España es todavía un país a medio hacer y la península Ibérica, pese a la posición geoestratégica clave que ocupamos en el planeta, sigue estando invertebrada. Situados ya en el siglo XXI, la alta velocidad ferroviaria es el medio de transporte que mejor contribuye a cohesionar el territorio. Y, en este sentido, aunque nos parezca lo contrario, España, que es después de China el país del mundo con más kilómetros construidos de alta velocidad, sigue estando muy atrasada.
La península tiene dos grandes ejes: este-oeste y norte-sur, que se cruzan en Madrid. Pues bien, a día de hoy ninguno de ellos está terminado. No está completada la conexión del AVE Lisboa-Madrid correspondiente al eje este-oeste, ni tampoco los tramos Algeciras-Sevilla y Burgos-frontera francesa del eje sur-norte.
La línea ferroviaria de alta velocidad entre Madrid y Lisboa avanza con el horizonte puesto en 2030, cuando se prevé que ambas capitales puedan quedar unidas por trenes directos en unas cinco horas. Sin embargo, el proyecto no estará completamente culminado hasta más adelante: el objetivo fijado por la Comisión Europea es reducir el trayecto hasta unas tres horas hacia 2034.
El eje ferroviario pasa por Extremadura y tiene como principales puntos de conexión Madrid, Cáceres, Mérida, Badajoz, Elvas y Évora, antes de llegar a Lisboa. En el lado español, varios tramos de la nueva infraestructura ya están en servicio o en desarrollo, mientras continúan las actuaciones para completar la línea de alta velocidad hasta la frontera portuguesa.
En Portugal, el principal reto se encuentra entre Évora y Lisboa. El Gobierno luso prevé construir una nueva infraestructura ferroviaria, incluido un nuevo puente sobre el río Tajo, para permitir que los trenes procedentes de España lleguen directamente a la capital portuguesa por una línea de altas prestaciones.
El calendario exigido por la Comisión Europea establece dos etapas. La primera, prevista para 2030, permitiría disponer de un servicio directo Madrid-Lisboa de unas cinco horas. La segunda, con horizonte en 2034, contempla reducir el tiempo de viaje hasta aproximadamente tres horas, una vez completadas las principales actuaciones de infraestructura a ambos lados de la frontera.
Por su parte, la conexión ferroviaria de alta velocidad entre Madrid y la frontera francesa avanza, pero todavía no es una realidad continua. El principal proyecto pendiente es el tramo entre Burgos y Vitoria, que debe permitir enlazar la red de alta velocidad procedente de Madrid con la Y vasca y, a través de ella, llegar hasta San Sebastián, Irún y la frontera francesa. Las obras se prolongarán todavía, como mínimo, cuatro años más.
Pero además de esta cruz destinada a vertebrar la península Ibérica, también son de vital importancia los corredores de alta velocidad que recorren el litoral atlántico y mediterráneo. En la costa occidental, el tren de alta velocidad Lisboa-Oporto, con posible prolongación hasta Vigo, se encuentra todavía en sus primeras fases y los cálculos más optimistas apuntan a que estará parcialmente terminado en 2034.
En la vertiente oriental, las cosas avanzan mucho mejor: el corredor mediterráneo entre Almería y la estación central de La Sagrera se encuentra en la fase definitiva de construcción, tras años de retrasos. Pero el tramo Almería-Granada-Algeciras, que debe culminar el trazado, apenas existe sobre el papel.
Si la península Ibérica fuese, por ejemplo, una región de China, estas infraestructuras, fundamentales para la conectividad y la prosperidad económica, ya estarían terminadas y en servicio. También lo estarían el nuevo aeropuerto de Lisboa, la ampliación del aeropuerto de El Prat, los enlaces de los principales puertos con el corredor mediterráneo o el túnel bajo el estrecho de Gibraltar, por citar algunos ejemplos clamorosos.
La Comisión Europea nos ha ayudado y quiere seguir ayudándonos, con miles de millones de euros, a coser la península mediante la alta velocidad. Pero los gobiernos democráticos, de todos los colores, tanto de Madrid como de Lisboa, han fallado escandalosamente a la hora de fijar prioridades y ejecutarlas con diligencia. Además, estas inversiones son muy atractivas y, si no se actúa con sumo cuidado y firmeza, pueden convertirse en focos de corrupción.
La politiquería, los intereses locales, la falta de visión estratégica y la secular paranoia de Portugal respecto a Madrid han impedido hasta ahora la vertebración ferroviaria de la península Ibérica y han condenado injustamente a territorios como Extremadura o el Alentejo al ostracismo, cuando podrían ser grandes polos de desarrollo. La visita que realizó el presidente Salvador Illa a Extremadura para llevar allí la celebración de la Diada de Catalunya ha sido, en este sentido, muy ilustrativa: cuando llegue el AVE y se convierta en el nexo de unión entre Portugal y España, esta tierra se transformará en un territorio de oportunidades, en lugar de un «agujero negro», como lo ha sido hasta ahora.
Precisamente, el próximo 6 de octubre se celebra en Madrid el foro anual que organiza la plataforma por el Suroeste en Red, una loable iniciativa impulsada por el economista Antonio García-Salas y cuya principal reivindicación es la finalización de la conexión del AVE Madrid-Lisboa, que resultará altamente beneficiosa para todos los territorios ibéricos, ya que hará posible el sueño de unir el Atlántico con el Mediterráneo. Antonio García-Salas desarrolla una labor titánica de movilización empresarial y de “lobby” social que merece ser reconocida y aplaudida.
La península Ibérica es una tierra antigua. Nos lo acaba de recordar el acuerdo de colaboración firmado por los alcaldes de Tarragona (Tarraco) y Mérida (Emerita Augusta), las dos grandes capitales de la Hispania romana, para promocionar conjuntamente su impresionante patrimonio arquitectónico. Cuando algún día concluyan las obras de la línea Madrid-Lisboa, estas dos ciudades milenarias estarán unidas por el AVE.
España y Portugal tienen un reto común marcado en el calendario: la celebración, junto con Marruecos, del Mundial de Fútbol de 2030. Este acontecimiento debería servir de acicate para que los gobiernos de Lisboa y Madrid aceleren al máximo las obras pendientes del eje Atlántico-Mediterráneo. La historia no se detiene ni retrocede.
Jaume Reixach

