Iberia y la acracia

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La singularidad del anarquismo español ha interrogado a lo largo de los años a gran número de científicos sociales e historiadores. El más conocido de todos ellos Eric J. Hobsbawm, que, como buen marxista, asociaba su abundancia en la España de los movimientos sociales de la segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del XX, a que sus componentes respondían a la figura del “rebelde primitivo”. Deficiencia derivada de un estadio de conciencia primigenio que no había evolucionado científicamente para adecuarse a la conciencia de clase del moderno proletariado. Sea como fuere, el predicador del marxismo en España, Paul Lafargue, obligado por razones familiares, ya que era yerno de Karl Marx, en el fondo y en la forma era ácrata proudhoniano de formación y vocación. Por ello, nomás, escribió aquel célebre opúsculo titulado El derecho a la pereza, antítesis del productivismo marxista.

Otros, quizás con más perspectiva, han querido ver en el anarquismo hispano, una manifestación de profetismo antiautoritario contra toda jerarquía. O sea, como una revuelta contra la sociedad de castas. Las agrupaciones proletarias que llenaron los campos andaluces, descritas por Juan Díaz de Moral en su Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, actuaban en la clandestinidad, emulando a los primeros cristianos, fascinados por la hermandad y la justicia, que debía advenir por vía de la revolución social, y por ende de la cultura. El liderazgo libertario eran un verdadero apostolado, más que una vara de mando. Y, en lógica consecuencia, la debilidad del movimiento era la misma que el de los encabezados siglos antes por Thomas Müntzer y Jan Hus en centro Europa: el espontaneísmo. Ahora bien, la singularidad española reside en que el movimiento libertario estaba enraizado asimismo en la vida industrial y urbana. Las tesis de Hobsbawm sobre el primitivismo revolucionario, pues, no convencieron a casi nadie.

Más inquietante aún es que el anarquismo hubiese atraído a personas de orígenes aristocráticos, como el príncipe ruso Pyotr Kropotkin, o al pequeñoburgués luso Fernando Pessoa. Este último posee un librito que, a mí, en tanto que escéptico de la teoría social, me encantó siempre, aunque comprendo que a los libertarios de verdad no les agrade ni por asomo, pues es una refutación de sus militancias: O banqueiro anarquista (El banquero anarquista). En este opúsculo publicado en 1922, un obrero que a fuerza de triunfar llega a banquero se esfuerza en razonar a su interlocutor que él es un anarquista “práctico” y “científico”, mientras los demás, los militantes, son anarquistas “teóricos” y “místicos”: “Ellos son anarquistas sólo teóricos, yo soy teórico y práctico; ellos son anarquistas místicos y yo, científico; ellos son anarquistas que se agachan, yo soy un anarquista que combate y libera… En una palabra: ellos son pseudo-anarquistas y yo soy anarquista”, escribirá Pessoa. El anarquismo, pues, tenía un enorme predicamento en aquel momento, siquiera para refutarlo, como se había mostrado en la revolución rusa de 1917, donde muchos componentes de su vanguardia intelectual, antes de devenir bolcheviques, habían militado en el campo libertario.

Aunque nunca había conocido a ningún anarquista vivo, recuerdo haber leído en la adolescencia, a principios de los setenta, la Historia del anarcosindicalismo español, de Juan Gómez Casas. Con su lectura me forjé una visión privada e idealizada del movimiento libertario. Ahora leo en una vieja edición de la Historia de la F.A.I., del mismo autor, que la Federación Anarquista Ibérica formada en 1927 para imprimir autenticidad al sindicato Confederación Nacional de Trabajo (CNT), tuvo unas relaciones súper fraternales con los libertarios portugueses. Hasta tal punto, que les cedieron los puestos claves del secretariado peninsular de la F.A.I., para que no hubiese sospecha de apropiación “españolista”. Como las fuentes de información eran esencialmente orales, Gómez Casas les concede mucha importancia a los testimonios. Algunos de ellos son extremadamente significativos.

Los reunidos clandestinamente en Valencia en 1927, en el acto de constitución de la F.A.I., acuerdan que la forma de organización de esta sea la “federación ibérica”, y que para ser consecuentes deben asumir la dirección los compañeros portugueses. Estos tuvieron que sortear muchos problemas en plena dictadura primorriverista para llegar sin ser notados a Valencia. La delegación portuguesa estaba compuesta por Quental, que escribía en el periódico Batalha, y otro militante de nombre desconocido. Quental se hacía entender hablando lentamente el portugués. Según el texto de Gómez Casas, basado en fuentes orales, tras solicitarles todos los presentes que asuman el secretariado, se produce este emotivo momento: “Después de dicha declaración (…), hecha en tales términos, todos los participantes fijaron los ojos en los portugueses en el mayor silencio. Pero el silencio se prolongaba más de lo normal. Es que los compañeros lusitanos, con los ojos humedecidos, resultaba que no podían hablar”. Una vez que se recuperaron de la emoción, que denotaba la más alta estima, y el internacionalismo más prístino, declinaron el ofrecimiento en favor de Sevilla, donde también descollaba algún compañero medio portugués medio andaluz. Resulta evidente que en los medios ácratas su natural internacionalismo los inclinaba naturalmente a adoptar posiciones iberistas. Además, en los exilios, en especial en Francia, estas relaciones político-emocionales se habían estrechado, como cabe suponer, confraternizando a diario como ibéricos con parecidas dolencias políticas.

Bien estaría ahora que la izquierda portuguesa, sobre todo, pensase su anti-iberismo, como la izquierda europea, su anti-europeísmo, a la vista de la historia del movimiento libertario, más que del marxista, y se adoptasen estrategias libertarias más acordes con los tiempos.

 

  José Antonio González Alcantud

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