Sevilla tiene a trescientos kilómetros una gran capital europea a la que solo mira de manera muy residual, Lisboa. Pese a la complementariedad histórica, económica y cultural que comparten y con un peso urbano y posición estratégica clave en la mitad occidental de la Península Ibérica, continúan viviendo de espaldas en términos de infraestructuras, planificación y cooperación. Esta desconexión no es una anomalía técnica: es una decisión política sostenida en el tiempo que Sevilla no puede seguir permitiéndose.
Decían los sabios de la Escuela de Salamanca que el precio exacto de las cosas solo lo conocía Dios. Algo parecido ocurre con la condición fronteriza de Sevilla: existe, es evidente en los mapas y en la historia, pero sigue siendo una realidad in pectore, asumida más en las conciencias que en las políticas públicas y las decisiones estratégicas. Y, sin embargo, esa condición rayana encierra una potencialidad decisiva para el futuro de la ciudad y de una amplia parte de Andalucía.
Sevilla es, quiera o no, una ciudad fronteriza. No en el sentido administrativo, sino en un sentido más profundo: por geografía, por historia y por su posición en el suroeste peninsular. Durante décadas, la frontera hispanoportuguesa fue una línea dura, especialmente en el eje del Guadiana, que limitó los intercambios y convirtió la proximidad en aislamiento. Aquella frontera no solo separó territorios; también alejó oportunidades.
El punto de inflexión comenzó a producirse a comienzos de la década de los noventa. Las inversiones vinculadas a la Exposición Universal de 1992 transformaron de manera decisiva la conectividad del suroeste peninsular. El hito fundamental fue la inauguración del Puente Internacional del Guadiana, una infraestructura que alteró profundamente las relaciones entre ambos lados de la frontera. El crecimiento del turismo portugués en Sevilla y el aumento de los veraneantes andaluces en el Algarve han sido solo la expresión más visible de ese cambio, pero no la única: el puente abrió la puerta a intercambios económicos, sociales, culturales y laborales que antes resultaban extraordinariamente complejos. La reciente eliminación del peaje en la autopista Vía del Infante, que conecta el puente del Guadiana con Albufeira, ha reforzado aún más este corredor transfronterizo. Sin embargo, sería un error caer en la autocomplacencia. Las potencialidades de Sevilla en su relación con Portugal siguen estando muy lejos de desarrollarse plenamente, especialmente si se atiende a la cercanía física y a la complementariedad entre ambos territorios. Una alianza estratégica con Lisboa beneficiaría ampliamente a ambas ciudades y constituiría un puente para afianzar y profundizar relaciones más integradas y potentes entre España y Portugal.
Este debate se vuelve ineludible al observar la evolución reciente de la ciudad. Desde hace décadas, Sevilla muestra una ralentización sostenida de su desarrollo económico y su crecimiento demográfico frente a otras ciudades españolas de su rango, como Málaga o Zaragoza. Hace apenas dos décadas competía con Valencia por alcanzar el millón de habitantes; hoy ese horizonte se ha diluido. A ello se suma un dato difícil de ignorar: según la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, Sevilla ha sido la provincia que menos inversión en infraestructuras ha recibido desde mil novecientos ochenta y cinco. El déficit inversor explica parte del problema, pero no todo. La ausencia de una visión estratégica clara ha sido igualmente determinante.
Desde esta perspectiva, una alianza estructural con Lisboa desde una óptica iberista, pragmática y no retórica, aparece no como una propuesta ideológica, sino como una consecuencia lógica de la historia y de la geografía. Sevilla y Lisboa distan entre sí poco más de trescientos kilómetros y aun así carecen de una conexión viaria directa, moderna y segura. La alternativa a la peligrosa N-433 obliga a rodeos tan poco funcionales como desplazarse hasta Albufeira o hasta Mérida. Este agravio histórico se ha prolongado tanto en el tiempo que ha terminado por normalizarse, impidiendo incluso que la cuestión se abra paso con fuerza en el debate público.
La situación ferroviaria resulta todavía más difícil de justificar. Andalucía no dispone de ninguna conexión ferroviaria directa con Portugal. El único enlace posible obliga a desviarse hacia Badajoz, penalizando tiempos y costes. La construcción de un puente ferroviario sobre el Guadiana permitiría revertir esta situación con una relación coste-beneficio muy favorable. En este contexto, resulta especialmente relevante el impulso institucional a una línea ferroviaria Sevilla-Huelva-Faro. Ya sea mediante alta velocidad o mediante una línea convencional moderna que recupere la histórica Huelva-Ayamonte, poner fin a esta anomalía sería un paso decisivo.
Las oportunidades de cooperación no se agotan con las infraestructuras. El turismo es un ámbito evidente: Sevilla, Andalucía, el Algarve y Lisboa son potencias consolidadas en Europa que podrían generar sinergias si se conciben como destinos complementarios. Pero existen otros sectores estratégicos de enorme interés. La logística y la economía azul, apoyadas en los puertos de Sevilla, Huelva, Sines y Lisboa, ofrecen un potencial extraordinario en el contexto atlántico. La minería es otro ejemplo claro: la Faja Pirítica Ibérica, que se extiende desde el Alentejo portugués hasta el entorno de Sevilla, constituye un eje estratégico en materias primas críticas para la industria europea. A ello se suman las energías renovables, la industria aeroespacial y de defensa, la cooperación universitaria y científica, la innovación tecnológica, la agroindustria y las industrias culturales y creativas.
Sevilla y Lisboa son los dos grandes polos urbanos tanto de la mitad sur como de la mitad occidental de la península ibérica, con permiso de Oporto. No solo por su peso demográfico, sino por su historia, su capital cultural y su capacidad de irradiar desarrollo sobre amplios territorios. La relación entre ambas debería surgir de forma natural; lo que falta no es base objetiva, sino decisión política y ambición colectiva. La oportunidad no es abstracta ni lejana: está en la Raya y en una lectura iberista de la frontera, entendida no como línea de separación, sino como espacio de articulación y proyecto compartido entre Sevilla y Lisboa, como plataforma para profundizar la cooperación entre España y Portugal. No aprovechar esta oportunidad sería, sencillamente, seguir renunciando a una parte esencial del futuro de Sevilla.
Pablo Revilla Trujillo


