La revolución neopentecostal latinoamericana

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Siempre he observado con una distancia crítica la estética evangélica del culto televisivo, los gritos de victoria y el fervor de estadio. Sin embargo, resulta intelectualmente deshonesto ignorar la conquista de almas que ha redibujado el mapa de América Latina. Algo de virtuoso, o al menos de peligrosamente eficaz, debe tener su método cuando han logrado lo que la izquierda política, los sindicatos y la Iglesia Católica tradicional parecen haber olvidado: la inserción real, física y emocional en el corazón de la exclusión.

Para entender este fenómeno, debemos rastrear su ADN. La «brocha gorda» de la sociología clásica señala a Estados Unidos y a la CIA como exportadores del protestantismo en los años 70 para frenar el avance del marxismo y de la Teología de la Liberación. Si bien hubo misiones directas, el neopentecostalismo actual no es un producto importado «llave en mano», sino una mutación autónoma y profundamente mestiza.

Aunque los movimientos neopentecostales centran su doctrina de salvación y su liturgia en el Nuevo Testamento (especialmente en los Hechos de los Apóstoles y las epístolas de Pablo), su imaginario y escatología beben profundamente del Antiguo Testamento.

Edificio de la misión del Evangelio de la Fe Apostólica en la Calle Azusa.Su raíz teológica se remonta al Reavivamiento de la Calle Azusa (1906-1915) en Los Ángeles, protagonizado por William J. Seymour, un predicador afroamericano, hijo de exesclavos que practicaban una cierta religiosidad africana. En la iglesia de Seymour no había segregación racial. Allí nació el pentecostalismo moderno con una influencia africana transculturada y transterrada (a las Américas) decisiva: el trance, la glosolalia (hablar en lenguas), el ritmo sincopado y la catarsis corporal. Los coros de la música gospel son un buen ejemplo, pero también se adaptan a otras culturas musicales.

Al llegar a América Latina, este «software» angloafricano corrió sobre un «hardware» cultural iberobarroco, que ya tenía conexiones africanas. El resultado es un híbrido: mantienen la estructura jerárquica y el personalismo del caudillo ibérico (el Pastor Ungido), pero le inyectan la ambición pragmática del sueño americano, en el marco de una fe equivalente a un optimismo antropológico, donde la posibilidad de cambio en tu vida depende de tu firme voluntad. Ahora bien, el neopentecostalismo tiene más dificultad en el intento de adaptar las fiestas tradicionales, que tiene que desdibujarlas, especialmente las asociadas a los santos.

En España, aunque todavía representan un modesto 3% de la población con casi 5.000 iglesias pequeñas, su presencia es ya un hecho innegable. En Brasil alcanzan un tercio de la población y décadas atrás en lugares de alta concentración de población negra y mestiza, como Salvador de Bahía, consiguieron conversiones en masa. No obstante, en Brasil y el Caribe existe también una forma personal y pluralista de la experiencia religiosa donde se mezclan diferentes religiones, aunque es precisamente desde el evangelismo quienes más intentan practicar la exclusividad. Sin embargo, existe competencia entre iglesias evangélicas.

El núcleo de este movimiento es la Teología de la Prosperidad. ¿Podemos condenarla viviendo en una economía de mercado global? Como señalaba Adam Smith, no esperamos nuestra cena de la benevolencia del carnicero, sino de su interés propio. Cierto es que católicos y musulmanes piensan antes en ser un contrapeso del capitalismo que una argamasa, pero también hay que decir que existen evangélicos de izquierda moderada. El neopentecostalismo ha santificado este interés bajo la premisa de que «Dios quiere que seas exitoso». Es el «enriquecerse es glorioso» de Deng Xiaoping pasado por el filtro de los salmos. Desde mi punto de vista, el ser humano necesita cultivar tanto su parte individual como social. No deberían excluirse mutuamente, ni por el afán de prosperar ni por el afán de defender un bienestar colectivo.

Para un trabajador en situación de pobreza, el mensaje neopentecostal no es una estafa; es una herramienta de empoderamiento. El fiel deja de verse como una víctima del sistema para verse como un «hijo del Rey». Esta narrativa genera efectos prácticos inmediatos:

  1. Dignificación y Disciplina: La conversión exige el abandono del alcohol, el juego y las drogas. Esto genera un ahorro forzado que estabiliza la economía familiar más rápido que cualquier subsidio estatal.

  2. Capacitación en Liderazgo: Las iglesias se organizan en células. Un obrero o una empleada doméstica terminan dirigiendo grupos, aprendiendo oratoria, gestión de conflictos y organización de eventos. Es una escuela de «habilidades blandas».

  3. Capital Social (Networking): La iglesia es una bolsa de empleo gigante. Existe un código de confianza mutua que facilita el comercio y el trabajo. Es un activo intangible: pagan una cuota (diezmo) a cambio de una red de seguridad que el Estado no provee.

Es impactante observar la influencia afro no reconocida en el mundo neopentecostal. Aunque oficialmente estas iglesias suelen demonizar las religiones de matriz africana (Candomblé, Santería, Vudú), comparten una estructura ritual casi idéntica. La Guerra Espiritual neopentecostal no lucha contra abstracciones, sino contra «demonios» o «principados» que causan la enfermedad o la pobreza. Esta dinámica de «limpieza» espiritual es el espejo de la brujería africana.

La exaltación de la herencia judía y del sionismo que vemos en sus templos -llenos de menorás y banderas de Israel- es puramente estética y geopolítica. En Río de Janeiro, existe un barrio favelizado llamado Complexo de Israel, controlado por fuerzas irregulares que se dicen evangélicas y hacen negocio con el narco y explotan a la población. No existe una influencia judía real en la doctrina evangélica, pero sí una apropiación de sus símbolos para validar la «profecía del retorno» y la cercanía de la Segunda Venida. Es una estética de la victoria y el poder que conecta con la geopolítica del apoyo a Israel, sirviendo como un ancla de identidad «bíblica» frente al mundo moderno. Es típico el turismo a Israel y realizan un bautismo por inmersión completa en el río Jordán.

El neopentecostalismo es un maestro del oportunismo pragmático. Inicialmente, en países como Brasil, se aliaron con la izquierda. Lula lo entendió bien: cuando un pobre va a un sindicato, recibe promesas a largo plazo; cuando va a la iglesia evangélica, recibe consuelo y soluciones inmediatas. Sin embargo, a medida que su base social ascendió a la clase media gracias a la propia disciplina de la iglesia, sus intereses cambiaron.

El giro a la derecha fue inevitable cuando la izquierda avanzó en la agenda de derechos civiles (aborto, matrimonio igualitario). Chocaron con el fundamentalismo, aunque décadas atrás los neopentecostales, o el propio Bolsonaro, defendieron medidas para la planificación familiar y el aborto. Hoy, las iglesias multinacionales neopentecostales son jugadores de poder que negocian cuotas de ministerios y concesiones de televisión. También lo hicieron con Maduro. Y, en muchos países latinoamericanos, han pasado de ser «actores sociales» en las periferias a ser el «voto en bloque» que decide presidencias.

Aquí entra el debate sobre el fraude y la rentabilidad. Desde una perspectiva católica, el lujo del pastor es condenable. Pero bajo la lógica neopentecostal, si el pastor es rico, es porque su método funciona; es la prueba social de que Dios bendice. Si el «cliente» está satisfecho con el servicio de esperanza y contención emocional recibido, la retribución económica se ve como una inversión justa. Es difícil de entender para una mentalidad secular o tradicional, pero funciona como un seguro de salud espiritual en sociedades donde el nivel de riesgo de perecer es alto.

Nuestra visión democrática nos obliga al respeto del pluralismo religioso. Se puede ser evangélico y español, igual que se puede ser musulmán y español. Debemos reconocer el legado católico en nuestra identidad; ese poso cultural mudéjar y barroco, que prefiero llamar así para evitar discursos monorreligiosos en el presente y en la interpretación de nuestras raíces diversas.

Sin embargo, no podemos ignorar que el auge protestante es también una reacción a los excesos de la posmodernidad, que paradójicamente en gran parte ha bebido de la libre interpretación subjetiva que trae el protestantismo secularizado. Todo un caldo de cultivo para las ideologías de la sospecha y las teorías de la conspiración. Evidentemente el mundo tridentino de las verdades objetivas únicas tampoco era bueno; e incluso lo mejor del catolicismo se podría encontrar en la actitud intercultural de algunos frailes franciscanos, o en las heterodoxias populares en el ámbito del Mediterráneo y de Iberoamérica.

El neopentecostalismo ha ocupado el espacio que dejó la Teología de la Liberación jesuita, cuyas soluciones marxistas no calaron tanto como la promesa de prosperidad individual. El éxito de estos movimientos es, en última instancia, el síntoma de una orfandad. Mientras las élites intelectuales fomentan un prejuicio clasista contra estos «pesados e invasivos» proselitistas, ellos siguen ganando la calle, aunque puede que en Brasil hayan llegado a su techo. No obstante, saben adaptarse a las sociedades y públicos a los que se dirigen, en cada coyuntura histórica. El catolicismo, a través de su movimiento carismático, ha introducido en sus misas algunos estilos y músicas que recuerdan a los evangélicos.

El evangelismo neopentecostal no es solo una religión, sino también un algoritmo de supervivencia emocional y económica en un mundo. A diferencia del catolicismo, el dolor y la escasez no son cruces que cargar, sino «ataques» que deben ser vencidos mediante una fe declarativa y proactiva que exige resultados tangibles en el aquí y el ahora. Ofrece así un consuelo vinculado a una promesa que pasa por la experiencia sensorial y el compromiso con la red local de ayuda mutua. Así completan un círculo, un ciclo infinito, para evitar la frustración, que quizá sea su punto débil si se tienen altas expectativas. Ahora sí, con estas bases, podemos entender mejor esa teología de la prosperidad neopentecostal.

Pablo González Velasco