidad, un abrazo todavía más amplio. La hispanidad es hermosa, pero se queda corta para todo lo que somos. El español es latino; el portugués, el italiano y el francés también. Y todos los latinoamericanos somos latinos. Brasil, el país más grande de América Latina, no habla español, habla portugués. La hispanidad no alcanza a abrazarlo; la latinidad sí. Somos una nación sin fronteras que lleva cinco siglos construyéndose: la mezcla de África, América y el sur de Europa. No juzgo con la mirada de hoy a los humanos de hace quinientos años; me quedo con lo que somos: una fusión que es nuestra riqueza».
Shakira —que habla portugués— es de las pocas que logran romper la barrera del mercado musical brasileño, un gigantesco mercado al que con frecuencia solo penetran las músicas una vez traducidas y adaptadas. Brasil es una isla continental, pero la afinidad cultural existe independientemente de la conciencia o el grado de parentesco. Sin embargo, el término América Latina está dentro de la Constitución brasileña y existen suaves transiciones geomusicales entre el norte de Brasil y el Caribe hispano.
Es cierto que «iberoamericano» es un término —por el momento— para élites académicas, diplomáticas y periodísticas. No lo digo en un sentido negativo. Siendo realistas, goza de baja popularidad. Por otro lado, la latinidad no es consenso en Brasil; está más vinculada al ámbito de los admiradores idealistas del bolivarianismo —hoy en horas bajas— o de los amantes de la literatura hispanoamericana. La latinidad, desde Hispanoamérica, se ha ejercido como un modo de distanciamiento de España, lo que es natural, tras las independencias y su fragmentación. No obstante, hay que evitar una latinidad hispanófoba.
Aquí adquiere especial importancia la propuesta de Durántez Prados, principal formulador contemporáneo del concepto de iberofonía. Por otro lado, Shakira se sorprendería del pensamiento del portugués António Sardinha sobre el grado de amplitud del término hispano e hispánico (Hispania = Iberia), pero hoy esa terminología hispánica no es práctica. En ese mismo sentido y con un título similar al de Shakira, la portuguesa Natália Correia escribió el libro Somos todos hispanos. La iberofonía —sin embargo— permite pensar conjunta y eficientemente los espacios de habla española y portuguesa sin borrar sus diferencias.
España —antes del siglo XXI— estaba un poco huérfana de identidad americana a pesar del peso de la historia. Hoy la vuelta se ha equilibrado con la ida. Incluso es una oportunidad —incorporando a los países lusoafricanos y al único hispanoafricano— para relanzar fortalecida la Comunidad Iberoamericana, su sistema institucional y sus cumbres. A este espacio se le achaca, como a la ONU, su inoperatividad geopolítica, pero mientras ejerza de canal de intercambio de información, encuentro y formación para funcionarios de países de una misma área cultural, no es poca cosa. Es, en definitiva, una manera de nombrar una comunidad cultural y lingüística transcontinental, a pesar de las asimetrías de comprensión oral entre el español y el portugués, cuya raíz está en la base iberorromance occidental y su interacción histórica.
Desde esta perspectiva, la frase de Shakira podría reformularse sin negarla: en Madrid somos todos latinos, pero también somos iberoamericanos. Shakira juega con la latinidad romana y la latinidad americana. Y con esta segunda expresión, su intención es incorporar a Brasil y a Portugal dentro de la misma conversación renovadora. Hay que agradecer a Shakira que haya hecho el esfuerzo de dotar de mayor densidad geocultural a un concepto (la latinidad) con mucho éxito, pero semánticamente difuminado.
La propia Shakira parece acercarse intuitivamente a esa idea cuando imagina su gran celebración madrileña como un carnaval que atraviesa «Cádiz y Canarias, mi Barranquilla, Brasil, el Caribe, Centroamérica». Esa enumeración es más iberoamericana que simplemente latina. Es un mapa cultural construido a ambos lados del Atlántico. Y Madrid es hoy uno de sus principales escenarios.
Pero una comunidad cultural no puede sostenerse únicamente sobre conciertos, festivales y celebraciones. La enorme capacidad de atracción de Madrid plantea también problemas materiales: vivienda, movilidad, integración, servicios públicos y riesgo de segregación.
La frase de García Márquez con la que Shakira abre su artículo —«las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra»— adquiere así un significado inesperado. La cuestión no es únicamente celebrar que somos muchos y que estamos mezclados. Es construir las condiciones para no vivir separados dentro de la misma ciudad. Es cierto que hay emigración latina de varias clases, lo que es positivo, pero el ascensor social tiene que funcionar. Evitar los cien años de hacinamiento es responsabilidad de todos los gobiernos, es decir, hay que ampliar la oferta de vivienda, dar seguridad a los propietarios y alternativas asequibles a los inquilinos.
Shakira ha entendido que la música puede combatir la soledad. «La pantalla te separa; la música te junta», afirma. La iberofonía puede aportar el concepto que falta para comprender esa intuición. Madrid no tiene que elegir entre ser europea, española, latina o iberoamericana. Precisamente su fuerza está en poder ser todas esas cosas a la vez. No se trata de ser la nueva Miami, más allá de la formación de familias inter-iberoamericanas y la atracción de inversiones, sino de hacer de Madrid una vibrante y orgánica ciudad y capital de la iberofonía.
Pablo González Velasco


