El Trapezio

Cuba: Coexistencia pacífica, reconciliación, reformismo y productividad

Militares cubanos y estadounidenses reunidos en el perímetro de la base de Guantánamo.

Todo régimen político necesita condiciones mínimas de estabilidad externa e interna para prolongar su existencia. Ya avisamos hace tiempo de los planes de Marco Rubio de convertirse en virrey del Caribe. La analogía de la Cuba actual con la de 1898 no es un mero espejismo histórico; responde, fundamentalmente, a la inviabilidad del dominio político de la Mayor de las Antillas por parte de su propia élite gobernante. El partido español en la Isla va camino de su segunda derrota, en 128 años, sin haber intentado convertirse en unas Canarias del Caribe. La dirigencia cubana le tiene pavor a una gran transformación interna para aterrizar su proyecto histórico, como implicaría pertenecer a la Unión Europea o al Mercosur.

En general, la izquierda española nunca ha teorizado ni analizado a Cuba desde múltiples ángulos y teorías; simplemente se zampó acríticamente la narrativa oficial de la Revolución Cubana, al ritmo del son, brindando con mojito y soñando en las utopias hispanotropicales hedonistas y políticas. Algunos trotskistas hicieron críticas, pero de escaso valor u originalidad. Y el que ha intentado ir más allá del sesgo del antinorteamericanismo del 98, que existe en la izquierda y la derecha española (cada vez menos), normalmente ha pasado acríticamente a defender el exilio, que por otro lado ha sido incomprendido por falta de empatía y generosidad. Comprender no significa comulgar con su agenda. Mucho espíritu libre y rebelde español tardaría sólo unos meses de vivencia directa en ir a la oposición. Y, ojo, muchos exiliados han sido excastristas de múltiples generaciones hasta nuestros días; incluso buena parte de los militantes anticastristas -de la vieja guardia- formaron parte de la guerrilla de la Sierra y del Movimiento 26 de Julio.

Quizá ya sea tarde, pero repasemos el escenario y las opciones estratégicas de apertura de última hora que se pudieran asumir. Hemos visto elementos sorprendentes como la reunión bilateral en el perímetro de la Base Naval de Guantánamo y la acusación penal contra Raúl Castro. Washington le está quitando las cartas a la dinastía Castro. La caída de este bastión es parte central de la segunda caída del muro de Berlín (Cuba/Venezuela), que arrastra los remanentes de la izquierda iberoamericana, incluyendo a José Luis Rodríguez Zapatero. Todo lo que haya de podrido será ventilado en los medios en los próximos meses y años.

La supervivencia de este «soviet caribeño» solo se explicó en su momento por un entramado de ayudas externas (entre ellas, la reventa de petróleo subsidiado por terceros), purgas constantes, la Pax Soviético-Americana tácita derivada de la Crisis de los Misiles y un mesianismo exacerbado que cambió la soberanía por una profunda dependencia, en términos de ingresos y de coste de oportunidad (denuncia del bloqueo por carecer de ingresos potenciales de exportación a Estados Unidos).

La campaña contra el llamado bloqueo -que es algo así como te exijo que me abras el mercado estadounidense tiene pocas décadas y ha tenido un sonoro éxito porque muchas personas se piensan que Cuba no puede comerciar con terceros países. España es el principal inversor extranjero en Cuba y su segundo socio comercial. Ha sido el pretexto más exitoso de todos los tiempos al ocultar la incompetencia interna y la falta de pluralismo bajo el victimismo de lo que es una media verdad y una media mentira. Un gigantesco molino de viento, que mereció ser retirado aunque fuera por razones de contrapropaganda. Hoy con Trump podemos decir que ahora sí que tiene sentido la campaña contra el bloqueo. Antes, no. Desprovisto de sus soportes vitales, el régimen se asoma a un abismo irreversible.

En los debates sobre la oposición al intervencionismo en abstracto, cabría pensar -aunque sea una quimera- si desde la izquierda se estaría en contra de una intervención china en Gaza, Cuba o Taiwan sin autorización del Consejo de Seguridad. Uno de los problemas de Cuba o Venezuela es que no fue intervenida preventivamente por países amigos, lo que ha dado la oportunidad a Estados Unidos a recoger el fruto maduro.

Sectores de la izquierda española, como Pablo Iglesias, justifican el desastre cubano bajo el dogma del «bloqueo», argumentando que el socialismo funciona en Asia cuando no hay sanciones. Esta narrativa pasa por alto que Cuba no es China. El concepto de coexistencia pacífica, formulado por Nikita Jrushchov en 1956 para evitar la aniquilación nuclear mutua en un mundo bipolar, ha sido reformulado por Pekín bajo la lógica de la interdependencia económica. China demostró al mundo que podía desarrollarse sin victimismos. Sus pilares respeto a la soberanía, ganancia compartida (win-win) y multilateralismo- operan desde las dimensiones de un imperio. Sin imperio no es posible ese modelo. También es cierto que el modelo chino en su versión más intensa, más productivista, es indeseable para la forma de estar en el mundo del hispano. No obstante, se pueden aprender muchas cosas.

En un país pequeño occidental, una dictadura con economía abierta es impracticable; la apertura conlleva una pérdida de control político que el aparato habanero jamás toleró ni siquiera como mera hipótesis. Para Cuba, la apertura económica disuelve el monopolio del poder, por lo que el régimen siempre necesitó de la autarquía para sobrevivir, aunque haya hecho excepciones -bajo control- en el sector turístico y las mipymes. Alguien podrá poder el contraejemplo de Vietnam, pero este país vive en un área de influencia de China -a pesar de sus roces históricos- y no tiene la cultura política y multipartidaria que sí tuvo intensamente Cuba. Hoy el grado de politización del exilio sigue presente a través de múltiples canales digitales.

Los excesos de la fiesta de los años cincuenta palidecen en relación con las fiestas de los noventa en términos de turismo sexual. El verdadero drama de la isla es el fracaso absoluto de la productividad. La incapacidad de tener una mínima industria. La incapacidad de producir alimentos. Si expropias y no eres más productivo que el dueño de los medios de producción, es simplemente una política de tierra quemada. Lo mismo cabe para hipotéticas privatizaciones sin planes de inversión.

Fidel Castro no promovió la autonomía energética (como el etanol propuesto por Lula da Silva) y abrazó una cómoda petrodependencia basada en la reventa de crudo subsidiado por el eje Caracas-México. Un modelo que ya venía de los tiempos soviéticos. Al suprimirse ese excedente económico externo por parte de Washington -quitándole de verdad el agua a la pecera- el régimen ha quedado atado de pies y manos. Ante esta encrucijada, la transición política española emerge como opción. Dos viejos conocidos y amigos de Cuba fueron protagonistas: Santiago Carrillo y Manuel Fraga.

Cualquier nación dividida en dos merece y tiene como tarea más urgente su reconciliación. No hay narrativa moralmente aceptable que aguante la expulsión o el silenciamiento de la mitad de una nación. En aras de un ideal no se puede sacrificar económicamente a varias generaciones. Esto vale para España, para Venezuela, para Cuba o para cualquier país.

Santiago Carrillo, desde el Partido Comunista de España (PCE), protagonizó en junio de 1956 la audaz política de reconciliación nacional (PRN). Tras el fracaso de la vía armada (el Maquis) y el giro geopolítico de la Guerra Fría, el PCE asumió que la división de España ya no era entre los vencedores y vencidos de la Guerra Civil, sino entre la minoría dictatorial de Franco y el resto de la nación. De hecho, muchos hijos de los vencedores se identificaban más con los vencidos. Influido por el XX Congreso del PCUS de Jrushchov y las protestas estudiantiles de 1956, Carrillo priorizó la paz civil, renunció a la imposición del modelo soviético y abrazó el Eurocomunismo. Esto permitió que en 1977 el PCE aceptara la monarquía constitucional a cambio de su legalización y la reconciliación nacional.

Por su parte, Manuel Fraga, un pilar del propio régimen franquista, entendió que el modelo autoritario puro era biológicamente insostenible a largo plazo debido a la modernización y apertura económica que España experimentaba desde el Plan de Estabilización de 1959. Fraga impulsó un reformismo desde dentro mediante hitos como la Ley de Prensa de 1966 para ensanchar los márgenes del sistema y evitar un vacío de poder. Esta corriente reformista fue la que permitió que una generación de políticos astutos criados en el Movimiento Nacional, personificada en Adolfo Suárez, utilizara las propias leyes franquistas para disolver el franquismo, redactando la Ley para la Reforma Política de 1976 y logrando que las Cortes cometieran un auténtico «harakiri» institucional para dar paso a la democracia.

La aparición de un personaje encarnado en un «híbrido Fraga-Carrillo», que en una situación normal sería algo poco recomendable, en el buró político del Partido Comunista de Cuba (PCC), es hoy la única garantía para evitar una transición caótica, un estallido civil violento o una intervención norteamericana. Cuba necesita urgentemente a un dirigente con la autoridad interna de Fraga (o de un Suárez o un Juan Carlos I) para pilotar el desmantelamiento del unipartidismo desde las propias instituciones, domesticando a los sectores militares que monopolizan las divisas. Al mismo tiempo, requiere el pragmatismo de Carrillo para llamar a una gran reconciliación nacional en torno, en el caso cubano, a concentrar el esfuerzo en la liberación de las fuerzas productivas.

Sin embargo, este nudo histórico no se resolverá de forma unilateral. El exilio en Miami debe asumir, de manera recíproca, su propia política de reconciliación nacional y resolución pacífica. El exilio -donde hay múltiples opiniones- tiene que prevalecer la vía de la negociación, la convivencia y la confianza en la superación del llamado daño antropológico derivado de décadas de adoctrinamiento, sovietización y cultura de la escasez. Esto implica transaccionar con la realidad: el exilio debe comprometerse a inyectar el capital, la técnica y las inversiones indispensables para reconstruir el erial económico de la isla, a cambio de concesiones políticas y económicas democráticas y una amnistía bilateral garantizada. España incluso puede facilitar la salida para quienes no vean futuro en Cuba una vez que abandonen el poder. El gobierno español puede repoblar la España vacía con militantes del Partido Comunista de Cuba y, por otro lado, con sefardíes de cualquier lugar del mundo. Sería una curiosa simbiosis.

La tozudez numantina de la cúpula militar amenazan con empujar a Cuba hacia la pérdida definitiva de la soberanía. En lugar de diseñar una transición política inteligente, orquestada en compañía de países amigos e iberoamericanos que actúen como garantes del proceso, el orgullo ideológico del régimen conduce a la isla a un callejón sin salida absoluto. El empecinamiento en preferir el hundimiento total antes que ceder una brizna de control político evoca inevitablemente el trágico final de Numancia ante el Imperio Romano. Al carecer de un Plan B iberoamericano sólido y articulado por aliados tradicionales, el vacío de poder y la devastación interna no dejarán espacio para una soberanía real. Despojada de tejido productivo y desangrada por el éxodo masivo, la isla quedó a merced de una parcial asimilación de Washington. El destino final de esta resistencia estéril no será el triunfo revolucionario, sino el sometimiento a la órbita de su rival histórico, reduciendo a Cuba a una condición similar a la de un nuevo Puerto Rico, un protectorado de facto.

Colombia puede cambiar de Gobierno hacia un populismo de derechas. Asimismo, Trump acaba de designar como terroristas a dos mafias brasileñas. Con esto quizá intente ayudar a los Bolsonaro, al centrar la campaña electoral en el marco mental de la seguridad. Puede que sea un ‘disciplinamiento’ preventivo de cara a la intervención en Cuba. Antes que una invasión a Brasil habría un apoyo a un golpe.

La dinastía Castro debe regresar al Manifiesto de la Sierra. Si todo falla, el último recurso será la Iglesia Católica. El postcastrismo pasa por un acuerdo con Estados Unidos acompañado de países amigos. Estados Unidos ayudó tácitamente al movimiento de Fidel Castro a llegar -inicialmente- al poder y -al fin y al cabo- no van a dejar de ser vecinos. De hecho, Miami fue tierra de todos los exilios cubanos desde el siglo XIX, así como el territorio de Florida perteneció administrativamente a la Capitanía General de Cuba. Hasta hoy, allí se tiene orgullo de hablar en español a diferencia que en California.

Es natural que en América Latina haya cierta anglofobia o un cierto distanciamiento por desconfianza en relación con el Imperio norteamericano, pero al mismo tiempo lo lógico es aspirar a tener relaciones normales, correctas, de beneficio mutuo. El camino no es el del antiimperialismo bruto al servicio de terceras potencias, sino construir un poder contrahegemónico no sectario, transversal, muy pragmático, de integración regional. Algo, no obstante, muy difícil en el Caribe por ser un hub natural entre todas las Américas, Europa y África.

No niego que Fidel Castro no tuviera madera de caudillo de la hispanidad, emperador panibérico, pero su liderazgo no fue transversal ni siguió criterios económicos ni de integración regional real (más allá de la retórica). Al contrario, Cuba estuvo sometida a los vaivenes de su arbitrariedad con todo tipo de ocurrencias ineficientes que fueron autoconsumiendo el patrimonio económico y cultural previo a la Revolución, que no era poco, pese a la propaganda castrista. Sólo con Venezuela, Castro demostró cómo un país menor podía someter a uno mayor y exprimirlo parcialmente. Su visión pareciera más próxima del mundo de don Quijote, que una visión desarrollista industrial. Un excelente personaje literario, poco recomendable para gobernar el mundo real. Probablemente venzan los hispanos de Florida, pero siguen siendo hispanos y tienen capacidad de reconstruir la Isla de forma rápida. La Cuba de hoy se parece al país que narra la canción de Silvio Rodríguez: «Hubo un país»:

Hubo un país hace mil años una vez,
que andaba mal porque no había que comer.
Entonces vinieron profetas a enseñar
con muchos libros que había que estudiar.

Todo se leyó,
todo se aprendió
del sueño que había en los libros.
Palabra a palabra
las herramientas fueron olvidadas
por la fantasía.

Pero después
no se sabía como arar.
Pero después
no se sabía amartillar.
Pero después
no se sabía ni coser.
Porque después
las herramientas depreciaron
a los hombres.

Hubo un país hace mil años una vez,
que aprendió la gran lección de subsistir
y poco a poco fue sabiendo como usar
cada máquina para poder llegar.

Todo se sembró
después de aprender
que el mundo se alcanza sudando
segundo a segundo.
Y el sueño al lado de las herramientas
para repararlas.

Lo que cambió
la realidad fue trabajar.
Lo que cambió
la realidad fue aprender.
Lo que cambió
la realidad fue discutir.
Porque la vida no es un sueño
y los sueños, sueños son.

Reunión entre militares en la Base Naval de Guantánamo, Cuba.
Militares cubanos y estadounidenses se saludan en la Base Naval de Guantánamo, Cuba.

Pablo González Velasco

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