Se cumplían 482 años, cifra nada redonda para conmemorar un episodio que, a priori, no fue trascedente en el devenir de la historia de nuestra península. No obstante, desde la perspectiva simbólica de quienes buscan los guiños fraternales entre aquel y este lado de la Raya, la efeméride resulta potencialmente provechosa para seguir expandiendo la idea de que el futuro es más halagüeño si vamos de la mano. También para el pequeño pueblo donde tuvo lugar el acontecimiento, el recuerdo y la conmemoración pueden suponer un estímulo más en la perpetua lucha contra la apática inercia que asola nuestro mundo rural, aunque solo sea para alimentar el alma unos pocos días del año. Así que, tal vez, la redondez de un aniversario o la relevancia histórica de un suceso no sean los factores más determinantes a la hora de celebrar y fijar memoria compartida.

Corrían los primeros días de noviembre del año 1543 cuando la infanta María Manuela de Portugal recorría Extremadura de suroeste a norte camino de Salamanca, donde unos días después tendría lugar su desposorio con el príncipe Felipe de Austria. Informan las crónicas que cada localidad de paso se engalanaba para recibir a la que se esperaba fuese en un futuro reina de Castilla y de todos los demás dominios que recibiera el hijo de Carlos V. Badajoz, Alburquerque, Brozas, Alcántara o Coria fueron algunos de los lugares extremeños que atravesó la comitiva. Mientras tanto, el joven príncipe, de 16 años, ansiaba en deseos de admirar a su prometida y tomó la decisión de partir desde Valladolid en dirección a los dominios altoextremeños del Duque de Alba. En modo incógnito, el día 6 coincidió por fin con la portuguesa en Abadía, no quedando satisfecho del encuentro por lo encubierta que la llevaban en su litera.
María Manuela pernoctó esa noche en Aldeanueva del Camino, Felipe en el bellísimo palacio ducal de Sotofermoso. Al alba del día 7, el príncipe ordenó que se dispusiera todo para poder contemplar a la infanta en el lugar por el que aquella hubiera de pasar. En el balcón de una posada de la calle mayor de Aldeanueva se ocultó el hijo del emperador tras unas sábanas esperando el cortejo portugués. Recomendaron en esta ocasión a María Manuela poner marcha sobre una mula con la excusa de que la litera tendría dificultades de trasiego y cuando aquella estuvo a la altura del mesón, se retiraron las telas y, ahora sí, Felipe quedó maravillado con lo que vio. Hay quien afirma que la infanta no miró hacia el corredor, pero que las damas portuguesas le advirtieron de lo apuesto del prometido.
Aquella jornada en Aldeanueva fue el momento en que un príncipe maternalmente portugués miraba con admiración a quien se convertiría en su primera mujer, portuguesa también. Y es que Portugal siempre fue una prioridad para los monarcas castellanos de hace medio milenio. El encuentro entre Felipe y María Manuela simboliza, pues, la voluntad de unión entre dos territorios que comparten la misma geografía y horizonte cultural. Cierto es que la infanta moriría solo dos años después de celebrarse el casamiento y que los derroteros matrimoniales del Habsburgo deambularían entre Inglaterra, Francia y Austria. No obstante, el azar histórico lo entronizaría, como sabemos, en el trono luso a partir de 1580. La mala prensa del Portugal dos Filipes o la actual visión que se tiene de los tiempos en que gobernaban con mano férrea reyes “por la gracia de Dios”, no debería ser hoy impedimentos para reconocernos en nuestra historia común.
Juan Rebollo Bote
Lusitaniae – Guías-Historiadores