Como resultado de un año de acercamientos, de diálogos discretos y de una reveladora reunión en Oporto, EL TRAPEZIO ha podido realizar una entrevista con el diputado iberista portugués Jorge Pinto. Aquel encuentro se produjo pocos días antes de que Jorge Pinto asumiera el reto de ser candidato a la presidencia de la República de Portugal por el Partido Livre. Como diputado y referente de una nueva generación, su discurso iberista no solo es valiente, sino estratégicamente imprescindible.
Lo que define a Jorge Pinto es una honestidad intelectual poco común. No vende un iberismo de banderas únicas ni de absorciones administrativas. Su apuesta es mucho más sofisticada y pragmática: un iberismo de soluciones. Asume con naturalidad la polisemia del iberismo que distribuye en cuatro pilares: 1) la nacionalista ibérica que rechaza políticamente, aunque sí que se queda con una idea filosófica romántica en lo cultural; 2) la reformista, que asume abiertamente; 3) la transfronteriza y de intercambio cultural; 4) la que nosotros llamamos iberófona.
Al citar a José Saramago y su emblemática La balsa de piedra, el diputado propone una evolución necesaria. Si para el Nobel la península debía desgajarse de Europa para encontrarse a sí misma, Pinto propone lo contrario: «Yo rechazo un poco esa idea de fuga. Yo pienso que es lo opuesto: una península ibérica que entra hacia dentro de Europa». Su iberismo es, ante todo, un europeísmo reforzado, así como una contranarrativa porque «hay en el iberismo una capacidad de apertura, en particular en este momento de reorganización global, de intento de imposición de la ley más fuerte a nivel global. Crear una opción asentada en la democracia y a los derechos internacionales, puede pasar también por este iberismo ampliado». Ese acercamiento a la profundidad de Europa no excluye «la vinculación socioafectiva y política entre Iberia y América Latina y el propio continente africano».
Esta visión es la que genera una afinidad natural con EL TRAPEZIO. Coincidimos en que la soberanía no se defiende dándole la espalda al vecino, sino multiplicando la voz común. Jorge es consciente de que un Portugal y una España coordinados tienen una capacidad de influencia que por separado se diluye. «Portugal y España, con una acción conjunta, tienen más peso, pueden entonces influenciar la política europea de una manera que un país en solitario, de forma individual, no conseguiría», sostiene.
Es relevante que un candidato a la jefatura del Estado portugués asuma sin complejos su identidad iberista y busque activamente el diálogo con la «contraparte» española. En un contexto donde la política internacional a veces parece reducirse a la gesticulación, Pinto lamenta la falta de sintonía en temas de calado, como la posición frente al Derecho Internacional o la Alianza Atlántica. Critica la falta de «solidaridad con el presidente del Gobierno español» en momentos críticos y aboga por un diálogo «serio, franco y relativamente continuo». Para él, ser iberista no es una renuncia a la identidad nacional, sino una herramienta de prosperidad: «Cuando digo que soy iberista, soy iberista porque creo que es bueno para mi propio país, que es Portugal». Es una visión desprovista de complejos, que entiende que en el siglo XXI la soberanía se ejerce a través de la cooperación y no del aislamiento.
En un momento de la entrevista, dado el contexto de tensión entre grandes potencias nucleares, el debate sobre el concepto de «soberanía» suele trasladarse al ámbito de la soberanía geopolítica que hoy en día sólo tiene sentido en el ámbito continental. La soberanía formal, de derecho, de cada Estado a tener un asiento en la ONU, bajo el amparo del Derecho Internacional, es algo que el movimiento iberista del siglo XXI siempre lo ha resaltado para que no hubiera sospechas sobre su proyecto: el iberismo defiende la soberanía de España y de Portugal. Y, en esto, Jorge Pinto ha sabido recordarnos lo cuán importante que es de cara al discurso hacia Portugal, a pesar del contexto de peligro imperialista que existe en el mundo y la realidad de la interdependencia entre aliados. Sí que puedo agregar que conviene no perder el realismo y apostar, no ya por una unidad de soberanías europeas, sino por un Imperio europeo democrático heterodoxo, donde Iberia sea un ejemplo de cooperación reforzada como el Benelux, cuyas instituciones comunes gestionan una coordinación ágil y permanente de todos los poderes de los Estados participantes, que siguen siendo soberanos.
Ver a Jorge Pinto en el Parlamento portugués es una señal de esperanza para quienes creemos en la convergencia ibérica. Su enfoque en las «cosas básicas» —la vivienda, la salud, la gestión del agua— demuestra que el iberismo no es solo un debate para intelectuales en cafés de Lisboa o Madrid, sino una hoja de ruta para mejorar la vida de los ciudadanos a ambos lados de la Raya. Jorge Pinto marca la diferencia porque entiende que el río que nos une no debe ser una frontera, sino un recurso compartido. Su ascenso político es una excelente noticia para las relaciones bilaterales y un recordatorio de que, si sabemos leernos mutuamente, la «balsa» de Saramago no tiene por qué navegar a la deriva, sino liderar el rumbo de la nueva Europa.
Pablo González Velasco


