La revolución mundial de la buena gente

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Tienen razón muchas de las voces que se han oído estos días, a raíz de la criminal agresión de Rusia contra Ucrania: en el mundo hay muchísima gente -no solo los ucranianos- que sufre crueldades extremas y que también es víctima de ataques militares.

El Yemen, por ejemplo, que, desde hace meses, es sistemáticamente bombardeado por la poderosa aviación de Arabia Saudí y vive una situación humanitariamente catastrófica. O el pueblo palestino, que arrastra, desde hace 75 años (!), una humillante ocupación de su territorio ancestral por parte de Israel. O los golpes de estado protagonizados por militares que se han producido, últimamente, en Mali y Burkina Faso.

En el mundo hay países sumidos en el caos permanente, como Libia, Sudán, Somalia… Y otros que están sometidos a durísimos y tiránicos regímenes personalistas, como Eritrea, Corea del Norte, Ruanda, Burundi, Venezuela, Tayikistán, Guinea Ecuatorial, Siria… Países sin libertades democráticas, donde la población vive ahogada, como son los casos de Birmania, Bielorrusia, Camboya, Kazajistán, Tailandia… Donde el partido único impone su ley y castiga la disidencia, como China, Cuba o Vietnam. Donde la religión es la excusa para aplastar el pluralismo político, como Arabia Saudí, los prósperos emiratos del golfo, Afganistán…

Pero el hecho que Ucrania sea un país europeo y que la brutalidad y persistencia de la intervención militar rusa tengan una gran cobertura mediática -gracias, también, al fenómeno multiplicador de las redes sociales- provocan que esta guerra nos toque a todos muy de cerca. Y es justo decir que la reacción que tiene la comunidad humana ante este exacerbado e inmoral ejercicio de violencia que despliega Vladímir Putin es conmovedor y, a la vez, esperanzador.

Pase lo que pase, el Kremlin ha perdido esta guerra absurda. Ucrania es un país independiente, más grande que España y con una población de más de 40 millones de habitantes. Su ocupación por parte de las tropas rusas no solo es una violación del derecho internacional, es una operación militar inviable, en la medida que su presencia en las ciudades ucranianas será una trampa mortal.

La instalación de un “gobierno títere” de Moscú en Kiev, que parece ser el objetivo final de Vladímir Putin, no tiene ninguna posibilidad de prosperar. Son tan profundas y tan dolorosas las heridas que el ejército ruso ha infligido e inflige a la población que la hostilidad contra el invasor perdurará por siempre jamás en la memoria de la inmensa mayoría del pueblo ucraniano, que nunca aceptará un gobierno satélite de Moscú.

La guerra acabará, pero la identidad y la soberanía de Ucrania saldrán reforzadas. En estas condiciones, el “sueño” de Vladímir Putin es irrealizable y, más tarde o más temprano, su ejército tendrá que dar marcha atrás y volver a sus cuarteles.

Provocar una división territorial del país, de forma que las regiones orientales y del sur pasen a estar bajo el control directo de Rusia, desembocará en una inevitable y abominable limpieza étnica que condenará el Kremlin al infierno de la historia. Pensar que la economía rusa basculará hacia China para cubrir el vacío que deja la fuga masiva de empresas occidentales y el boicot a sus exportaciones y entidades bancarias es una quimera que provocará mucho sufrimiento a la población.

La aplastante condena expresada por la Asamblea General de las Naciones Unidas contra el ataque a Ucrania; la respuesta contundente y unitaria de los países europeos, con la imposición de sanciones a Rusia, el envío de armamento a los resistentes y la acogida de refugiados; las manifestaciones de repulsa en ciudades de todo el mundo y los innumerables actos de solidaridad efectiva que surgen de la sociedad civil… constituyen un clamor atronador a favor de la convivencia fraternal y de la paz.

“Gracias” a Vladímir Putin, la humanidad ha hecho un ‘clic’ que nos ha despertado de la inercia y del fatalismo al cual parecíamos condenados. El sufrimiento de Ucrania nos ha hecho descubrir que todos tenemos un corazón donde brotan los más nobles ideales y sentimientos.

La revolución mundial de la buena gente está en marcha y la próxima parada será, precisamente, Rusia. La represión desmesurada y asfixiante que ha impuesto Vladímir Putin para intentar acallar las críticas internas y silenciar el clamor en favor de la paz es una “bomba de relojería” que le acabará estallando entre las manos.

Los rusos, en especial las generaciones más jóvenes, han probado la miel de la libertad y nunca más no renunciarán. Esta es una sociedad a la cual ni la manipulación, ni la censura conseguirán engañar ni callar. Estamos en el siglo XXI, la era de la luz.

 

Jaume Reixach

 

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