En estos tiempos en los que todo el mundo opina de todo sin saber de apenas nada, yo me sumo. ¿Por qué? Porque ojalá me lluevan críticas que me sirvan para seguir aprendiendo y reflexionando. Repelente, pero cierto. Quiero hablar de Ceuta y nunca he estado allí. ¿Qué sé de Ceuta? Un par de referencias de unos amigos cuyas parejas son ceutíes, algo del conde don Julián, algo del dominio portugués sobre la plaza, no sé qué de una valla y lo que sale en los medios de comunicación -los que leo- en los últimos días. A ver qué me sale con estos mimbres.
Lo cierto es que la chispa del texto que escribo ahora surge, obviamente, a raíz de las noticias de actualidad y, a consecuencia de ello, del recuerdo lejano de haber discutido sobre aquella ciudad autónoma con un portugués hace ya bastantes años. Corría el curso académico 2012-2013 y me encontraba haciendo mi año Erasmus en Budapest (Hungría). En una de tantas noches festivas -creo recordar que serían fechas carnavalescas porque yo estaba disfrazado, mira qué casualidad, de jeque árabe- mantuve una larga y profunda conversación con Nuno, portugués de Porto que aquel año fue una de mis más íntimas amistades.
Ambos éramos estudiantes de Historia de último año y discutíamos apasionadamente sobre el pasado, el presente y el futuro, a menudo desde posiciones opuestas. Yo defendía, por ejemplo, que Portugal, igual que España, no podía entenderse sin la impronta islámica, pues conocía bien la impronta histórica y patrimonial andalusí y mudéjar de Alentejo. Nuno, por su parte, desde su óptica portuguesa del norte, manifestaba que su país era fruto de una completa trasposición social, cultural y política del territorio portucalense en el sur sin dejar pervivencias del período anterior a la conquista. Por supuesto, tampoco estábamos de acuerdo en la cuestión de Olivenza.
Aquella noche de invierno húngaro -recuerdo los bloques de hielo en el Danubio- nuestra conversación, como digo, sacó a relucir la ciudad de Ceuta. Él negaba la españolidad ceutí en tanto que plaza sita en geografía continental africana, rodeada por completo del reino de Marruecos y, además, había sido conquistada originariamente por Portugal, por ende, de tradición -cultural, según su opinión- portuguesa. Decía que Ceuta era marroquí o portuguesa, pero no española, puesto que su españolidad radicaba únicamente en el dominio político del Estado español (Ceuta separó su destino del Portugal al mantenerse fiel al rey Felipe IV en el marco de la Guerra de Restauración portuguesa, 1640-1668). Mi postura era -y sigue siendo- que Ceuta es tan española como cualquier otra ciudad de España, incluida Olivenza.
Con el tiempo me di cuenta que aquella posición ideológica de Nuno era la propia del nacionalismo irredentista portugués, el que mantiene latente la reclamación oliventina; equivalente al catalanismo que defiende que Perpiñán es Cataluña, al vasquismo que dice que Iparralde es País Vasco, o al españolismo que grita ¡Gibraltar español! Lo interesante de todo esto es cómo aquella discusión ha vuelto a mi mente con la crisis migratoria que ha sucedido en este verano de 2026. En efecto, si bien Portugal no parece haber reclamado derechos sobre Ceuta en los últimos días, más allá de conmemorar el episodio de la conquista de 21 de agosto de 1415, sí ha ocurrido esto con Marruecos, que vuelve a insistir cada cierto tiempo en sus pretensiones sobre Ceuta y también sobre Melilla.
Partiendo del principio ineludible de la españolidad de ambas ciudades autónomas -baste decir en este sentido que impera el derecho internacional y la integridad de los países que conforman la Unión Europea-, de la circunstancia histórica ceutí y de la relevancia estratégica que tiene y tendrá para España y para Europa en las próximas décadas, conviene colocarla en primer plano de actuación política, social y cultural, así como repensar su papel clave en la confluencia de intereses comunes español, marroquí y también portugués.
Ceuta representa, además, esa multiculturalidad -y, en ocasiones, interculturalidad- de la que se jacta Europa, que es a su vez la esencia histórica de Iberia y de su contorno norteafricano. Debería ser éste, pues, en el contexto globalizado en el que nos encontramos y pese a las inercias contrarias que hoy van ganando terreno, el pilar básico en torno al que se fundamente la singularidad ceutí. Puede tomarse como ejemplo histórico, incluso -y salvando las distancias- la ciudad de Tánger. El reto está en convertir la coexistencia en convivencia real -tenemos ejemplos en nuestra historia de cómo no hacerlo- y en imprimir internacionalidad a la ciudad norteafricana española, con protagonismo especial para Marruecos y para Portugal.
Si Ceuta deja de ser periferia y adquiere centralidad española y europea, si en ella se crean instituciones comunes a los países ibéricos y marroquí y se ponen las bases de una interlocución fluida y fraternal, muchos de los problemas actuales podrían remitir. No hay varita mágica, pero tal vez pueda desarrollarse un colchón territorial fronterizo, compartido, que ayude a encauzar y administrar mejor la problemática humanitaria que está detrás de todo conflicto migratorio. Sin buenas relaciones con Marruecos, la cuestión no hará sino complicarse.
Y por el lado ibérico, España es más fuerte yendo de la mano de Portugal, de todos es sabido. Compartimos la condición de zaguán geográfico de la Europa continental y Ceuta puede actuar como símbolo y oportunidad más para entrelazarnos mejor. Creo que es oportuno incluir a Portugal en la ecuación ceutí, no para agrado del nacionalismo portugués -¡Dios me salve!-, sino porque es un pegamento más que, como se ve, resulta clave para toda Europa.
Nuno, gracias por aquella conversación.
Juan Rebollo Bote
Lusitaniae Guías-Historiadores


