Suerte tenemos de Portugal

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Ahora parece que es verdad. Estamos saliendo de la pandemia de la covid-19 y el retorno a la normalidad, después de estos dos años terribles y traumáticos que nos ha tocado vivir, está cada vez más próximo. Dijimos que, una vez superáramos esta durísima crisis sanitaria, habríamos aprendido la lección que nos ha dejado y que, cuando todo pasara, conseguiríamos que el mundo funcionara de una manera mejor para todos.

Pero no. Los humanos somos, por antonomasia, unos seres contradictorios y embusteros, compulsivos y, demasiadas veces, violentos. Cambiar la sociedad y consolidar una convivencia basada en el respeto, el diálogo constructivo y la tolerancia es todavía un hito lejano hacia el cual tenemos que continuar avanzando sin desfallecer.

Tenemos el instrumento para hacerlo, imperfecto, pero útil: la democracia. Desgraciadamente, aquí y hoy, la democracia es todavía una quimera. Hemos tenido algunos ejemplos penosos en los últimos días, que nos tendrían que hacer reflexionar a todos y reaccionar en consecuencia.

El asalto al Ayuntamiento de Lorca por parte de una turba de ganaderos furiosos que estaban en contra de la limitación de las macrogranjas ha sido un episodio tristísimo, a imitación de la acción de los trumpistas que ocuparon el Congreso de los Estados Unidos. Aunque sea un hecho menor, también es relevante que el proceso, supuestamente democrático, para la elección del representante español al festival de Eurovisión fuera groseramente manipulado. Resulta que la candidata ganadora, Chanel, solo obtuvo el 4% de los votos emitidos por los telespectadores.

Hablando más seriamente, la votación en el Congreso de los Diputados para la modificación de la reforma de la ley laboral ha sido una vergüenza, por muchos motivos. No solo por el error -consciente o involuntario, esto no lo sabremos nunca- del diputado del PP, Alberto Casero. La ausencia forzosa del diputado de Podemos por Canarias, Alberto Rodríguez –excluido del hemiciclo, a pesar de que su inhabilitación solo fue de 45 días, que ya han pasado-, o el impresentable transfuguismo de los dos representantes de UPN significaron un fraude gravísimo que denota el pésimo estado de la democracia en España.

En Cataluña, la inhabilitación, forzada por la Junta Electoral Central (JEC), del diputado de la CUP Pau Juvillà ha degenerado en un vodevil político de muy baja estofa, con la presidenta del Parlamento, Laura Borràs, como principal protagonista. Decía que no se arrugaría y que desobedecería la surrealista instrucción de la JEC y, a la hora de la verdad, ha escurrido el bulto. Patético. Además, de “motu proprio”, impulsó una insólita suspensión de la actividad parlamentaria durante dos días, secuestrando el funcionamiento de nuestra principal institución de autogobierno. Si tuviera una brizna de coherencia, habría dimitido.

Pero no. Aquí no dimite nadie. La política, en vez de ser un compromiso de servicio a la sociedad, se ha convertido en uno de los trabajos más confortables y mejor pagados que existen en el mercado laboral. Afuera hace mucho de frío y los electos –sean del color que sean- se agarran al cargo, cuanto más años mejor, como si les fuera la vida en ello.

Hasta que no asumamos rasgos básicos de la democracia, como son la limitación de mandatos o la dignidad de dimitir cuando no haces lo que has prometido o te pillan mintiendo o delinquiendo, no podremos decir que tengamos, realmente, el “gobierno del pueblo”. En esto, estamos todavía en pañales y tendrá que ser la presión de la calle y la mediática quienes fuercen a hacer evolucionar nuestra empobrecida democracia hacia los estándares anglosajones y nórdicos.

Hay muchas situaciones podridas y absolutamente insostenibles. Por ejemplo, la renovación del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), que hace más de tres años (!) que tiene el mandato caducado. La falta de entendimiento entre el PSOE y el PP es una gravísima irresponsabilidad que contamina y distorsiona todo el sistema de administración de justicia.

Contrasta el anémico estado de salud de la democracia y el tóxico ambiente político que sufrimos en España y en Cataluña, con el chute de aire fresco que nos llega del Atlántico. El candidato socialista, António Costa, ha sido refrendado en Portugal con una sólida mayoría absoluta que abre un periodo de atractiva estabilidad en este país vecino y hermano durante los próximos cuatro años, condición indispensable para consolidar una etapa de prosperidad.

Portugal siempre ha sido considerado el “pariente pobre” de la península Ibérica y así lo certifica la trágica diáspora que, por motivos económicos, ha sufrido en las últimas décadas. En el país viven 10,2 millones de habitantes, pero hay 2,6 millones más que viven y trabajan en el extranjero. En datos comparativos, su PIB per cápita todavía es inferior en un 20% al de España.

Pero Portugal siempre nos da lecciones. Por ejemplo, con la proclamación y defensa de la fórmula republicana del Estado, conquistada con la revolución del año 1910. O con la liquidación, en 1974, de la dictadura salazarista, gracias al golpe de estado de los militares, secundado de manera entusiasta por la población.

De unos años acá, Portugal se ha convertido en un país de moda. Y, después de la victoria de António Costa, todavía lo será más. El líder socialista ha introducido muchas y significativas mejoras sociales que favorecen la vida de los trabajadores, de las familias, de los pensionistas…

En España, y también en Cataluña, nos conviene estrechar decididamente las relaciones con los portugueses. No solo por razones empresariales o culturales: sobre todo, por la inteligencia política colectiva que demuestran tener y por la madurez de sus instituciones y de su democracia. Necesitamos “portuguizarnos”.

 

Jaume Reixach Riba

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