La lucha de Carlota Joaquina por la doble regencia ibérica desde Rio de Janeiro en las Cortes de Cádiz

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Carlota Joaquina de Borbón (1775-1830), hermana mayor de Fernando VII y Carlos María Isidro (fundador del carlismo), no fue reina de España por la ley sálica española y por tener hermanos pequeños varones.

No por ello impidió, a esta infanta, que tuviera una vida llena de conspiraciones y determinación por diferentes proyectos políticos como el de la unión ibérica. Carlota Joaquina se casó con 10 años con el infante João (por entonces no era príncipe, futuro João VI), que tenía 18 años. Es reseñable que sea en una edad temprana, los 10 años, el inicio de la vida portuguesa de Carlota. Es perfectamente posible asumir que ella alcanzó el bilingüismo y el conocimiento profundo de la sociedad lusa. João y Carlota Joaquina no aspiraban a reinar hasta que el príncipe José inesperadamente murió. En 1793, João y Carlota Joaquina se convierten en regentes, en términos prácticos, por la locura de la reina madre, suegra de Carlota.

Es una época donde la política exterior española está subordinada a Francia y la portuguesa a Inglaterra, lo que le obliga a interceder y hacer diplomacia con su familia para intentar evitar un enfrentamiento peninsular subcontratado por potencias externas. En 1798, Carlota Joaquina avisa a su padre por carta de “nuestra destrucción” si consiente que los franceses “entren armados en sus estados”. En 1806, la situación es diferente; Carlota Joaquina quiso tomar el poder mediante la llamada “Conspiração dos Fidalgos” (también conocida como “do Alfeite” o “de Mafra”), en un momento de debilidad psicológica de João VI, en medio de los debates sobre la transferencia de la corte a Rio de Janeiro ante la amenaza de invasión napoleónica. Carlota pidió ayuda a su padre (Carlos IV, rey de España) para su golpe de Estado y no la consiguió. João VI, finalmente, descartó sus planes de enviar a Carlota a Madrid, y la llevó con la Corte portuguesa a Rio de Janeiro, escapando por los pelos de la invasión francesa de la Península en 1807.

En Rio de Janeiro, Carlota Joaquina se entera que su familia ha sido secuestrada por Napoleón. Era la única representante de la familia Borbón que estaba libre y en América. La invasión francesa desestabilizó la América española. El Imperio español comenzaba a tambalearse y podría desmoronarse por un vacío de poder ocupado por revolucionarios con diversos intereses e ideologías. Carlota veía como en Montevideo y Buenos Aires se instalaba el caos y el clima de guerra civil en los preludios del independentismo, así como percibía el peligro de que esos territorios acabasen en manos francesas, inglesas o incluso portuguesas. Los planes de Carlota pasaban por convertirse en regente de las Españas y de las Indias, instalándose en el Rio de la Plata, con el apoyo del partido carlotista y de algunos miembros de la burocracia española y portuguesa. Su intención era que las Cortes de Cádiz la nombraran regente mientras que su familia no fuera liberada. Esta operación era de mayor alcance, dado que no se sabía el destino final del secuestro, y si Carlota podría abdicar en su hijo Pedro para consolidar una unión ibérica.

En estos planes, Carlota contaba con el apoyo del almirante Sidney Smith, comandante de la estación naval británica en el Atlántico Sur, pero finalmente la interferencia de la diplomacia británica encabezada por el embajador Lord Strangford y la política expansionista de su esposo y el conde de Linhares (con el candidato Pedro Carlos de Borbón y cierta retórica cínica iberista) hicieron fracasar el proyecto. João VI determinó que, si su esposa era proclamada regente de España, entonces el propio rey portugués tendría derechos sobre el Virreinato del Río de la Plata como esposo de la regente. Esta insinuación de João VI hizo que el plan perdiera todo apoyo en Buenos Aires, donde no se deseaba caer bajo dominio portugués. Desde Cádiz no se veía con dramatismo la situación de Argentina pensando que la constitución lo apaciguaría todo. Sin embargo, las ideas liberales, al tiempo que traían libertades y progreso, fomentaban nuevos nacionalismos y fragmentaban aún más las sociedades hispanoamericanas.

Cualquier tipo de unión pacífica, entre España y Portugal, pasaba necesariamente por conseguir el apoyo de los ingleses a tal operación. Con portugueses, ingleses y españoles luchando juntos para expulsar a los franceses de la Península, y dada la magnitud del territorio resultante de la unión, los ingleses no estaban por la labor de apoyar tal plan.

En 1810, ya se había iniciado la operación para conseguir la Regencia en las Cortes de Cádiz. Pascual Tenorio, diplomático español en Lisboa, veía capacidad en Carlota de consumar la “gran obra” de la “reunión feliz de las dos potencias en un gobierno”, dado que existía el rumor de su pronta llegada a Lisboa, lo que alimentaba el entusiasmo de sectores iberistas liberales y de sectores absolutistas en Cádiz. Para Tenorio estaba claro que era una señal para que Carlota embarcase de Rio de Janeiro a Lisboa.

En las Cortes de Cádiz, José Presas, estaría coordinado con Pascual Tenorio y Pedro de Sousa Holstein, conde de Palmela, el eterno ministro de Exteriores del Imperio portugués, enviado como embajador a las Cortes de Cádiz. Por un lado, José Presas, que fue secretario de la reina Carlota en Rio de Janeiro, su hombre de confianza en el frustrado proyecto carlotista del Virreinato de la Plata, desapareció por un tiempo mientras fue haciendo cada vez más contactos con sectores liberales, manteniendo su lealtad con Carlota, dado que podría ser palanca de una unión ibérica y convertirse en un valido todopoderoso. La aspiración concreta de Carlota es a la doble regencia ibérica, una consorte (Portugal) y otra titular (España). Posteriormente se convertiría en reina de Portugal, Brasil y los Algarves, más tarde, emperatriz de Brasil, y tras la independencia de Brasil (1822), sería reina de Portugal y los Algarves únicamente.

La ventana de oportunidad estaba allí. Con una Francia derrotada; con la experiencia de una generación de liberales ibéricos luchando por la liberación de la Península; con líderes como el luso Saldanha o con los futuros cuadros del Trienio Liberal español, Carlota estaba dispuesta a camuflar su absolutismo e intentar capitalizar el prestigio que los Braganza tenían entre los liberales españoles. Representada con un hombre respetado por Inglaterra como el conde de Palmela, y con la agitación de José Presas entre los liberales más iberistas, su candidatura tenía cierta consistencia. Varios diputados se mostraron dispuestos a apoyar, especialmente entre los absolutistas, algunos de ellos catalanes, tierra de José Presas. El conde de Palmela también anunció que, en caso de que Carlota asumiera la Regencia, esta pasaría por México antes de llegar a España para apaciguar el clima de guerra civil, y así ganarse el apoyo de los diputados hispanoamericanos.

De nuevo el sebastianismo jugó en contra de la unión ibérica. En este caso el sebastianismo era español: el pueblo quería la vuelta del rey secuestrado Fernando VII. Los ingleses se opusieron a la Regencia de Carlota y a muchos liberales no les convencía el constitucionalismo repentino de una absolutista. En Cádiz circuló el rumor de que habían llegado las maletas de Carlota a Lisboa. Finalmente su proyecto de convertirse en regente fue rechazado por las Cortes de Cádiz. No obstante, esta operación diplomática de Carlota tuvo su éxito: le permitió constitucionalizar sus derechos dinásticos, derogando la ley sálica española, pero no sobreponiendo estos al declarado rey de España: Fernando VII. La Constitución sólo tendría dos años de vida (1812-1814). Entre los carlotistas en Cádiz se pidió aplicar el artículo 188 de la constitución que decía que “si el impedimento del Rey pasare de dos años, y el sucesor inmediato fuere mayor de diez y ocho, las Cortes podrán nombrarle regente del Reino en lugar de la Regencia”. Cuando fue liberado Fernando VII ya habían pasado 6 años de encierro, y justamente 2 años desde la promulgación de la Constitución.

En 1817, Fernando VII considera que Carlota Joaquina juega un papel importante para la identidad de relaciones, no sólo de conveniencia, sino de necesidad para ambas coronas para que vivan íntimamente hermanadas. Incluso se muestra abierto a una devolución de Olivenza con un tratado sin interferencias externas y con recíproca satisfacción.

En 1820, los liberales toman el poder en España y Portugal. Los liberales portugueses obligan a la João VI y a Carlota Joaquina a volver al Portugal europeo. Una larga guerra civil (1828-1834) entre los hijos de Carlota Joaquina, Miguel y Pedro, marcan los últimos años de Carlota, confinada en el Palacio Queluz. El miguelismo es el carlismo luso. Carlota apoyaría al absolutista Miguel, mientras que los iberistas españoles siempre vieron en Pedro un referente liberal para un emperador pluricontinental de Iberia.

Carlota Joaquina es hoy un personaje histórico célebre en Brasil. Amada y odiada, víctima de una leyenda negra, es protagonista en series y películas donde ella da rienda suelta a una española con fuerte carácter, ganas de mandar y de hacer lo que le plazca. Hoy puede ser vista como un ejemplo femenino de enfrentamiento al patriarcado de las casas reales. En Brasil tuvo un palacete de recreo en la ensenada de Botafogo (Rio de Janeiro), un mundo paradisiaco regado por el aguardiente brasileño de la cachaça. Por mucho que detestara la vida tropical, según algunos historiadores, lo cierto es que tuvo tiempo para el uso y disfrute.

A pesar del absolutismo y la megalomanía, sin duda fue una mujer que hizo historia y que casi consigue una unión ibérica post 1640. No obstante, la doble regencia no hubiese sido suficiente para consolidar la unión ibérica. Una hipotética operación a posteriori de abdicar en su hijo Pedro I de Brasil (IV de Portugal) tendría que haber venido por presión de su marido dado que Pedro y Carlota no se llevaban bien, ni coincidían en ideas.

 

Pablo González Velasco

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