Icono del sitio El Trapezio

Lecciones prácticas del lulismo para el sanchismo

Ilustración comparativa de Lula y Sánchez con esquemas sobre alianzas y sistemas políticos.

El triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil se está observando desde la izquierda española con una mezcla de admiración y mimetismo táctico. Sin embargo, para poder comparar el lulismo con el sanchismo hace falta entender dos arquitecturas de poder radicalmente distintas. Mientras que Lula encarna una lógica de gran coalición y base social integradora, Pedro Sánchez opera mediante un pragmatismo de trinchera y negociaciones de impunidad o privilegios por votos. De esta comparativa emergen lecciones clave —y límites evidentes— sobre cómo la izquierda construye mayorías y ejerce el poder a ambos lados del Atlántico.

La principal genialidad de Lula radica en su capacidad para arrastrar desde el centro-derecha hasta la izquierda radical. Construyó una alianza democrática transversal cuyo símbolo inequívoco es su vicepresidente, Geraldo Alckmin —su antiguo rival, candidato de la derecha democrática (PSDB) en 2006—. Un partido, el PSDB, que fue arrollado por el bolsonarismo. En la equivalencia española, que a muchos dejará atónitos, sería como si Sánchez tuviera a Núñez Feijóo como su número dos para contener la amenaza de la extrema derecha de Santiago Abascal (bolsonarismo).

Lula ejerce un caudillismo reformista y democrático, distinto al típicamente quijotesco hispanoamericano. Se trata de un discurso nacional transversal sin complejos que apela a la conciliación de clases y a la erradicación de la pobreza extrema sin dinamitar la relación con el gran capital y en plena armonía con la diplomacia histórica del Itamaraty. Sánchez, en cambio, condicionado por su «no es no» y por la sociología política española, ha adoptado un papel sectario hacia la derecha moderada. Sectarismo que en España se extiende a ambos lados, asumiendo un supremacismo moral o llamando tontos al electorado de enfrente. El sanchismo no busca una mayoría social popular integrada con el centro, sino la articulación de un bloque de investidura plurinacional.

En el terreno de la comunicación, la campaña brasileña ofreció un manual práctico de movilización de masas. Además de los estudiantes en las calles, una de las piezas clave fue la red articulada por André Janones: El Ejército de Lula, un canal unidireccional de WhatsApp con más de 10 millones de activistas encargados de recibir misiones diarias y cumplirlas. De forma coordinada e inmediata, esta estructura bombardeaba las plataformas, alimentaba los algoritmos a favor de Lula y marcaba la agenda de discusión pública frente a la maquinaria de la extrema derecha, ayudada por Meta. Janones ha recibido una oferta del PSOE para colaborar en la campaña electoral española.

Implantar este método en España supondría crear un ejército digital prosanchista para condicionar las redes y determinar la conversación pública antes de que reaccione la oposición. Sin embargo, el mimetismo tiene sus límites: la oratoria de Janones, de estilo marcadamente evangélico, difícilmente encaja en el electorado español sin adaptaciones. Además, en un ecosistema como el español —donde la extrema derecha aprendió de la izquierda radical las técnicas de purga interna y polarización—, cualquier movimiento de esta índole sería replicado al instante por el Partido Popular y Vox. No es difícil darse cuenta de que Santiago Abascal adoptó de Pablo Iglesias sus técnicas de apropiación de líneas políticas de los purgados y el oportunismo con el aliado mayor de su bloque ideológico. Iglesias las había aprendido de Carrillo y Stalin.

Las diferencias en la gestión del poder responden de manera directa a la arquitectura constitucional de cada país. 1) En el sistema presidencialista brasileño, Lula toma posesión tras ganar la votación directa ciudadana y negocia a posteriori la gobernabilidad repartiendo ministerios y partidas presupuestarias entre las fuerzas del Centrão. Su liderazgo emana del prestigio personal de un referente sindical con biografía fuera del teatro político. 2) El parlamentarismo español exige una investidura previa donde la imposibilidad de acuerdos entre los grandes partidos constitucionales obliga a articular mayorías con sectores identitarios. En este entorno, Sánchez —que no tiene biografía relevante fuera de la política— ha consolidado su hegemonía mediante el control directo de la militancia frente a la vieja guardia del PSOE, apoyándose en la alta flexibilidad táctica, en algunas cloaquillas y en la concesión continua a socios territoriales. El voto de investidura probablemente sea un error de diseño institucional. En Portugal, por ejemplo, no existe y también es parlamentarista. Siendo una realidad, los partidos españoles deberían tener líderes que aspirasen a discursos de amplias mayorías. Si no dieran más de sí, entonces habría que sustituirlos.

La victoria de Lula beneficia a España en su conjunto al estabilizar la relación geopolítica con el 50% de Iberoamérica, superando el estricto interés del propio Sánchez, quien apostó fuerte por su triunfo. Lula tendrá buenas relaciones también con un eventual gobierno del PP. Así fue con Aznar. De hecho, en 2003 firmaron una alianza estratégica entre Estados, aún vigente. El problema radicará en si Vox condicionará esta relación, dada su servidumbre a Marco Rubio. No obstante, queda la duda de la reciprocidad del actual PP con Lula por la actitud de Mariano Rajoy al pedir el voto a Flávio Bolsonaro y por algunas recientes palabras inoportunas de Tellado.

Por último, la relación binacional hispanobrasileña sigue adoleciendo de una carencia estructural: la falta de una narrativa geopolítica aliancista e integradora que vaya más allá de la agenda de resistencia ideológica, multilateral o democrática. Hoy, la gran duda es si Lula va a venir a la Cumbre Iberoamericana de la próxima semana. Sería muy importante que viniera a Madrid, tanto para los intereses de Estado como para la moral de la tropa del sanchismo. Mientras tanto, Flávio Bolsonaro se ha hecho un Puigdemont.

Pablo González Velasco

Salir de la versión móvil