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Ser testigo de las elecciones legislativas portuguesas en un domingo radiante de octubre es de por sí un privilegio. En los Olivais de Lisboa, al pie de la casa de los Maias de Eça de Queiroz, observé con envidia para un brasileño este ejercicio democrático que ratificó y dió el beneplácito a la Jeringonza, liderada por el Partido Socialista de Antonio Costa. Por la noche vimos los primeros resultados de las urnas entre el regojizo de los portugueses. No es para menos, Portugal es una referencia en la Comunidad Europea, con los mejores indicadores socioeconómicos de los últimos años, siendo la envidia de muchos en el viejo continente y al otro lado del Atlántico.

Todavía en la Península, aterricé en Barcelona en vísperas del anuncio de las sentencias impuestas a los líderes independentistas catalanes, movilizando a más de 500.000 personas en las calles de la ciudad. El telón de fondo son las elecciones legislativas españolas, donde todos se dirigen a sus votantes. El Partido Socialista Obrero Español quiere emular la Jeringonza en Madrid, pero son realidades muy diferentes.

En América Latina, la temperatura política en octubre tiende a explotar. En Ecuador, el presidente Lenin se vio obligado a abandonar Quito para ir a Guayaquil y dar marcha atrás en el aumento de los combustibles, literalmente asediado por movilizaciones sin precedentes. En Haití, la reducción de la presencia de la ONU hace crecer la tensión con manifestaciones violentas en las calles. En Centroamérica, Honduras es la mayor preocupación, con la creciente falta de oportunidades y la emigración hacia México y los Estados Unidos de América.

La mayor sorpresa vino de Santiago de Chile con un millón de personas en la calle, donde un aumento de céntimos en el precio del metro liberó todo el descontento social reprimido en lo que se decía que era el escaparate del neoliberalismo en la región. 19 muertos, toque de queda, militarización de la capital entregada al mando de un general del ejército. Las desigualdades exacerbadas están detrás del descontento. En Perú, el cierre del Parlamento y la convocatoria de elecciones legislativas también generaron tensiones, pero la medida aplacó los ánimos de la población, harta del politiqueo y la corrupción.

En Bolivia, las elecciones dieron una victoria justa al presidente Evo Morales, que lidera un crecimiento de casi un 4% con una fuerte reducción de la pobreza, mostrando un camino fuera de las recetas neoliberales del FMI. Aún en octubre, Argentina y Uruguay acudieron a las urnas, con resultados que también apuntan en la dirección del crecimiento autocentrado y de la integración latinoamericana.

No, esta ya no es una telenovela política grabada en América Latina y el Caribe, o en el contexto iberoamericano.

¿Qué caminos seguir ante la cortina de humo estadounidense, que insiste y se centra en la crisis de Venezuela, o en la cantinela del embargo económico a Cuba?

El gran asunto está en la ausencia o incluso en la negación de los esfuerzos para la integración latinoamericana. ¿Dónde están la CELAC, UNASUR, el propio MERCOSUR, el Mercado Común Centroamericano, los esfuerzos de integración de la región con la Unión Europea? ¿Dónde están los grandes líderes de la región que priorizaron la búsqueda del entendimiento y la integración?

Volvemos a Portugal, y ojalá España, después de las elecciones de noviembre. La Jeringonza cumplió con sus responsabilidades con la región, inspirando a España y señalando formas de construir un proceso de integración más decidido entre América Latina y el Caribe, más allá de la región donde hablamos portugués y castellano. ¿Qué podemos esperar de Lisboa después de la Jeringonza? ¿Y de Madrid?

 

Paulo Speller es profesor titular en la Universidad Federal de Mato Grosso (UFMT), fue presidente y rector de la Universidad (Federal) de la Lusofonía Internacional Afrobrasileña (UNILAB, 2008-2013) y Secretario General de la Organización de los Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI, 2015-2018).