Dos expoliadores californianos de lo ibérico y lo latino: Hearst y Getty

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Qué California tiene una indudable impronta hispana y latina es una obviedad. El español en este enorme estado de 40 millones de habitantes es lengua vehicular entre las clases trabajadoras, mientras los testimonios del pasado reciente de la colonización española se multiplican por todos los lugares. La tupida red de conventos que crearon las órdenes religiosas españolas, desde San Diego hasta Sonoma, así lo testimonian. No repetiré lo ya consabido.

Quiero centrarme en esta ocasión en dos californianos grandemente enemigos (sin ambages ni medias tintas) de lo hispano (y por ende de lo ibérico y lo latino), cuales fueron sobre todo William Randolph Hearst (1863-1951) y en menor medida Jean Paul Getty (1892-1976). Hace pocos días la prensa española se hacía eco circunstancialmente del colapso del convento vallisoletano de Cuenca de Campos, al cual el primero, Hearst, expolió el artesonado hace muchos años para llevárselo a la mansión de su rancho de San Simeón en California. El castillo de Hearst, al final de la ruta del Big Sur, que hiciera afamada Jack Kerouac en un libro de igual título, en la costa californiana, tiene algo de siniestro. Visto desde lejos, en las alturas del rancho, el castillo exhala el mismo aire sulfuroso que el de míster Burns en la serie de los Simpson. La impresión aumenta cuando te cuentan que el tal Hearst probablemente asesinó a su mujer, después de un período de extraña convivencia con su amante, en la que los tres compartían la misma mesa.

Hearst fue dueño de una de las cadenas más importante de periódicos de su época en Estados Unidos, y la especialidad que practicaba era el amarillismo, es decir la mentira sistemática con el sólo fin de vender. Desde allí practicó la guerra cultural, y alentó una real, contra España, en plena decadencia nacional y de su imperio. Suyo fue el invento de ir en ayuda de los independentistas cubanos en 1898, y alentar el enfrentamiento con aquella armada anticuada de España en Santiago de Cuba, donde lo marinos españoles afrontaron a una muerte segura. Hoy los restos de aquellos españolitos reposan en el fondo del mar, y hasta los cubanos los recuerdan con simpatía como héroes enfrentados a su destino. Hearst no dejaba de tener una atracción por lo hispano, ya que a través de chamarileros procuraba expoliar todo lo de esta procedencia para apilarlo a su mansión. Lo más grotesco de San Simenón es la sala de banquetes, cubierta entera de piezas de origen español, sobre todo el artesonado, donde para dejar constancia de su desprecio, el plutócrata ensoberbecido, dejó dos botes de kétchup sobre la mesa renacentista, que allí permanecen para espanto del turista. Sólo faltan sus botas de granjero, manchadas de barro, mancillando una alfombra de primor, para que la ofensa sea completa.

Sin embargo, no siempre fue así. En la misma época el potentado de los ferrocarriles, Archer Milton Huntington (1870-1955) consagró sus esfuerzos depredadores a acumular una gran colección ibérica en Nueva York, pero también a beneficiar y proteger a los hispanos que en calidad de artistas arribaban a la megaurbe. Para ello creó la Hispanic Society of America en 1904. Huntington se llevó la fabulosa biblioteca del marqués de Jerez de los Caballeros a Nueva York, tras comprarla y sacarla con nocturnidad de España, e intentó pujar por el patio renacentista de los marqueses de Vélez Blanco, que acabó dando con sus huesos en el Metropolitan Museum neoyorquino, siendo hoy una de sus mayores atracciones. Su amor hacia España, donde ejerció como arqueólogo aficionado en Itálica, se inspiraba en el pasado imperial hispano. Le gustaba la España negra, y envió a su fotógrafa Ruth Anderson a capturar aquellos personajes y situaciones de Extremadura y Galicia, que le parecían representativos de la España decadente. Su imagen es ambigua, se mueve en los pantanos del amor / odio, pero también es cierto que benefició a pintores como Zuloaga o Sorolla, cuyos grandes cuadros hoy son el mejor patrimonio de la Hispanic.

El otro es Jean Paul Getty. Este, amén de más ilustrado –tuvo sus estudios– que Hearst y menos que Huntington, era un miserable en el sentido lato del término. El artículo de la Wikipedia que lo describe está plagado de anécdotas que aseveran esta dimensión de ávaro total. Enriquecido con la extracción de petróleo, y enamorado de todo lo francés e italiano, comenzó a conseguir piezas del siglo XVIII a través de traficantes. Luego pasó a Grecia y Roma. Lo curioso es que el tipo les pagaba el primer plazo, se cuenta, y luego ya no pagaba el resto, por aquello de “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. También se recuerda que con ocasión de una reunión de la alta sociedad de Los Ángeles repartió tan pocos bocadillos y canapés que los dejó caninos; se ve que quería ver la cara que ponían sus invitados. Los dos grandes museos que llevan su nombre en Los Ángeles son portentosos. El primero alberga una colección del arte, de diversos siglos, procedentes toda Europa, en una bonita ciudadela sita en una colina desértica que domina la parte sur de la ciudad. La segunda, “la villa”, fue diseñada conforme al modelo de una villa romana, la de los Papiros de Herculano. Posee una impresionante colección de piezas arqueológicas. Me detuve en una que es una suerte de león alado del siglo V antes de Cristo, e intenté averiguar de dónde provenía. La cartela de los museos suele ser precisa en estas informaciones. En este caso no lo era. Nada. Evidentemente el poseedor no quería que se supiese dónde había capturado aquella maravilla. En alguna ocasión, rara, la policía italiana ha conseguido alguna devolución de Getty, tras localizar el expolio, y realizar las correspondientes denuncias. Aunque, la fundación se escurre en diligencias y misterios.

Un investigador español, José Miguel Merino de Cáceres, le siguió hace unos años la pista al románico español robado por Hearst. Sus pesquisas, muy minuciosas y documentadas, concluyeron que el tipo, un hombre de una bastedad a toda prueba, comparaba al mogollón, y que era tanto lo que había robado, que muchas de sus adquisiciones delictuosas aún duermen el sueño de los justos en hangares en puertos norteamericanos, a los cuales el investigador español, según contó, infructuosamente intentó acceder sin lograrlo.

Fascina comprobar que el actual ciudadano Kane –el primero que inspiró la película homónima de Orson Welles, de 1941, fue Hearst–, el habitante de Mar-a-Lago (mansión construida en estilo “español”), tiene parecidos gustos e inclinaciones que Hearst, según cuentan quienes han penetrado en sus arcanos. Desde luego viniendo de los negocios del juego Trump su torre de Las Vegas no podía por menos que mirar hacia la reconstrucción distópica de la piazza de San Marcos de Venecia, plena de máquinas tragaperras en su interior, que tiene enfrente. Cabe concluir, ahora, que el ciudadano Trump, quiere poner las manos sobre Cuba, que el personaje y sus odios hacia lo hispano (“nunca aprenderé vuestra maldita lengua”, les ha gritado a los tiralevitas de Argentina y Centroamérica) poseen fundamentos sólidos en las figuras mencionadas.

Qué un tipo tan vulgar, como el Boss, se esté jugando los destinos del mundo es un contrasentido, cuando habíamos conseguido dominar gracias a la diplomacia política, económica y cultural, la tendencia al conflicto abierto tras la última guerra mundial. Además, la creencia en que el sistema se regula sólo, ya que siempre existe una administración paralela que se interpone en el deseo primario de los magnates, ha hecho aguas. Todos acaban creyéndose y ejerciendo de Citizen Kane, con las consecuencias que nos han enseñado no sólo Welles, sino hace tiempo Stanley Kubrick en la última película que realizó, Eyes Wide Shut, donde retrató anticipadamente el mundo Epstein, y más recientemente Francis Coppola en Megalopolis, la película boicoteada por la prensa y las redes de distribución, por su descarnada visión del fin del imperio anglosajón.

José Antonio González Alcantud