2020, el año del banquete de los conspiranoicos

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Hace un año, cuando EL TRAPEZIO publicó que el coronavirus había llegado a Macao (China), todavía la peste y las cuarentenas eran un mundo del pasado que jamás volvería. Dos meses después, caería como un meteorito el descredito de la creencia de la seguridad sanitaria. Ortega y Gasset establecía diferencias entre ideas y creencias. Las ideas serían pensamientos que controlamos y producimos; y las creencias serían -según Ortega- pensamientos que hemos interiorizado sin darnos cuenta y que no cuestionamos porque nos vienen dados de generaciones anteriores.

En marzo llegaría el torbellino viral, el desbordamiento hospitalario y la huida del avispero, recuperándose la solución tradicional de la cuarentena. Todos encerrados en casa. Era la tormenta perfecta para que salieran de las alcantarillas los capitanes a posteriori y los conspiranoicos para hacer negocio ideológico de la tragedia dado el escenario de ruptura de la creencia de la seguridad sanitaria. Además, ocurrió en el momento de mayor poder de la extrema derecha desde los años treinta y cuarenta. Las maquinarias engrasadas de fake news, que instrumentalizaron las redes sociales, difundieron -a diestro y siniestro- teorías de conspiración que caían en terreno fértil político y social, con una ciencia temporalmente noqueada y un enemigo a batir: China.

No obstante, la apuesta en la necropolítica y la disonancia cognitiva es algo arriesgado porque puede ayudar a fanatizar a corto plazo, pero siempre hay pérdida de apoyos porque el desprecio a la vida lleva a justicias poéticas que sirven de enseñanza para algunos. En Brasil hay varios casos de figuras públicas y presentadores de televisión partidarios de enfrentar el coronavirus sin protección y con cloroquina, que han acabado en el cementerio. El festival de los conspiranoicos ha generado cambios de comportamiento como el experimentado por Iker Jiménez, que ha enseñado sus colmillos de extrema derecha mientras aumentaba su audiencia por Youtube. Las teorías de la conspiración son así porque se tratan de hipótesis construidas sobre otras hipótesis, que todavía no se han validado. La cadena causal no existe, pero es compensada y disfrazada con magnetismo personal e inversión de la carga de la prueba.

Lo cierto es que un año después, la ciencia está recuperando terreno rápidamente por la hazaña de las vacunas. El próximo verano veremos el grado de contundencia de la victoria que la ciencia alcanza sobre el coronavirus y los conspiranoicos. A una escala menor, también se ha producido una teoría de la conspiración sobre el supuesto origen plástico de la nieve, porque una nevada sin precedentes -para la memoria de los vivos- era otra brecha para el festín de los mediocres que se sienten engañados por el poder.

En Estados Unidos, QAnon y los trumpistas, en general, hicieron el agosto con el coronavirus, pero la pila de muertos se les cayó encima de la cabeza. Han llegado al fin de camino. Puede que el fenómeno derive en un terrorismo más violento de lo ocurrido en el Capitolio, pero van a sentir el aliento del FBI. También el negacionismo puede traducirse en un importante rechazo a aplicarse la vacuna, sin embargo muchos acabarán yendo un poco más tarde y disimulando. Las Big Tech (Amazon, Apple, Google -Youtube-, Facebook -WhatsApp-, Twitter y Microsoft) después de ganar mucho dinero con la nueva forma de comunicación política diseñada por Steve Bannon, han visto como les empezaba a salpicar la mierda. Twitter acaba de poner el cartelito de engañoso a un tuit del Ministerio de Sanidad de Brasil. Ese es el nivel de descalabro. El Gobierno Bolsonaro se ha visto desbordado y derrotado por el Gobierno de São Paulo y los Institutos de investigación, y finalmente la vacuna china y la de Oxford han sido aprobadas.

Desde el punto de vista democrático, que estos submundos dominen partes de la opinión pública es un problema porque interrumpe el debate político racional. Es cierto que la disonancia cognitiva no sólo viene de este tipo de fanatismo, existen otros. En todas partes cuecen habas. Por eso el Derecho y la Ciencia, desde una perspectiva crítica (para evitar derivaciones como las del nazismo), son fundamentales para las narrativas ideológicas tengan un anclaje en la realidad material. Para jugar al ajedrez hay que aceptar las reglas. Lo mismo que para un debate, hay que pactar previamente el procedimiento. Con quien defeca y se orina sobre el tablero, no hay juego posible. Pasa igual con el uso de las redes sociales. Alguno ha comparado el derecho de Twitter de censurar a Trump con el derecho de admisión del dueño de una tienda. No es exactamente así; se trata de un cliente (Trump) que entra y hace sus necesidades deliberadamente en el suelo de la tienda y exige el derecho de poder comprar. No existe el derecho de mentir, hacer trampas, hacer escarnio, fomentar la violencia y finalmente hacerse la víctima.

Sin duda el debate sobre la regulación de las Big Tech tiene que darse. Las redes sociales se han utilizado para bien y para mal. La defensa de la libertad de expresión de Trump (más allá de sus seguidores), desde un puñado de militantes de izquierda en el mundo, si excluimos a dos o tres ingenuos circulando, la mayoría son nihilistas e irresponsables que apuestan a la catástrofe. Quieren ver el apocalipsis acontecer; una venganza contra un Imperio, olvidando que hay un pueblo y que un conflicto interno provocaría daños colaterales en todo el mundo. Todo apunta a que, con la derrota de Trump, la vacunación general y la reacción de las Big Tech, los conspiranoicos volverán por un tiempo a su tamaño natural (aunque persistirá el trauma del “virus chino”). La humanidad reconstruirá la creencia de que las cuarentenas y la peste son cosas del mundo del pasado.

El periodista brasileño Kiko Nogueira ejemplificaba la situación de Brasil como la de estar en una habitación, con la luz apagada y la puerta cerrada con llave, con un psicópata con una navaja. Y ahora además «sin oxígeno» como lo que está ocurriendo en los hospitales de Manaos. Podemos pensar si preferimos estar en la habitación con un Trump, un André Ventura, un Abascal o un Bolsonaro; o bien con un Zuckerberg, un Jack Dorsey o un Bill Gates. Parece algo muy básico, pero ese es el tamaño del retroceso del último lustro a escala mundial.

Por último, y cambiando de tema, hago un apelo al Ministerio de Sanidad español para que se ponga a la disposición del Ministerio de Sanidad portugués, siguiendo el espíritu de solidaridad y coordinación de la última Cumbre Ibérica, para ofrecer eventualmente camas en hospitales españoles para enfermos portugueses de coronavirus dada la saturación que sufren. Otra opción sería la ayuda de la Unidad Militar de Emergencias para levantar hospitales de campaña.

Pablo González Velasco

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