Andalucía comparte con Portugal, entre otros, intereses energéticos y turísticos, desafíos hídricos, infraestructuras de conexión pendientes y una misma vocación atlántica. Sin embargo, en las elecciones andaluzas del pasado domingo Portugal no existió. Una ausencia que revela un problema estructural: los agentes políticos andaluces siguen sin comprender que nuestro vecino occidental no es el final del mapa sino una gran oportunidad estratégica.
Durante la campaña no hubo mención al país vecino. Algún reproche aislado entre la Junta y el Gobierno central, en precampaña, sobre el puente entre Sanlúcar de Guadiana y Alcoutim, y nada más. Resulta llamativo que Andalucía, con su proximidad geográfica, económica e histórica con Portugal trate la relación ibérica como un asunto secundario, casi administrativo, cuando en realidad forma parte de las cuestiones más relevantes para su futuro. Compartimos con Portugal mucho más que una vecindad periférica. Desde Huelva hasta el Algarve, desde Sevilla hasta Sines, existe una geografía económica y humana que rara vez aparece en el debate político andaluz con la profundidad que merece.
No se ha hablado del AVE a Faro, que también quedo fuera del eje central de la cumbre de La Rábida, ni de la olvidada autovía a Lisboa, guardada desde 2009 en algún cajón burocrático donde hibernan demasiados proyectos ibéricos. La Estrategia Común de Desarrollo Transfronterizo tampoco ha estado presente en los debates y no se ha mencionado la situación hídrica, que debería ocupar un lugar prioritario en cualquier agenda de cooperación transfronteriza en un contexto de sequías cada vez más frecuentes. No se han abordado temas estratégicos como el energético o el debate sobre los recursos mineros críticos, pese al conflicto surgido recientemente en torno al proyecto de explotación subterránea junto a la frontera. A estas ausencias se suman los numerosos proyectos turísticos conjuntos que siguen acumulando planes, estudios y declaraciones institucionales sin llegar a concretarse. Tampoco se ha debatido sobre temas menos ambiciosos como los desafíos compartidos en materia de incendios forestales, el deterioro de las carreteras locales de la raya o la posibilidad de convertir el Guadiana en un verdadero eje de desarrollo económico y navegabilidad interior. Resulta difícil de entender. El problema no es solo de visión, también lo es de método. España y Portugal firman estrategias con solemnidad diplomática que después se diluyen lentamente entre competencias cruzadas, retrasos administrativos y la ausencia de una voluntad política sostenida en el tiempo.
Durante décadas, la raya fue percibida como un espacio periférico asociado al contrabando, la emigración y el aislamiento. Hace años que se comenzó a mirar esta frontera interior de otra manera: no como una cicatriz del pasado, sino como un espacio de cooperación estratégica. Otras regiones rayanas comprendieron esta lógica con anticipación. Galicia convirtió hace décadas la relación con el norte portugués en una prioridad institucional. Extremadura ha intensificado progresivamente sus vínculos transfronterizos y, en las últimas elecciones autonómicas, hemos visto cómo Portugal se colaba, en cierta medida, en el debate de campaña. Incluso Castilla y León ha desarrollado iniciativas económicas y culturales estables con las regiones portuguesas vecinas. Andalucía, pese a su peso demográfico y su potencial, sigue mostrando indiferencia institucional hacia su dimensión ibérica.
Basta recorrer el sur portugués para comprender la magnitud de lo que se está desaprovechando. El Algarve, una de las regiones económicamente más dinámicas de Portugal y prácticamente integrada en un mismo continuo de desarrollo con la Andalucía occidental, lleva años reforzando sus conexiones internacionales y consolidando su capacidad de atracción económica y turística. Sines avanza hacia su consolidación como uno de los grandes puertos atlánticos europeos y pieza estratégica en las nuevas rutas energéticas del continente. Mientras tanto, los partidos andaluces continúan mirando a Portugal como si quedara fuera de su horizonte, en lugar de entender el sur peninsular como lo que es: un mismo espacio estratégico.
Tal vez persista aun una vieja inercia centralista en la manera de pensar el territorio. Durante generaciones, la mirada andaluza se dirigió casi exclusivamente hacia Madrid, olvidando que históricamente el Atlántico también ha formado parte esencial de nuestra identidad. Los puertos andaluces y portugueses participaron juntos en las rutas oceánicas que inauguraron la primera globalización y moldearon el mundo moderno. Esa memoria marítima y esa vocación atlántica compartida siguen ahí, a la espera de ser convertidas en proyectos de futuro.
La cooperación ibérica no debería depender únicamente de infraestructuras concretas o de cumbres diplomáticas ocasionales. Necesita convertirse en una visión estable y a largo plazo. Andalucía tiene ante sí la posibilidad de reforzar su papel logístico entre el Mediterráneo y el Atlántico, desarrollar conexiones ferroviarias hoy inexistentes con Portugal, crear alianzas energéticas, hídricas y turísticas y construir junto al sur portugués un espacio económico compartido capaz de competir en una Europa cada vez más articulada por regiones transnacionales. Pero para ello Portugal debe existir primero en el imaginario político andaluz, en las agendas de todos los partidos y no desaparecer campaña tras campaña bajo el ruido de debates más inmediatos. Portugal tiene que dejar de ser una simple nota al pie en la política andaluza para formar parte esencial de nuestro futuro.
Pablo Revilla Trujillo


