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De padre portugués y madre española, Laura Fernandes creció en un paraíso verde, en el parque de Arribes del Duero (Arribas do Douro), la ecorregión que comparten Portugal y España, zona declarada Reserva de la Biosfera Rransfronteriza Meseta ibérica, que sirve de refugio para especies en peligro de extinción, como el águila. Ella siente la Raya como «una sola tierra».

Laura es ambientalista y conoce cada pasaje y cada piedra del cañón del Duero después de años de trabajo como guía en el barco de la Estación Biológica Internacional, un proyecto empresarial turístico de vocación ecológica que nació en la portuguesa Miranda do Douro con financiación europea.

En esta reserva, el Duero forma, durante unos 115 kilómetros, una frontera natural entre España y Portugal, pero más que separarse, se une, porque las tierras de los acantilados comparten todo, no sólo historia y cultura, sino economía, costumbres e incluso problemas, como la despoblación. «La zona es espectacular. Venir al cañón hace que sea más fácil transmitir los valores que tenemos en la región», dice Laura.

Los valores como la importancia de conservar la naturaleza para las generaciones futuras o la conciencia de que las fronteras son imaginarias. «La frontera no existe, nunca existió», asegura Laura. «Para mí el río no es una frontera, es un nexo entre los dos países. Soy española y portuguesa, una mezcla de los dos, al igual que el río aquí», añade.

La historia le da la razón. Las tierras de los Arribes siempre han estado vinculadas. «Incluso con contrabando», bromea. Y, efectivamente, todavía hay marcas en las orillas de los caminos utilizados por los contrabandistas durante décadas. Cruzaban en barcas o improvisaban “tirolinas” con cuerdas, como podían.

Esta ecorregión, integrada en su conjunto por 41 municipios de ambas costas, mantiene características económicas, culturales e incluso turísticas idénticas. «No me siento ni de España ni de Portugal. Soy de los dos lados. Me siento del río «, resume Laura.