Alcántara, algo más que un puente

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Del árabe al-Qanṭarat, “el puente”, varios topónimos derivados a las lenguas castellana y portuguesa recorren nuestra geografía ibérica. Muchos de ellos, curiosamente, se asientan en el río Tajo, uniendo orillas en Toledo, en Lisboa o en un pueblo de la provincia de Cáceres que adopta aquel nombre. La transcendencia de la denominación Alcántara quedó fijada históricamente en una Orden Militar –de la que hablaremos a continuación– y en alguna que otra batalla, especialmente la que en 1580 enfrentó a partidarios del rey hispánico, Felipe, contra los del prior de Crato, Antonio, y que tendría como consecuencia directa la unión de coronas peninsulares bajo el monarca Habsburgo. Desde la óptica patrimonial un puente destaca sobremanera, el de la villa extremeña a la que dedicamos estas líneas.

La razón de existir de Alcántara es, en primer lugar, el río Tajo y las gentes que se asentaron en su entorno a lo largo de milenios. Numerosos restos megalíticos, por ejemplo, se esparcen por la comarca alcantarina. Pero una primera fecha clave es la que ofrece la deditio o “Bronce de Alcántara”, hacia 104 a. C., por la que Roma se establece definitivamente en la zona y somete al pueblo de los seano[…], más de tres décadas después de vencer a Viriato y sus secuaces lusitanos. Tal vez a partir de entonces se creara un primitivo paso –de madera o de piedra– que solventara el río y que fijara posición estratégica para el desarrollo posterior de la red de comunicaciones de la provincia de Lusitania. En época de Trajano, 103-104 d. C., se erigiría el magnífico puente –casi 200 metros de longitud, casi 60 de alto (exceptuando el arco)– que hoy apreciamos en su readaptación moderna y contemporánea.

El aspecto actual del Puente de Alcántara es consecuencia de sucesivas intervenciones perpetradas a lo largo del tiempo, como bien se advierte de sus propagandísticas inscripciones conmemorativas. Cayo Julio Lacer fue su arquitecto, según se desprende de la inscripción aparecida en el pequeño templo romano que luego fue ermita dedicada a San Julián. Es posible, como suponen muchos historiadores y arqueólogos, que el arco central –mal llamado “Arco del Triunfo”– pudiera haber sido en origen una puerta de acceso al propio puente. Los cronistas árabes aseguran que había una fortificación inexpugnable en su centro y hablan de la existencia de una legendaria espada que daría lugar al apelativo as-Saif (“la espada”) como acompañante de la voz al-Qanṭarat. Ibn Hayyan (siglo XI) comenta que el puente es “el mejor, más alto y más admirable de al-Andalus”. Al-Idrisi (siglo XII) describe Alcántara como “un castillo (hisn) construido sobre un puente” en el que la población habitaba y donde estaba “al abrigo de todo peligro, porque solo se puede atacar por el lado de la puerta”.

Pero, como advertíamos, Alcántara trasciende su realidad arquitectónica romana para adquirir dimensión de centro militar y urbano con el correr del tiempo medieval. A los andalusíes se debe la ampliación del enclave fortificado al unir el puente con el cerro vecino donde construyeron alcazaba. La arqueología dirá en el futuro qué resta de aquel periodo en que la plaza alcantarina se convirtió en frontera caliente entre musulmanes y cristianos. En la “villa vieja” solo se perciben hoy las fábricas de la que fue iglesia de la Encarnación –probable mezquita anterior– y del convento de las comendadoras de Alcántara, rama femenina de la orden militar establecida en la plaza –San Julián del Pereiro– tras la conquista de Alfonso IX de León en 1213 y la renuncia de su tenencia por parte de los calatravos poco después. La Orden de Alcántara, como se conocería a partir de entonces, estableció su primitivo y principal convento en la otrora alcazaba y propició el desarrollo de la villa hacia el arrabal este.

Sobre un área cementerial islámico –maqbara– se construiría la iglesia de Santa María del Almocóvar (que atesora lienzos de Luis de Morales y un excepcional sepulcro de alabastro del comendador Bravo de Jerez, entre otras cosas) y a su alrededor las casas de la nobleza local y demás población alcantarina, incluidos moros y judíos. Destaquemos, por su importancia erudita, las casas donde nacieron Pedro de Barrantes Maldonado o Jacinto Arias de Quintadueñas, quienes legaron obras valiosísimas para conocer la historia de la villa. No obstante, si hubo una figura alcantareña de resonancia supralocal esa fue la de Juan de Garavito y Vilela de Sanabria, más conocido como San Pedro de Alcántara. Este religioso franciscano, asceta, fue reformador de la rama de los Descalzos, confesor de Santa Teresa de Jesús (o de Ávila) y fundador de numerosos cenobios, como el del Palancar. Sus supuestos milagros y aura de fe llegaron al Vaticano con el correr del siglo XVII, siendo beatificado primero y santificado después. En Alcántara se construyó una iglesia con su advocación en el solar que ocupó la casa donde nació. Hoy es patrón de Extremadura.

El legado alcantarino no acaba con lo expuesto. De hecho, el monumento que más llama la atención de la villa –exceptuamos el puente– es el Conventual de San Benito, una colosal edificación que habla del esplendor económico del siglo XVI, al menos hasta que la monarquía destinó los fondos hacia otros lares. Sorprenden las proporciones catedralicias de la inconclusa iglesia, la escalera de caracol de la sacristía, el enterramiento de Frey Nicolás de Ovando (figura clave de los primeros momentos americanos) o las manifestaciones pétreas del simbolismo del emperador. En el exterior, la galeria de Carlos V, resalta la belleza renacentista que hoy sirve de telón de fondo del Festival de Teatro Clásico (del Siglo de Oro) de Alcántara, otra excusa más para visitar la localidad.

Aún podríamos seguir ofreciendo más motivos patrimoniales para llegar a una conclusión: Alcántara es uno de los lugares más espectaculares de nuestra bendita península. Eso sí, su comunicación principal es una carretera nacional –de exuberante paisaje, por otro lado– que la une con Cáceres. La circunstancia fronteriza con Portugal la mantuvo arrinconada en España. Sin embargo, al sufrimiento histórico causado por guerras o desamortizaciones, se abre hoy un nuevo futuro, rayano, que habrá de convertir los baluartes alcantarinos en miradores hacia el horizonte común hispano-portugués. Alcántara, algo más que un puente romano, un puente ibérico.

 

Juan Rebollo Bote

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