Las elecciones presidenciales de Brasil han entrado en su fase decisiva en medio de un empate técnico que ha mantenido en vilo a toda la nación. El actual mandatario progresista, Luiz Inácio Lula da Silva, y el senador conservador Flávio Bolsonaro han concluido sus actos de campaña en vísperas del balotaje definitivo. Tras los resultados de la primera vuelta, en la que el candidato del Partido Liberal ha superado levemente a su rival con el 47% de los apoyos frente al 45%, ambas fuerzas han apretado sus maquinarias electorales para arañar hasta el último voto en los grandes colegios electorales como Río de Janeiro, São Paulo y Minas Gerais.
El plato fuerte de la recta final ha sido el último debate presidencial, organizado por la cadena TV Globo, donde los aspirantes se han enzarzado en duras descalificaciones sobre la gestión económica y la seguridad. Flávio Bolsonaro ha centrado su ofensiva en el alto nivel de endeudamiento de las familias y la pérdida del poder adquisitivo, ilustrando su protesta con la reducción del tamaño de productos cotidianos como el papel higiénico y el chocolate. Por su parte, el líder del Partido de los Trabajadores ha defendido sus datos de crecimiento económico por encima del 2% y ha afeado a su contrincante que mantenga posturas afines a las políticas de Javier Milei en Argentina o Donald Trump en Estados Unidos.
El clima dentro del plató se ha encendido notablemente cuando el hijo del expresidente Jair Bolsonaro ha llamado «nuevededos» al jefe de Estado, en alusión directa al accidente laboral que este sufrió durante su juventud en una fábrica. La réplica del presidente brasileño no se ha hecho esperar, encarando a su rival al calificarlo de «miliciano» sin trayectoria laboral previa, lo que ha provocado un intercambio tenso que ha obligado al mediador César Tralli a intervenir. Asimismo, la controversia sobre la regulación de las apuestas digitales y del controvertido juego ‘Tigrinho’ ha generado acusaciones cruzadas respecto a cuál de los dos dirigentes ha favorecido su proliferación en el país.
El debate sobre la seguridad pública y la corrupción también ha dejado momentos dramáticos tras la presencia en el público de la madre de Ana Clara, una niña de cinco años fallecida en una operación policial cuyo agente acusado ha sido defendido legalmente por el senador opositor. Al mismo tiempo, Lula da Silva ha urgido a su adversario a levantar el secreto bancario de sus cuentas tras el escándalo financiero que rodea al Banco Master y a Daniel Vorcaro, al paso que el candidato derechista ha sacado a relucir las investigaciones por tráfico de influencias que han salpicado al entorno familiar del gobernante.
Pocas horas después del encuentro televisivo, el candidato a la reelección ha encabezado una multitudinaria marcha en la playa de Copacabana junto a sus simpatizantes en Río de Janeiro. Ante una marea de banderas rojas, el antiguo líder sindical se ha mostrado totalmente convencido de su triunfo en las urnas y ha definido a sus militantes movilizados como un auténtico «ejército» democrático. Paralelamente, la candidatura conservadora ha reunido a sus seguidores en Belo Horizonte para remarcar su propuesta de cambio y apelar al electorado desencantado con la inflación.
Las últimas encuestas elaboradas por firmas especializadas han dibujado un escenario de infarto para la cita dominical. De acuerdo con el promedio de estudios publicado por los medios, Flávio Bolsonaro ostenta un 51,1% de la intención de voto válido, mientras que Luiz Inácio Lula da Silva ha cosechado un 48,9%, manteniéndose dentro del margen de error. Ante este estrecho margen de diferencia, la sociedad brasileña acudirá masivamente a las urnas para resolver si otorga un cuarto mandato al histórico dirigente de la izquierda o si ratifica el retorno del movimiento bolsonarista al Palacio de Planalto.



