Las relaciones geoestratégicas entre Iberia (España, Portugal, Gibraltar y Andorra), separada de Europa por varias placas tectónicas y políticas, y el norte de África, especialmente Marruecos, exige averiguar con antelación los movimientos del contrario. Contrario es casi siempre a lo largo de la historia Marruecos, algunas veces enemigo declarado, y otras, las menos, amigo. Hermano, casi nunca. A continuación, ofrecemos algunas claves que entendemos no están siendo aportadas por los analistas ni opinólogos sobre cómo funciona el poder en el sultanato marroquí. Para que se tenga delante en la crisis presente, que puede arrastrar al área geoestratégica ibérica a violencias inesperadas en sus fronteras. Un mundo en el que Iberia tiene estabilizadas sus propias “rayas” internas, cada vez más diluidas, y que tiene las externas en plena ebullición por viejos irredentismos expansionistas, sea hacia el Sáhara, sea hacia Macaronesia, sea en cualquier dirección.
En Marruecos están convencidos de que el Majzén o estado profundo del imperio jerifiano (de jerifes o cheik, jefes de facciones tribales) posee una sabiduría experta que le hace ver a muy largo plazo. Sus apuestas serían estratégicas, las que marca el “señor del tiempo” o sultán, con sus consejeros íntimos. Una suerte de ciencia política autóctona de la buena administración. El asunto no tiene mucho fondo en sí mismo: los fasis (de Fez) y los soussis (del Sous), es decir las burguesías comerciantes de Fez y del Sur, que siempre ocuparon de una manera u otra los destinos de la corte, y por ello tendrían una probada fidelidad de servicio al sultanato primero y a la monarquía después, serían sus gestores. El sistema experto de esta burguesía comerciante estaría basado en la sagacidad para hacer negocios, estudiando al contrario en todos sus movimientos. España al ser desprovista de la ocupación de una parcela del Marruecos fértil, con cabecera en Fez, como estuvo inicialmente contemplado en los acuerdos de 1904, no pudo experimentar el trato con esa notabilidad majzeniana. A lo sumo tuvo que hacerlo con la burguesía de Tetuán, que no tenía la misma habilidad para los negocios. Los españoles hubieron de conformarse con una delegación del sultanato, que era el jalifato, a la cual le dieron todo el boato posible. Pero aprendieron poco del trato con el Majzén.
En la actual crisis abierta con Marruecos, entre España, y en general la península ibérica, que comenzó en 2021 con la primera invasión de Ceuta, la población marroquí piensa en esa burguesía de origen comercial y urbano, educada primero en los colegios creados por el protectorado francés, luego en Francia y finalmente en Estados Unidos, como un ente opaco regido por un sabio, eficaz e inamovible aparato de poder. El malik o rey corona todo este edificio, pero su función va mucho más allá de cualquier monarca constitucional, al contrario de lo que proclama retóricamente la constitución marroquí de 2011. Primero, porque la abolición del sultanato, la sultaniya, con la restauración en el trono de Mohammed V en 1956, no acabó con las viejas prácticas. El abuelo del actual rey, tenía como objetivo la modernización de la monarquía, aboliendo los diwanes y los visires, que eran los ministerios y ministros en el antiguo sistema, tan cercanos y dependientes al sultán que incluso trabajaban en el palacio real, en Dar al-Majzen.
Mohammed V quería hacer una distinción entre el nuevo funcionariado y la necesaria diversificación del poder político para modernizar y hacer más eficaces las estructuras del estado. Segundo, esta labor, sin embargo, tuvo mucho de cosmética ya que no se abolieron ni la condición religiosa del monarca (Amir al Muminin o comendador de los creyentes) ni el harén, con lo cual permanecían bajo el nombre de monarquía las mismas características del sultanato anterior. Esta es una contradicción in terminis, ya que el poder de hecho en la actualidad está encarnado por los consejeros reales, que heredan a los antiguos hagîb o secretarios de palacio. Ellos controlan bien los servicios de seguridad (ahora, Fuad Ali El Himma, de manera destacada), fundamentales para mantener controlado el país insumiso o siba, y también los negocios con la exmetrópoli francesa (André Azoulay, desde época de Hassan II), la cual tras la independencia sigue nutriendo buena parte de la vida marroquí. El gobierno, conformado por partidos muy atados en corto, que son los que concurren a las elecciones, y el parlamento, bastante decorativo, sin una verdadera oposición crítica, tienen poco campo de maniobrabilidad. La estructura del Majzén depende antes todo de los consejeros reales o hagîb. La cadena de mando es esa y no otra.
Muy importante en esta configuración del poder real es el papel de las tariqas, o cofradías, que se reúnen en zagüías, suerte de oratorios, diferentes de las mezquitas. Las principales tariqas, y en particular la Tijjaniya, es una especie de red internacional, con gran penetración en el África subsahariana, y que compite con otra gran cofradía, Qadiriyya, de obediencia argelina. La subordinación a los maestros sufís reconocidos es la base del aprendizaje, y como tal entrena a sus miembros, según los analistas, en ciertas formas de subordinación y autoridad (y puede que de autoritarismo). Algunos sultanes, como Muley Hafiz en los años treinta, crearon su propias tariqas para tomar el poder, y eliminaron a líderes de otras, como hizo con el popular El Kittani, para abrirse camino hacia el sultanato. Como telón de fondo se ha hablado del país rural, del fellah o campesino, en cuanto apoyo social más firme al sultanato; mucho más que la sagaz burguesía urbana, habituada a la doblez.
Un grave problema para la sultaniya y las dinastías reinantes, entre otras la alauita, que ocupa el poder desde mitad del siglo XVII, es el sistema de elección y la legitimidad. El sultán es “elegido” no por derecho de primogenitura, sino por una serie de intrigas a que da lugar la existencia del harén y los visiriatos. El papel de la madre del candidato, dominando el harén, y sus habilidades solían ser determinantes. Ahora bien, el nuevo sultán en los momentos de inestabilidad surgidos tras la muerte del sultán reinante tiene que ser aceptado por las tariqas y los imanes de Fez. Punto fundamental es la aparición del sultán en público por vez primera. Si es aclamado no hay problema. Pero pueden surgir otros competidores por el trono, y disputárselo. Mohammed V, eligiendo a Hassan II, y este a Mohammed VI, imitaban el sistema de herencia monárquico europeo, para evitar ese período de incertidumbre.
La actual dinastía alauita surgió en el oasis de Tafilalet, de un jerife llamado Muley al Sharif. Sus miembros se decían descendientes del profeta Mahoma, a través de su hija Fátima. Evidentemente nada de esto se puede demostrar y roza lo inverosímil. Lo que hacían los primeros alauitas era insertar su genealogía en el sistema chorfa. Los chorfas son una casta ya que se consideran a sí mismos descendientes de los primeros ocupantes del territorio tras la llegada del islam. Están bajo protección real, ya que el malik es un chorfa por la leyenda genealógica antes indicada. Sin embargo, hay dudas sobre su legitimidad, incluso desde el punto de vista musulmán, ya que el islam político de tendencia idrisita (que se reclama de los Idris, fundadores de Fez, en el siglo VIII) duda de la veracidad del relato genealógico de los alauitas.
Todo este complejo sistema impresionó mucho a los colonizadores franceses y españoles en el período 1906-1956, hasta tal punto que procuraron ejercer su dominio colonial respetando al sultán y su Majzén, ejerciendo lo que los británicos llamaban “gobierno indirecto”. Ello obligó, por su parte a los sultanes, para ser respetados, a ser de facto colaboracionistas con el sistema de protectorado colonial. Las intrigas de las diferentes potencias se hacían en palacio. Los alemanes, británicos, franceses, españoles, y hasta italianos, tenían sus consejeros cercanos al sultán. Como consecuencia de ello, y de los momentos geopolíticos, sobre todo en torno a la primera guerra mundial, algunos sultanes hubieron de tomar el camino del exilio. Muley Hafiz, tutelado por Alemania, Turquía y España, hubo de exiliarse en Madrid, mientras Francia insistía que reclamarlo para tenerlo estrechamente vigilado en su territorio.
Con los datos históricos en la mano, España (mucho menos Portugal, que ya sólo era un lejano recuerdo de la batalla de los Tres Reyes) tuvo la oportunidad en diferentes momentos de la historia contemporánea, de apoyar a otros candidatos a sultán –como hizo Francia con Ben Arafa, o con el autoproclamado en Zeluán, El Rogui, o haber apoyado un sistema republicano, caso de Abdelkrim–, pero se mantuvo con una fidelidad a toda prueba a la dinastía alauita. Esto fue un enorme error estratégico, que se demuestra por la fuerza de los hechos. Al hacerlo, los pueblos ibéricos han fortificado a un contrario histórico de largo aliento, que disputa el liderazgo regional a la península ibérica, pensando a largo plazo incluso en un histórico “califato”, basado en un sistema expansionista a diestro y siniestro. A la vista de cómo funciona el completo sistema de poder alauita, España (y Portugal y Gibraltar a sus respectivas maneras) tendría que jugar con más habilidad sus cartas geopolíticas, retirando, cuando menos, su apoyo, hasta ahora incondicional, a la dinastía reinante. El PP español, hartamente monárquico, volverá a caer en ese grosero error de estrategia, que cometió en el pasado Alfonso XIII, que repitió la II República y que hoy atrapa al PSOE. Cabría esperar, además, otra actitud de Portugal, apostando por un sistema republicano en Marruecos.
Los alauitas, habituados a jugar maquiavélicamente, ora a la fraternidad ora a la traición, ganarán la partida si no se rectifica ya. Habilidad, entrenamiento y proyecto de infidelidad no les falta. Ahí está el campeonato mundial de fútbol, cuya final y mayores lustres se llevan a Marruecos, tras haber entrado de tapadillo, invitados de buena fe, por Portugal y España. Para ello no hace falta los espionajes ibéricos, insuficientes por sí mismos, ya que son simples sistemas de escucha primaria, sino análisis profundos de cómo ha constituido y constituye hoy su poder religioso, social y político Marruecos, del contrario. Es lo que harían un seguidor de Confucio en tiempos de guerra, acaso híbrida, como estos. La península ibérica, política y geográficamente debe pensar lo que viene como un solo organismo, ante Europa y sobre todo ante Marruecos, para ganar el pulso de la guerra tanto como del fútbol.
Jose Antonio González Alcantud


