Con un convulso horizonte electoral —10 días después de las urnas brasileñas y 25 antes de las españolas—, la XXX Cumbre Iberoamericana de Madrid (4-5 de noviembre) arranca bajo el signo de la incertidumbre. Por tanto, 35 días separan los comicios presidenciales brasileños de las elecciones generales de España. En medio de este apretado calendario, Madrid recibirá a las delegaciones diplomáticas de los 22 países que componen la comunidad. La incógnita sobre la representación del gigante sudamericano es inmediata: ¿en qué condición acudirá la delegación de Brasil tras el veredicto de sus urnas y cuál será el protagonismo de su jefe de Estado, sea el saliente o el entrante?
La tradición diplomática brasileña suele otorgar al sistema iberoamericano un interés intermedio de prioridad y rango, no siempre presidencial, aunque en ocasiones señaladas acude el mandatario junto al ministro de Exteriores. De vez en cuando, menos de lo que debería, Brasil ha postulado a dirigentes para liderar organismos sectoriales iberoamericanos, como el caso del paniberista Paulo Speller en la OEI (2015-2018) o el de Alexandre Pupo, actualmente en la OIJ. Si Luiz Inácio Lula da Silva resulta derrotado en la segunda vuelta, Madrid podría ofrecerle un merecido reconocimiento institucional a su dilatada trayectoria histórica, con varios hitos en su haber como el acuerdo UE-Mercosur y las Cumbres bilaterales. Si Lula gana, puede ser una magnífica oportunidad de diálogo regional tras la parálisis de la CELAC.
Por otro lado, la reconfiguración de las derechas muestra matices bien distintos a ambos lados del Atlántico. Mientras en Brasil la extrema derecha hegemoniza el espectro conservador tras desplazar al centrão y arrollar al partido Missão, en España el Partido Popular busca consolidar mayorías coaligándose con un Vox muy crecido. Ante una hipotética victoria ultraconservadora en Brasil, la presencia de Flávio Bolsonaro en la capital española añadiría una indudable dimensión interna a su viaje, dada su sintonía con la formación de Santiago Abascal en plena precampaña española. Sin embargo, conviene recordar que la Cumbre Iberoamericana no debe degradarse a una plataforma de campaña ni en un foro reservado a una sola familia ideológica. Ahora bien, a veces algunas agendas de Estado avanzan por afinidad ideológica. Esto ha sido así en los Gobiernos de Sánchez en su relación con Portugal y Brasil.
La alternancia es saludable y, como es natural, un sector creciente de la población se cansa de los presidentes en ejercicio cuando llevan un tiempo en el poder. Del mismo modo, hay quien tiene miedo al cambio si este va aparejado a ciertos riesgos de exclusión política y social. En ese caso, no hablaríamos de alternancia, sino de ruptura constitucional. A los problemas de pluralismo y convivencia —de unos y otros— se suman los problemas geopolíticos y de opacidad. Por ejemplo, recientemente se ha conocido que varios buques de guerra y patrulleras de la Marina Real de Marruecos entraron sin autorización en aguas de Ceuta los días 30 y 31 de julio de 2026, coincidiendo con una llegada masiva de miles de personas a la ciudad autónoma. Esta información fue hurtada a la opinión pública, lo cual es grave.
La reciente presencia de Marco Rubio en Portugal (un día antes de las sanciones al TPI) y su discurso en Grecia reflejan una visión occidentalista que merece ser contrastada con la profundidad histórica y la diversidad del espacio ibérico. Un recorrido por Sevilla, Murcia o las Islas Canarias —territorios estrechamente vinculados a las raíces familiares del político estadounidense— serviría para demostrar que la identidad hispánica y europea no se agota en una lectura reduccionista del mundo. En el Columbus Day, Rubio no ha tenido la valentía de celebrar la hispanidad (sumada a la italianidad), aunque haya felicitado a España por su día nacional. Por otro lado, quizá la rehabilitación de Delcy Rodríguez —como neobolivariana-trumpista— por los presidentes del Escudo de las Américas, les obligue paradójicamente a garantizar su presencia en la Cumbre y no boicotearla. Asimismo, el papel de Felipe VI es posible que compense en gran medida cualquier tipo de cancelación contra Sánchez.
Madrid, convertida en la gran capital iberoamericana e iberófona de Europa, encarna esa vitalidad colectiva. La marea sociocultural de la capital desborda las narrativas de los partidos políticos. La comunidad panibérica es una sociedad de lazos vivos donde el español y el portugués nos permiten reconocernos y cooperar sin la exigencia previa de pensar igual. En este contexto, EL TRAPEZIO estará debidamente acreditado para dar cobertura a la Cumbre Iberoamericana, mientras que la Sociedad Iberista organizará una cena de fraternidad en paralelo. Una comunidad madura no exige pensamiento único ni unanimidad ideológica: exige capacidad de encuentro, respeto a la discrepancia y vocación de cooperación. Esa será la verdadera prueba de fuego para Madrid.
Pablo González Velasco


