Me consta que, en los años cuarenta y cincuenta, en algunos pueblos de la Raya, la zona fronteriza con Portugal, había un especial interés por parte del cura en interrogar a los niños sobre si, en casa, a la hora de rezar el rosario en familia, incluían las jaculatorias a la Virgen de Fátima o no.
Por mi trabajo en educación sé que hoy, en ciertos centros conflictivos de Europa, hay preguntas de los docentes que parecen inocentes, hechas a niños musulmanes sobre las costumbres de la familia, que les dan información de qué tipo de islam practican.

El rosario se instauró entre los cristianos a lo largo de la Edad Media, inspirándose en el salterio que rezaban los monjes: esto es, el rezo de los llamados salmos de David —aunque no todos los escribió él— del Antiguo Testamento, que en realidad aparecen mucho antes, en hebreo, en la Tanaj del judaísmo y que también son considerados sagrados en el islam.
Recitar 150 salmos diferentes y en latín como hacían los monjes resultaba imposible para el pueblo llano que, en su gran mayoría, no sabía leer. Para que tuvieran unas horas dedicadas al rezo similares a las monacales, se fue sustituyendo por la recitación de 150 avemarías.
A partir de las apariciones de Fátima de 1917 (y, según cuenta la tradición, a petición de la Virgen, tras unas visiones del infierno que transmitió a los pastorcillos), algunos creyentes incluyen en el rosario, cada diez avemarías, la siguiente jaculatoria dedicada en exclusiva a la Virgen de Fátima: «Ó meu Jesus, perdoai-nos, livrai-nos do fogo do inferno, levai as almas todas para o Céu, principalmente aquelas que mais precisarem».
La costumbre, poco a poco, se fue introduciendo en España, recitada en las diversas lenguas ibéricas, por puro contacto y ahí, la geografía es clave.
Muchos estraperlistas se encomendaban a la virgen portuguesa ante los peligros de pasar la frontera. Francisco «el Rubio» era uno de ellos. Un hombre es de su lugar y de su época. Aparte del fervor que encontró al otro lado de la frontera, caló en él una Virgen que avisó de guerras, hambrunas y desgracias que él mismo sufrió.
En un Estado que no solo prohibió intercambiar con el resto del mundo mercancías, sino también filosofías y creencias, el Rubio no se iba a hacer budista.
Pero el párroco del pueblo no necesitaba preguntar a sus hijos si en casa se incluían las jaculatorias a Fátima o no para saber si se dedicaban al estraperlo. Él, como ferviente católico, se confesaba de sus pecados de contrabando, y sospecho que quizá el sacerdote calculaba, en función del negocio, cuál era la limosna justa que le correspondía echar al cepillo como penitencia.
Que la Virgen de Fátima se apareciera en 1917, en plena Revolución rusa, en otro país entonces también campesino y rural como era Portugal, para avisar al pueblo de lo malo que era el comunismo es algo sobre lo que ya se ha debatido hasta la saciedad.
Que el fenómeno de las apariciones no hubiera llegado tan lejos sin una operación política que lo amplificara al máximo, impulsada por los monárquicos, el clero y los terratenientes, para contrarrestar el más que posible contagio de una revolución similar en Portugal, en una situación de huelgas, hambre, revueltas y reclutamiento forzoso para la guerra, es una hipótesis más que lógica.
Que los mensajes proféticos atribuidos a la Virgen a principios del siglo XX —más guerras, hambre y persecuciones contra la Iglesia y los cristianos por todo el mundo— se cumplieron más que de sobra durante todo el siglo también es una verdad como un templo.
Crean ustedes lo que quieran o sientan. Pues más tarde, en tiempo del régimen franquista y del Estado Novo, el papa Pablo VI, en su declaración Dignitatis humanae, decretó que la fe católica no puede imponerse mediante coacción y que el verdadero acto de fe tiene que ser libre, en lo que parece un señalamiento muy claro a Franco y Salazar, que estaban a Dios rogando y con el mazo dando.
En su pequeña aldea de la dehesa charra, en los años cuarenta, Francisco «el Rubio» se levantaba al amanecer y rezaba un rosario, incluyendo la jaculatoria a la Virgen de Fátima que tenía pintada en su carro, encomendándose a ella para los peligros de la travesía.
Fueron muchísimos los estraperlistas a los que detuvieron en la frontera y a quienes arruinaron su vida y la de su familia, ingresando al proveedor del hogar en la cárcel. A Francisco «el Rubio» jamás le detuvieron.
Que la divinidad le protegió por sus súplicas y oraciones, independientemente de jaculatorias o no, es una posibilidad en la que sinceramente creo, conociendo su enorme fervor y devoción.
Que había una operación de información política en la frontera, incluso con posible colaboración del clero, para detener a unos estraperlistas sí y a otros no, en función de qué bando de la recién terminada Guerra Civil parecían tener más simpatía, es otra posibilidad que me ronda la cabeza.
Pero hay algo en lo que no tengo ninguna duda: que la fe mueve montañas, toneladas de café y traspasa fronteras, porque no hay nada que dé más valor a un ser humano que la fe en que la Providencia le protege.
Andrés Hernández López


