¿Hacia dónde va Europa? ¿Hacia dónde va el Mundo? El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca, hace ahora 14 meses, ha llevado a la humanidad a los pies del abismo. La guerra desatada por Israel y Estados Unidos contra Irán puede degenerar, de un momento a otro, en una conflagración atómica: sería el fin de todos. La economía mundial está abocada, de manera inminente, a una crisis horripilante, provocada por el estallido inflacionista y la penuria de hidrocarburos.
En el horizonte solo hay una brizna de esperanza: las elecciones norteamericanas del próximo 3 de noviembre (midterm), cuando se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Una victoria del Partido Demócrata dejaría a Donald Trump con las manos atadas y con la posibilidad de emprender contra él un merecido procedimiento de impeachment. Pero la clave es saber cómo llegarán Estados Unidos y el planeta –si es que llegamos– a esta cita con las urnas.
El populismo de derechas, si gana, siempre acaba igual: con el imperio de la fuerza bruta sobre la razón, con la represión de la oposición, con la demolición de la democracia, con la conculcación de los derechos humanos y con la utilización del brazo militar contra la población civil. El trumpismo es el máximo exponente, en el siglo XXI, de esta perversión política que atenta contra el avance de la civilización.
La guerra es el principal enemigo de la humanidad. Las agresiones militares de Vladímir Putin contra Ucrania y de Benjamin Netanyahu y Donald Trump contra Irán, aunque parezcan muy distantes, siguen un mismo patrón: han sido declaradas de manera unilateral, a traición, y tienen un afán territorial expansionista, además del control de recursos estratégicos.
No podemos dejar el destino del Mundo en manos de criminales y de genocidas que, si les conviene para sus intereses mezquinos, también nos matarían a todos. Tenemos que crear el gran Partido de la Paz, que aglutine a la gente de todos los colores que cree que el amor, el diálogo y la empatía son las “armas” para ganar el combate en la construcción de una sociedad fraternal, próspera e igualitaria.
Aunque el actual escenario de guerras -las del Oriente Medio y Ucrania, principalmente- nos hunda en la desmoralización y el pesimismo sobre la condición humana, no tenemos que desfallecer en nuestras ideas y nuestros ideales. Al contrario, es el momento de mostrar más convicción en el porvenir luminoso y cierto de una humanidad en paz y armonía.
Somos una abrumadora mayoría social en el planeta que rechaza las guerras y la violencia como método para dirimir las diferencias -a veces, justificadas e inevitables- entre unos y otros. Por experiencia histórica ya sabemos cuál es el altísimo y desgraciado precio a pagar por las conflagraciones bélicas (muertos, heridos, destrucción, dolor, terror…) y ha llegado el momento de decir basta a esta aberración criminal y genocida.
Las 167 niñas asesinadas por un misil Tomahawk en la escuela de Minab son el paradigma de esta ridícula y execrable pulsión asesina que hoy ejemplifican Benjamin Netanyahu, Donald Trump y Vladímir Putin. La muerte de estas niñas tendría que estar en el frontispicio de la infamia del siglo XXI.
Hacer la guerra es “antiguo” y desfasado. Ya no está de moda, aunque las redes sociales -y, en especial, X de Elon Musk– se dediquen a fomentar y a propagar el odio. Hemos llegado a un punto en la evolución humana en que la violencia organizada entre grupos y países está mal vista. Los ejércitos y todo aquello que comportan son una rémora del pasado que no se aviene con la conciencia y el sentimiento pacifista que florece en el corazón de las personas.
Evidentemente, las guerras -ahora y desde siempre- son un gran negocio que beneficia, sobre todo, a los accionistas y directivos de las grandes empresas de armamento. Ellos son los primeros interesados en que los seres humanos nos peleemos y nos matemos: Lockheed Martin, Raytheon Technologies, Northrop Grumman, General Dynamics, BAE Systems, Rafael Advanced Defense Systems, Palantir…
Tienen a su servicio a un puñado de políticos corruptibles y corruptos y de poderosos “lobbies” de influencia que se encargan de intoxicar y de envenenar las relaciones entre los países para poder vender sus sofisticados y carísimos productos. Pero tengo una mala noticia para estos fabricantes y mercaderes de la muerte: su negocio está condenado, más temprano que tarde, al fracaso y a la quiebra.
La gente no se quiere matar ni quiere sufrir los estragos de la guerra. Solo tenemos la desgracia que una parte de los votantes de Israel, Estados Unidos y Rusia decidieron entronizar en el poder a tres psicópatas amorales, absolutamente insensibles al dolor ajeno que provocan con sus pulsiones bélicas y genocidas.
Todos tenemos el convencimiento que sin Benjamin Netanyahu, Donald Trump y Vladímir Putin, el Mundo sería muy diferente y mejor. Solo son tres personas de los 8.000 millones de habitantes que vivimos en el planeta. Por eso tenemos que responder a su locura asesina con la fuerza abrumadora de la razón y del amor.
Con serenidad y firmeza, el Partido de la Paz tiene que confrontar y derrotar a los promotores de las guerras y a sus cómplices. No son dignos de representar a la especie humana y les tenemos que echar del poder que detentan. ¿Cómo? Con movilizaciones masivas y con la acción concertada de los políticos y de los organismos internacionales comprometidos en la causa suprema de la paz.
En el Mundo, en cada país, en cada ciudad, en cada barrio y en cada pueblo hay muchos, millones de problemas y conflictos, pequeños o más complicados. Cada cual tiene los suyos y nuestra obligación cívica es trabajar para resolverlos, por la vía del diálogo, la negociación, el consenso, la democracia y la justicia. Nunca más por las armas mortíferas.
Los humanos hace miles de años que nos estamos peleando y matando. Ya cansa, ya basta.
Jaume Reixach


