El Trapezio

En Halloween que no te den calabazas, dale una castaña al yankee

Cuando comenzó a entrar en España esa extraña fiesta de Halloween, como siempre, a través de Hollywood, el sector más tradicionalista y católico español sintió amenazada la tradicional fiesta de Todos los Santos por una innovación foránea.

Halloween llegó a Estados Unidos en el siglo XIX a través de los inmigrantes irlandeses, que llevaron una antigua fiesta llamada Samhain, con orígenes en la época celta precristiana. Por tanto, no es ninguna moda nueva. En su tradición, vaciaban nabos, les hacían caras terroríficas y, en su interior, introducían la luz de una vela para ahuyentar a los malos espíritus.

Ilustración de un castaño rodeado de castañas, calabazas talladas y hojas.
Ilustración de Jesús Ángel Martín.

Sin embargo, para que una tradición arraigue en un territorio, debe adaptarse a él. Una vez instalada allí, los nabos fueron sustituidos por calabazas, plantas originarias de América.

Pero en Iberia no estábamos faltos de esas fiestas profanas dedicadas a los difuntos que, a diferencia de las religiosas, en vez de girar en torno a lo teológico y estar centradas en la liturgia, giran en torno a la naturaleza y sus ciclos; en este caso, el agrícola, que terminaba y daba comienzo a un largo y duro invierno de escasez.

Como indicaba, para que un festejo sea realmente tradicional y folclórico, la celebración tiene que estar en consonancia con el ecosistema que ese pueblo habita.

En la Raya, la base de la alimentación, una vez que la huerta, por falta de sol, apenas daba frutos, estaba basada en la castaña. En estas fechas, el castaño está soltándolas al suelo en su momento óptimo de consumo.

Hasta que el maíz y la patata llegaron de América, la castaña era básica para la supervivencia al llegar el invierno en estas regiones. Grandes bosques de castaños habitan las zonas montañosas y húmedas de un lado y otro de la frontera, como las sierras de Béjar y de Francia, en Salamanca; El Bierzo, en León; las franjas interiores de Galicia, o Trás-os-Montes, en Portugal. Estos bosques nos han brindado su alimento, su madera para la arquitectura popular y nuestros muebles tradicionales, su corteza para nuestra cestería, sus hojas para alimentar al ganado e incluso nos han servido de medicinas.

La castaña asada, y no la calabaza, es desde tiempos inmemoriales la protagonista de estas fiestas llamadas Samaín en Galicia, Magosto en lo que fue la región leonesa, Magusto en Portugal o Calvotada en Extremadura.

Si algo me gusta de los estadounidenses es que, siendo conscientes de que están faltos de historia y folclore, siempre han estado abiertos a recoger tradiciones de otros pueblos recién llegados a sus tierras y hacerlas propias.

Su cultura es en realidad una fusión de todas las culturas, y eso es fantástico. El paradigma de esto es precisamente Halloween, que se diferencia del Samhain de los irlandeses porque mezclaron esa tradición con las creencias en zombis propias del vudú de Haití, las supersticiones sobre vampiros de Europa del Este, etc.

Pero si hay algo que no me gusta de ellos es que, cada fiesta popular que tocan, la ven como una oportunidad de negocio y parecen ser incapaces de divertirse si no es mediante el consumismo.

Aquellas calabazas tomadas de la tierra americana se convirtieron en calabazas de plástico, murciélagos de goma, espráis químicos para hacer telas de araña, caretas de usar y tirar y sangre artificial fabricada en la otra punta del planeta, que acaba al día siguiente llenando los contenedores de residuos no biodegradables.

A mi entender, eso convirtió en artificial no solo la sangre, sino quizá toda la celebración; la desenraizó de su territorio y la hizo discordante con la naturaleza.

En la fiesta del del Pão por Deus, celebrada por esas fechas, los niños portugueses piden por las casas broas, frutos secos y granadas naturales en la época propia de su maduración. En Estados Unidos, enseguida surgieron empresas de golosinas industriales con forma de calavera para repartir a los niños y darles un buen chute de glucosa, como allí dicen: «Business is business».

Lo mismo le ocurrió a la solemnidad: se pasó de una fiesta de recogimiento en la que la familia recordaba a sus antepasados y rogaba por su bienestar en el más allá, a caricaturizaciones banales de muertos vivientes y películas de vísceras para recaudar en taquilla.

Se pasó de inculcar a los niños respeto por los difuntos a convertir a los muertos en motivo de mofa, broma, susto y diversión.

Se dejó de llevar a los niños a recolectar al bosque para que interiorizaran el agradecimiento y valoraran lo que la madre naturaleza da, para llevarlos a un centro comercial como fuente de ocio.

El problema no es que nos cambien las castañas por las calabazas ni que se deje de vestir a los niños de domingo para visitar el cementerio para vestirlos de bruja.

El problema es que se ha vaciado la fiesta de espiritualidad y se ha rellenado con consumismo, pues, en mi opinión, donde entra el mercantilismo, la espiritualidad desaparece.

Halloween, en su origen, debió de ser una fiesta maravillosa, y el Magosto o Magusto, a día de hoy, lo sigue siendo, hasta que aparezcan los mercaderes y nos agüen la fiesta, que de momento es gratuita, con tanto bosque comunitario y tanto castañar abandonado que hay en nuestra tierra.

Andrés Hernández López

Salir de la versión móvil