Un reto intelectual es mantener una línea de coherencia en los discursos sobre Gibraltar, Ceuta, Melilla y Olivenza. Es cierto que la correlación de fuerzas entre gobiernos permite una argumentación ad hoc, pero aquí vamos a intentar establecer criterios conjuntos. De entrada, diremos que se trata de conquistas anteriores a las primeras constituciones que establecían la soberanía nacional, así como agregaremos que la opinión actual de la población local, en todos los casos, es favorable a quien domina esas ciudades. Por lo que nadie de los que quieren cambiar el statu quo quiere un referéndum. No obstante, el derecho de autodeterminación sólo tendría sentido si la población es descendiente de la originaria y si su opresión lleva a una exclusión de la participación plena en la nacionalidad (incluyendo el ejercicio de la pluralidad cultural y el juego democrático del Estado de Derecho). En cualquier caso, su opinión es un factor relevante en las negociaciones entre Estados.
Sólo el pueblo de Olivenza es descendiente de la población originaria, pero está plenamente integrado en el cuerpo territorial y administrativo español. Melilla estaba despoblada cuando se conquistó. En cambio, la toma de Gibraltar y Ceuta (esta última por parte de Portugal) implicó una sustitución poblacional; es decir, un vaciamiento de la población previa y la llegada de colonos. La población expulsada de Gibraltar (unas 5.000 personas) se instaló en San Roque, a unos 13 km del Peñón. Hoy en día, no existe entre los sanroqueños un sentimiento de agravio que empuje a sus descendientes a exigir reparaciones o recuperar propiedades del pasado. Ahora bien, tras varios siglos de «nuevos gibraltareños», además de los derechos adquiridos por el transcurrir de muchísimas generaciones, existen parentescos y mezclas con la población adyacente.
Hay muchos gibraltareños, de diferentes generaciones, hijos de madre gaditana. Por Gibraltar pasaron muchos exiliados españoles, incluso iberistas como Andrés Borrego, quien huyó allí tras la intervención francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis. La abuela materna de Fabian Picardo, ministro principal de Gibraltar, era una andaluza republicana de izquierdas que se refugió en el Peñón durante la Guerra Civil. En ese sentido, Picardo ha desarrollado un poder blando progresista, solidarizándose con Sánchez y sumándose al reciente foro de Barcelona.
Si hiciéramos una prueba de ADN a un gibraltareño «típico», el resultado arrojaría una mezcla de genovés (aprox. 35%), maltés, español, portugués, británico y judío sefardí. Estos últimos eran descendientes de los expulsados en 1492 que, al llegar a Gibraltar desde Marruecos, trajeron la Hakitía (judeoespañol), que influyó profundamente en el Llanito. Por tanto, su composición cultural no es un cuerpo extraño a la ibericidad y la mediterraneidad. Que conste que no es mi intención denigrar a ningún tipo de migración.
Gibraltar fue conquistada conjuntamente por el bando austracista y la fuerza naval inglesa en el marco de una guerra civil y patrimonial de sucesión a la Corona entre Borbones y Austracistas (Casa de Habsburgo). Los que conquistaron la plaza del lado austracista protestaron por las intenciones oportunistas de los ingleses; hubo, por tanto, un desvío de la finalidad de la toma. Finalmente, tras una negociación internacional para repartirse las posesiones españolas en Europa y otros privilegios comerciales —estableciendo un nuevo equilibrio entre imperios y legitimando así al nuevo rey Borbón en España—, el Reino Unido logró el reconocimiento jurídico de su dominio de facto sobre Gibraltar y Menorca. Casi un siglo después, España recuperó definitivamente Menorca por vía militar y diplomática, pero podría haber tenido el mismo destino que Gibraltar.
La denominación completa de Marruecos en árabe es Al-Mamlakah al-Maghribiyah (المملكة المغربية), que significa literalmente «El Reino Marroquí». La palabra Maghrib se refiere al lugar donde se pone el sol. Por eso, en el mundo árabe se conoce históricamente a Marruecos como Al-Maghrib al-Aqsa: «El Extremo Occidente». Por lo tanto, al igual que España (originariamente como Península Ibérica), Marruecos también tiene una referencia geográfica en su nombre, territorio donde se suceden diversas dinastías con sus continuidades culturales, patrimoniales y burocráticas. La palabra «Marruecos» en español procede de una deformación del nombre de la ciudad de Marrakech, que fue capital de varias dinastías.
Esto nos lleva al frágil argumento de que Marruecos «no existía» en tiempos de la conquista de aquellos enclaves. Antes de las naciones constitucionales políticas, se van consolidando progresivamente identidades antropológicas dentro de una dinámica de unificación dinástica, cuyas estructuras institucionales se modernizan y centralizan hasta constituir Estados-nación con nombres e idiomas oficiales. El nombre del Reino a veces cambia, pero esto no es necesariamente determinante, aunque ayuda al argumentario nacionalista (como el caso de los casi «900 años de historia» de Portugal).
En el caso español, si se asocia España a Hispania, se puede remontar a los romanos, aunque no fuera una entidad institucionalmente independiente. Para ello habría que llegar a la Hispania visigótica, al Al-Ándalus a partir del Emirato de Córdoba o al reinado de los Felipes. Posteriormente, la España sin Portugal dejó de ser península en su totalidad. El Estado-nación español se consagrará en Cádiz con su primera Constitución en 1812. Por tanto, es muy relativo decir cuándo empieza España, Portugal o Marruecos; primero hay que pactar un criterio conjunto para debatir estos asuntos.
Melilla y Ceuta fueron gobernadas -con gran continuidad- desde la península ibérica desde tiempos romanos, visigodos y andalusíes. Ceuta fue conquistada por los portugueses en 1415 y Melilla por los españoles en 1497, mucho antes del «reparto de África» del siglo XIX. Ambas respondían a la dinámica de las factorías y ciudades-fortaleza para el control de las rutas marítimas comerciales. Constitucionalmente serían integradas plenamente al territorio nacional con todos sus derechos. En cuanto a Ceuta, pasó a manos españolas tras la Unión Dinástica Ibérica por una adhesión de las autoridades y la aristocracia local para continuar bajo la monarquía hispánica, y nunca fue reclamada por Portugal.
España nunca consideró que la línea de entrada y salida de Gibraltar, al menos en el istmo, fuera una frontera internacional, sino un puesto policial irregular a consecuencia de la ocupación territorial británica y sus conquistas adicionales por tierra y mar -contra el Tratado de Utrecht-, aprovechando crisis sanitarias y la Guerra Civil. España considera que la «verdadera» línea de separación imaginaria con la «colonia» debería estar al pie del Peñón.
Hubo dos verjas metálicas, la primera fue la inglesa en 1908. En respuesta se puso una española a 800 metros. Franco no creó la verja española, sino que fue quien echó el candado. Un varapalo para los trabajadores transfronterizos. En el siglo XVIII, España había intentado aislar y asediar a Gibraltar en la Línea de la Concepción, construyendo una línea de fuertes. Con la invasión napoleónica, ingleses y españoles, ahora aliados, volaron esa línea de fuertes. En la actualidad, hace unos años, se retiraron las verjas metálicas (la española y la inglesa), quedando sólo los controles aduaneros.
Tras el reciente acuerdo alcanzado entre España, el Reino Unido y la Unión Europea, Gibraltar pasa de ser una «frontera dura» post-Brexit a convertirse, en la práctica, en un territorio integrado en el espacio Schengen y la unión aduanera, manteniendo su estatus de Territorio Británico de Ultramar. No es que se recupere la situación anterior, sino que se da un salto con la eliminación física y burocrática de los controles en la Verja.
En el pre-Brexit había controles rutinarios; tras él, se exigía pasaporte y había colas frecuentes. Ahora, a partir del 15 de julio, el control de pasaportes se traslada al puerto y al aeropuerto del Peñón, integrándose Gibraltar de facto en Schengen. Los ciudadanos españoles y de la UE podrán entrar libremente sólo con el DNI. España, con el apoyo inicial de Frontex, supervisará la entrada de viajeros de fuera de Schengen (como los vuelos del Reino Unido) para garantizar la seguridad del área europea. También se incluye una armonización fiscal y un fondo de desarrollo para el Campo de Gibraltar. Lo militar seguirá bajo control británico, pero sus militares deben registrarse para evitar mezclarse con lo civil.
Portugal optó por dar nacionalidad y derecho de voto a los oliventinos, lo cual tiene sentido al ser descendientes de aquella población. Olivenza era un territorio al otro lado del río Guadiana, por lo que la conquista española dejaba la frontera en el río, siguiendo una práctica histórica común. Por otro lado, Sumar ha propuesto dar la nacionalidad a los nacidos en el Sáhara Occidental antes de 1976 —lo cual apoyo—, pero no abriré ese melón ahora.
Olivenza y Gibraltar sólo se parecen en ser mecanismos para insuflar hispanofobia (en el lado inglés y portugués) o anglofobia (en el lado español). En lo demás, no se parecen en nada: Gibraltar está en el comité de descolonización de la ONU y va asociada a una base militar en un lugar de alto valor estratégico. Además, Olivenza es una conquista de frontera y no un enclave alejado (como Gibraltar; más alejado que Ceuta y Melilla). Creo que los Borbones han tenido mala conciencia por aquella estúpida invasión insuflada por Napoleón, y por eso muestran un afecto permanente hacia Portugal, más aún desde el exilio del abuelo del actual rey.
Hoy es una disputa heredada de bajo perfil. En este caso, ya existe una solución temporal: el Ayuntamiento participa de la vida social y cultural portuguesa, intenta construir una cultura binacional y recuperar complementariamente el idioma portugués junto al español. España no protesta por el derecho de voto y la nacionalidad portuguesa dada a los oliventinos. La voluntad de Olivenza es de un estatus amistoso y bicultural, desde su españolidad. A mi juicio, sólo tendría sentido entregar simbólicamente Olivenza dentro de una integración institucional ibérica.
Sobre Gibraltar, ya lo dije en su día, la solución pasaba por convertir el istmo en agua, transformándolo en isla, y construir una réplica del Peñón en paralelo. Bromas aparte, creo que el actual acuerdo es más que razonable en la perspectiva de articular una estrategia de aumentar la presencia española y europea en el Peñón. No hay renuncia a la soberanía, pero de facto se reconoce la interlocución con el gobierno local. Picardo, de hecho, fue recibido en el Palacio de Viana (Madrid).
Si no se puede tomar militarmente, la estrategia debe basarse en convertir Gibraltar en un «parque temático ibérico-inglés», monitorizar satelitalmente su base militar y lentamente hispanizar cultural y empresarialmente. Las inversiones de la clase empresarial española en Gibraltar y el Campo de Gibraltar serán claves. Actualmente, los túneles militares están reconvertidos en centros de datos para apuestas online y criptomonedas. Asimismo, se termina con el anonimato fiscal en La Roca.
Es cierto que hubo una oportunidad de arrancar una cosoberanía con Tony Blair, quien quería cerrar esa herida para evitar vetos en la UE, en su proyecto de ser un líder europeo, pero no calculó el rechazo de los gibraltareños. España perdió la oportunidad de desplegar años antes un «poder blando». Con el Brexit, el coste de un no acuerdo era muy alto, y se ha aprovechado para lograr la integración aduanera. La frontera subsiste en el fondo, pero habrá más intercambios económicos y culturales, lo que llevará a un equilibrio más natural.
Por tanto, no se puede decir oficialmente que sea el fin de una frontera, nunca reconocida como tal por España, sino el fin de unas aduanas irregulares. El último muro de la Europa continental se desplaza hasta el perímetro de la base militar británica en Gibraltar, que en realidad son varias instalaciones militares esparcidas en el Peñón. La pregunta que queda pendiente es: ¿Algún día será una base de uso conjunto hispano-británica?
Pablo González Velasco


