Betis y Oporto devuelven la Copa Ibérica de 1935 a la memoria

Comparte el artículo:

Hoy el Real Betis y el FC Oporto se enfrentan en La Cartuja por la Liga de Campeones. Es el primer enfrentamiento entre ambos clubes en una competición oficial. Para ellos será una jornada más de la competición continental, pero para quien mira la península como un espacio común es una cita con la memoria. El 7 de julio de 1935, en el Campo do Ameal de Oporto, ambos equipos disputaron la primera Copa Ibérica: el Betis como campeón de la Liga española y el Oporto como campeón de la portuguesa. Ganaron los portugueses por 4-2. Aquel partido fue algo más que un resultado, porque estableció una fórmula, la de enfrentar a los mejores de cada país para decidir quién lo era de toda la península y con ella una idea de fraternidad a través del deporte. El fútbol es el vehículo más eficaz para que esa idea llegue mucho más allá de los círculos donde suele debatirse el iberismo y el partido de hoy es una buena ocasión para comprobarlo.

El hilo que arranca en 1935 no se rompió del todo. Tras un intento frustrado en 1941, cuando las federaciones acordaron una liguilla de ocho equipos que no llegó a disputarse, la Copa se retomó en 1983 con Benfica y Athletic Club. Siguieron la edición de 1991, con Benfica y Atlético de Madrid, así como la de 2000, con Sporting y Real Madrid. En 2005 hubo otra con el Vitória de Setúbal y en julio de 2019 las ligas de ambos países organizaron en Portimão un torneo de pretemporada con Oporto, Betis, Getafe y Portimonense. No es casual que el Betis y el Oporto aparezcan en el origen de esta historia y vuelvan a coincidir en ella: son dos clubes con un lugar propio en las competiciones ibéricas. El Oporto ganó la Copa de 1935 y la de 2019, en cuyas semifinales eliminó precisamente al Betis en la tanda de penaltis. Los béticos, subcampeones en 1935, han estado presentes en ambas ediciones.

Lo más significativo es que la idea ha dejado de ser un asunto de entusiastas. En julio de 2024, la Diputación de Huelva aprobó una iniciativa para crear una Supercopa Ibérica que enfrentaría a los campeones de Liga y Copa de España y Portugal, con sedes en el Nuevo Colombino de Huelva y el Estadio Algarve de Faro. En octubre de 2025, el presidente del Oporto, André Villas-Boas, contó que había lanzado el desafío de una Supertaça ibérica a Pedro Proença, a los otros dos grandes portugueses y a los principales clubes españoles y que la propuesta había tenido buena acogida. Dos meses después, su club propuso una Taça Ibérica con los cuatro primeros clasificados de cada país. El 16 de diciembre, tras reunirse en Oporto con el presidente de LaLiga, Javier Tebas, el presidente de la Liga Portugal, Reinaldo Teixeira, resumió la posición común en tres palabras: compromiso, voluntad y oportunidad. Tebas confirmó que habían hablado del proyecto y reconoció el obstáculo real, que es el calendario. Se trata, pues, de un horizonte compartido por las dos ligas profesionales y no de una ocurrencia aislada.

La razón por la que el fútbol es el mejor aliado de una idea intelectual como el iberismo es sencilla. Un ensayo, un congreso o un manifiesto llegan a quien ya está interesado. Un partido llega a millones de personas que no han leído una línea sobre la cuestión y lo hace con un lenguaje emocional que no necesita traducción. Tanto el aficionado sevillano que viajase a Oporto como el portugués que cruzará la raya para ver a su equipo en La Cartuja descubrirán la proximidad que nos acerca a todos los pueblos ibéricos antes de teorizarla. Esa experiencia compartida crea una conciencia de afinidad ibérica que ninguna tribuna doctrinal puede fabricar.

Esa capacidad no es una intuición. La candidatura conjunta de España y Portugal al Mundial de 2030 la ha puesto a prueba a escala internacional. Presentada como proyecto ibérico, obligó a dos federaciones, a dos gobiernos y a más de una decena de ciudades a coordinar sedes, infraestructuras y diplomacia ante la UEFA y la FIFA. Un Mundial exige organización, interlocución, liderazgo y una imagen exterior sólida. La península demostró tenerlas cuando actuó unida. La escala peninsular es la adecuada para competir y para organizar y lo ocurrido con 2030 muestra que los dos Estados pueden sostener proyectos de mayor envergadura actuando juntos. Ese mismo éxito invita a pensar en colaboraciones más ambiciosas, en el deporte y fuera de él: una Supercopa estable, una competición regular de clubes y, ¿por qué no?, más allá de ellas, la coordinación en energía, infraestructuras, seguridad o incluso política exterior. El deporte funciona así como escuela práctica de cooperación. Lo que demuestra en el césped invita a ensayarlo en otros terrenos.

Hay, además, un valor simbólico que no debería pasar inadvertido. Los dos clubes que protagonizaron el partido de 1935 vuelven a verse las caras en el máximo escenario europeo y lo hacen por primera vez en una competición oficial, noventa y un años después de aquel precedente. Hubiera sido deseable que ambos lo conmemoraran juntos, con un recuerdo compartido, un gesto entre sus fundaciones o una referencia en el programa de mano. Aun sin ello, la fecha invita a reconocer que lo que hoy se plantea en los despachos de las ligas, la copa ibérica de campeones, tuvo su primera encarnación en un Betis-Oporto. Es una genealogía que honra a ambos clubes y que merece ser contada.

Cuando las supercopas ibéricas vuelven a estar de moda en balonmano, voleibol, hockey, baloncesto y otras modalidades, el fútbol, que fue pionero, tiene la ocasión de recuperar su lugar. Los dirigentes dicen que la copa se hará cuando haya oportunidad. Las oportunidades, en el deporte como en la política, suelen ser obra de quienes las preparan: de los clubes que se atreven a proponerlas, de las ligas que las aprueban, de las instituciones locales que se ofrecen como sede y de una afición que lo vería con interés y emoción. Hoy, en La Cartuja, hay un buen motivo para recordar que esa copa empezó a jugarse en 1935 y que nuestra península tiene todo lo necesario para que no vuelva a interrumpirse.

Pablo Revilla Trujillo