Cuando hablamos de Ceuta, hablamos de un punto estratégico para el control del tráfico marítimo (comercial y militar) entre el Mediterráneo y el Atlántico. Como ciudad española, forma parte de la Unión Europea, de la OCDE, del sistema Frontex y de la OTAN, si bien no es territorio Schengen, precisamente para impedir que sea un “coladero” para los marroquíes y subsaharianos que pretendan pasar ilegalmente al continente europeo.
Desde esta perspectiva, la pertenencia de Ceuta a España no está cuestionada —excepto por Marruecos— y la ciudad no es considerada por las Naciones Unidas como un territorio que deba descolonizarse. La amenaza de una supuesta “invasión” marroquí de Ceuta es, sencillamente, un delirio, abonado por la ultraderecha española para calentar su campaña contra Pedro Sánchez y por los sectores más ultranacionalistas de Marruecos.
El rey Mohamed VI sabe perfectamente que no puede organizar, como hizo su padre Hassan II en 1975 en el Sáhara, una “marcha verde” para ocupar por la fuerza Ceuta y Melilla. Aquella “marcha verde”, bendecida por Estados Unidos, tenía un objetivo estratégico claro: impedir que Argelia, que en aquella época estaba bajo la órbita soviética, tuviera una salida al Atlántico —a través de su estrecha relación con el Frente Polisario— y “rodeara” a Marruecos.
La importancia de Ceuta es otra: junto con Tánger y Gibraltar domina el estrecho de Gibraltar, un punto crítico de las comunicaciones marítimas mundiales, como lo son los canales de Suez y Panamá y los estrechos del Bósforo, de Bab el-Mandeb, de Ormuz, Malaca, Taiwán y Corea. Para los intereses de la Unión Europea y de la OTAN es de vital trascendencia mantener Ceuta bajo control español.
Por eso, y porque la economía marroquí depende totalmente del comercio con Europa, es una quimera elucubrar con la invasión —con guerra híbrida o militar— de esta ciudad norteafricana. Ni Washington ni Bruselas lo permitirán.
Otra cosa es que el régimen de Rabat alimente esta reivindicación histórica o “juegue” a hacer la puñeta a España para tener ventaja en otras negociaciones, como puede ser la controvertida localización de la final del próximo Campeonato Mundial de fútbol de 2030, que organizan conjuntamente España, Portugal y Marruecos. Como se sabe, el gobierno marroquí está construyendo un enorme estadio de fútbol en Casablanca y pretende que allí se dispute el gran partido final del campeonato, en lugar de Madrid.
El gran problema geopolítico que debe solucionar Marruecos no son las ciudades de Ceuta o Melilla: es la normalización de las relaciones diplomáticas y comerciales con su vecino, Argelia. La frontera entre ambos países está cerrada desde 1994, un hecho insólito y vergonzoso en el mapamundi. También lo está el paso del gasoducto que conecta con España a través del estrecho de Gibraltar, imprescindible para la economía marroquí, que actualmente debe abastecerse de gas… ¡desde España!
Los canales y los estrechos marítimos pueden ser causa de conflicto y de conflagración —como ocurre actualmente en Ormuz y Bab el-Mandeb—, o también de colaboración y de intensificación del comercio entre países. Esta es la otra dimensión que tiene la ciudad de Ceuta, como uno de los vértices del triángulo que lo une con Gibraltar y Tánger.
El estrecho de Gibraltar, que, según la mitología, fue obra de Hércules, es el nexo de unión entre dos continentes: Europa (750 millones de habitantes) y África (1.600 millones). Este punto de conexión tiene una importancia y un potencial económico colosales, si los tres países concernidos —España, Reino Unido y Marruecos— saben aprovecharlo. En este sentido, ha sido muy inteligente y esperanzador el nuevo pacto alcanzado entre el Reino Unido y Bruselas, impulsado por los gobiernos de España y de Gibraltar, para eliminar la “verja” e insertar plenamente el peñón en la dinámica económica de Andalucía.
El Marruecos de hoy no es el Marruecos de hace 50 años. Hay que ir a Tánger o a Casablanca para tomar conciencia de la nueva realidad de este país. Hay que coger el AVE que une Tánger con Rabat y Casablanca —que está previsto prolongar hasta Marrakech— para entender que Marruecos está convirtiéndose, de manera acelerada, en un poderoso actor empresarial e industrial a tener en cuenta.
Hay que ir a Tánger, yo lo he hecho recientemente, para descubrir la gran potencia y capacidad logística del puerto Tánger Med o de la nueva zona industrial Tánger Tech. China sabe leer muy bien los mapas del mundo y ha convertido, precisamente, esta área en un punto importante de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR) que promueve el presidente Xi Jinping para comunicar el país asiático con los grandes nodos planetarios.
No es en vano que numerosas y potentes empresas chinas de tecnología avanzada se estén instalando en la zona de Tánger, convertida en cabeza de puente bidireccional hacia el norte europeo y el sur africano, y que Marruecos esté recibiendo importantes inversiones chinas para realizar obras de infraestructura. En este sentido, Ceuta, que goza de un ventajoso régimen fiscal, puede ser un complemento clave en el desarrollo fulgurante que está experimentando el área del estrecho de Gibraltar.
En este esquema hay una pieza estratégica que, algún día u otro, habrá que acometer: la construcción de un túnel ferroviario submarino que una las costas de Andalucía (Europa) y el Rif (África). Se trata de un proyecto antiguo que dormita en los despachos de Madrid y Rabat, pero que hay que impulsar de una vez con compromiso y decisión presupuestaria.
La creciente presencia de China —líder mundial en las grandes obras de ingeniería— en España y Marruecos puede ayudar a afrontar este colosal reto tecnológico y constructivo. Para la expansión de la IFR, para el progreso de Marruecos, de África, de España, de Europa y del Mediterráneo, el túnel de Gibraltar —que significa reunir aquello que Hércules separó hace miles de años— es una obra de civilización.
Más allá de la disputa histórica/retórica por Ceuta y Melilla, España y Marruecos tienen la obligación de entenderse y cooperar más y mejor. En la Unión Europea (450 millones de habitantes) viven unos 4,5 millones de marroquíes (el 1% de la población), que han emigrado en las últimas décadas para buscar una vida mejor (el PIB per cápita de Marruecos es de 4.500 euros anuales).
En el caso de España, el censo de marroquíes es de poco más de 1 millón. Convertir esta migración económica en una “invasión”, una “colonización” o una “amenaza contra la cristiandad”, como hacen Sílvia Orriols, Santiago Abascal y toda la extrema derecha europea, es una aberración.
Los 5.000 migrantes (1.500 menores) que permanecen en Ceuta, después de la gran avalancha de finales de julio —provocada por los rumores incontrolados que generó una sentencia equívoca del Tribunal Supremo español— deben ser trasladados a la península y repartidos proporcionalmente entre las 17 comunidades autónomas. En el caso de Cataluña, esto significa acoger a unos 900, un reto razonablemente asumible por la Generalitat, los ayuntamientos y las entidades sociales.
Estos días, a raíz de la crisis migratoria de Ceuta, hemos podido escuchar groseras expresiones de odio contra el presidente Pedro Sánchez, los ministros, los partidos que apoyan al Gobierno y las ONG por parte de la ultraderecha fascista y, lamentablemente, también del PP. El clima de crispación que se ha querido crear es un atentado contra la convivencia colectiva, que debe ser rechazado y condenado con firmeza.
Si hablamos de “traición” a los intereses de España, esta “traición” debemos imputarla a los gobiernos autonómicos del PP y de Vox, que se niegan en redondo a acoger la parte proporcional de migrantes que permanecen en Ceuta. Esta negativa es lo que está provocando la angustia y el perjuicio a los habitantes de Ceuta, una ciudad autónoma gobernada por el PP, que merece una verdadera solidaridad de toda la sociedad española con la absorción de estas 5.000 personas.
Por mucho que lo intenten y hagan aspavientos, la rabia y el odio que promueven los grupos de ultraderecha no prosperarán. Su modelo racista y xenófobo es incompatible con la democracia y los derechos humanos, unos avances a los que la humanidad nunca renunciará.
Jaume Reixach


