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¿Por qué el NO-DO lo llamaba «estraperlo» por no decir «contrabando»?

Retrato de un hombre con cabello corto y chaqueta, fondo artístico.

Cuando uno investiga un fenómeno, a veces pasa por alto lo más evidente. Analizando grabaciones del NO-DO y portadas del ABC para estudiar más a fondo el estraperlo, de repente se me encendió la bombilla: ¿por qué todos los medios hablaban del estraperlo y los estraperlistas y no usaban las palabras comunes del castellano para referirse a esto, que son contrabando y contrabandista?

El nombre proviene de un escándalo que se produjo durante la Segunda República. Tras la fuerte prohibición de los juegos de azar que decretó la dictadura de Primo de Rivera, se usaron artimañas legales para introducir en el Casino de San Sebastián una especie de ruleta llamada Straperlo —en honor a los apellidos de sus creadores, Strauss y Perlowitz—, la cual estaba además trucada para favorecer a la banca. En su regularización ante la administración republicana argumentaron que era un juego de destreza y no de azar.

La sesión de juego duró muy poco. En su estreno, en cuestión de unas horas, las autoridades del Gobierno republicano enviaron agentes al casino y la suspendieron.

Pero Strauss no estaba dispuesto a perder el dinero invertido y volvió a lograr una autorización de la burocracia republicana para poner en marcha su máquina en un hotel de Mallorca, donde funcionó tres días hasta que de nuevo la autoridad competente clausuró la actividad.

Esto llevó a una comisión de investigación en las Cortes, en la que se determinó, aun sin haber una condena judicial, que varios cargos no habían tenido una conducta ética —se hablaba de sobornos— y provocó la dimisión de varios puestos importantes.

La corrupción se ha dado en todos los gobiernos de esta España donde los pícaros son los protagonistas aplaudidos de su literatura desde la Edad Media y, al igual que la República, el franquismo tampoco iba a quedar exento de ello.

La figura de ese estraperlista humilde que cruzaba la frontera a pie por un recóndito sendero y cargaba las pocas mercancías que le cabían en su zurrón existió, pero no era el único método.

Conociendo de primera mano el asunto, afirmo con rotundidad que no tengo pruebas, pero tampoco dudas de que había tramas de corrupción de contrabandistas que tenían sobornados a cargos del régimen para hacer ese «estraperlo» a gran escala.

Les invito a que revisen los almanaques de fotografías etnográficas de las fiestas populares, tanto profanas como religiosas, de los pueblos de toda España durante los años de la gran hambruna (de 1940 a 1945): verán a todos los participantes famélicos, esqueléticos, extremadamente delgados, mientras que alguno que ocupa un puesto destacado en la imagen del festejo, uniformado y con galones, aparece bien fornido y alimentado.

Consideren ustedes esto prueba o no; lo dejo a su elección.

Que en la España donde se racionaba el alimento mediante cupones en igual proporción por cada español hubiese algunos muy flacos y otros muy gordos debía de ser palmario y notorio para todos, incluido el Caudillo.

La estrategia de comunicación que tomó el régimen para hablar del contrabando, contextualizándola con nuestra época, fue la siguiente:

Imagínense que, tras caer el Gobierno de Felipe González por una serie de escándalos —el más sonado, el de Roldán—, los españoles empiezan a ver que gente afín al Ejecutivo de Aznar se enriquece rápidamente, y entonces los medios de Aznar empiezan a llamar a estas personas «los roldanistas».

O imagínense que, tras caer el Gobierno del PP por la trama Gürtel, la nueva Administración del PSOE empieza a llamar al arte de hacer negocios sucios con políticos socialistas «el gürtelismo».

Fueron varios los escándalos que salpicaron a la República, pero el franquismo escogió deliberadamente asociar a los contrabandistas de alimentos con el juego por resultar el más impúdico para los valores que inculcaban.

En el libro del bien y del mal del nacionalcatolicismo estaba escrito sobre la moralidad de los juegos de azar lo mismo que aparece en el Corán 1400 años antes. En la sura «La mesa servida», en los mismos párrafos donde se exhorta a no beber alcohol, se exhorta a no participar en juegos de azar (sura 5, aleyas 90 y 91).

Al-Ándalus dejó su huella en Iberia y eso se sigue viendo hoy en día en la percepción negativa de españoles y portugueses sobre las casas de apuestas, por muchos equipos de fútbol de primera división española y portuguesa que esponsoricen.

Esas que tienen la sede fiscal en Gibraltar, donde los anglosajones —que no han convivido con moriscos hasta el siglo XX— no parecen ser tan escrupulosos con ellas como nosotros.

Andrés Hernández López

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