Intercomprensión portugués-español: teoría y práctica (2)

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En el artículo anterior hemos hablado del carácter ancestral de la Intercomprensión (IC) y del interés que este tema despertó a partir de los años 90 en el ámbito académico. Antes de seguir, tenemos aquí que alertarles sobre una división importante. Una cosa es el hecho de la IC, que se pierde en los orígenes de la humanidad y de la comunicación entre los hombres. Bajo este punto de vista, la existencia de la IC parece incuestionable. Otra cosa es el uso de la IC actualmente como nueva perspectiva para la enseñanza de idiomas.

En los días de hoy, es cada vez más frecuente observar situaciones de comunicación exolingüe, es decir, situaciones en que el interlocutor tiene que comunicarse en ambientes idiomáticamente extraños a él. Eso puede pasar en viajes internacionales, en contactos virtuales, en zonas de frontera y en ambientes empresariales y diplomáticos. En todos estos casos, no es raro depararse con eventos de interlocución en que un hablante usa una lengua y el otro usa otra. Este tipo de situación puede generar cuatro derivadas, que comentamos a continuación basándonos en textos de Francisco del Olmo. 

Comunicación exolingüe – del fracaso al éxito

La primera situación sería cuando los interlocutores, hablando distintos idiomas, sencillamente no se entienden y abandonan el intento de comunicación. El evento fracasa completamente.

En una segunda hipótesis, uno de los interlocutores renuncia a su idioma en favor del otro interlocutor, lo que se configura una situación de imposición. Esa renuncia muchas veces ocurre por relaciones de poder y jerarquía. La comunicación pierde eficacia, ya que seguramente el nivel de expresividad del interlocutor que tuvo que renunciar a su idioma va a ser menor.

Puede pasar también que los interlocutores usen una tercera lengua. En este caso, los dos pierden expresividad. Efectos como ironía y humor, por ejemplo, se ven comprometidos. La tendencia es una comunicación a nivel más estándar y –añadiríamos– más fría.

En la cuarta situación, los interlocutores intentan establecer la IC. Nadie renuncia a su lengua; nadie impone la suya. El éxito de este proceso puede ser muy variable, según el acervo de los interlocutores y según los idiomas en cuestión. El concepto de intencionalidad, comentado en el artigo anterior, juega aquí un papel decisivo. De todos modos, la IC va a suponer un esfuerzo para ambas partes. Pero hay ventajas muy claras en este procedimiento y merece la pena comentarlas.

Una de ellas es precisamente el nivel de expresividad. Hablando en su propio idioma, los interlocutores están plenamente cómodos y cuentan con todo su arsenal expresivo. La comunicación se enriquece. La otra es una ventaja, digamos, ética. Respetando la diversidad, sin imposiciones ni renuncias, la comunicación se dará de forma equitativa y seguramente más relajada. La IC, de este modo, se configuraría como la opción más eficaz y democrática entre todas las comentadas anteriormente.

Comprender antes de intercomprender

No sé qué pensarán ustedes, pero a nosotros –y a muchos investigadores que están volcados sobre el tema desde hace mucho más tiempo– nos parece claro que la IC es la mejor opción de comunicación en situaciones exolingües, por todas las razones que acabamos de exponer.

Pero, por supuesto, para que se produzca la IC, antes ha de producirse la comprensión. Si cada interlocutor habla en su propio idioma y no se entienden más allá de un bajo porcentaje representado por unas pocas palabras y términos sueltos, la comprensión no ocurre. Y sin comprensión, volvemos a decir, no puede haber IC.

A nosotros nos parece que tiene que haber un trabajo previo de comprensión de los idiomas, aunque estén emparentados, como es el caso de los románicos. No se puede dejar todo en manos de una intuición que en muchos casos no va a ser suficiente para que los interlocutores se intercomprendan a niveles satisfactorios para establecer un evento de comunicación completo.

Claro está que la IC no surge de la nada. Hay que comprender el otro idioma, o por lo menos un porcentaje significativo. El parecido de las lenguas románicas puede ser tentador para pensar que la IC ocurriría de forma natural, pero en la práctica no es así.

Abordando el lado de la enseñanza de idiomas, el trabajo a partir de la IC significa un cambio de paradigmas. En un primer momento, no se trabajarían las destrezas expresivas (hablar y escribir), sino solamente las comprensivas (escuchar y leer).

Al principio del proceso, el objetivo no sería que el alumno comprendiese el 100%. Bastaría con lo suficiente para acercarse lo más posible a los significados generales. En el caso de los idiomas románicos, el alumno usaría todo su arsenal lingüístico y cultural para formular hipótesis acerca de los posibles significados. El profesor le ayudaría en la construcción de estas hipótesis y en su posterior validación. Como ventajas de esta perspectiva, se pueden observar, por ejemplo, que el alumno no se siente frustrado ni avergonzado por no saber el 100%, lo que le auxilia en su desinhibición. El trabajo a partir de la deducción no cohíbe, sino estimula la participación del estudiante.

De esta experiencia práctica creemos tener bastante que aportar, a partir de dos cursos de comprensión de portugués para hispanohablantes que hemos realizado para EL TRAPEZIO y para la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI). Seguiremos en el próximo artículo.

 

Sérgio Massucci Calderaro

Doctor en CC. de la Información por la Universidad Complutense de Madrid

Doctor en Teoría Literaria y Literatura Comparada por la Universidad de São Paulo

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